CRÍTICA. ¿Espacios de creación alternativos o lista de espera para entrar al sistema?

por Francisca Yévenes N.

En Chile existe una homogeneidad cultural institucional bien lograda. Homogeneidad que ha construido sociedad, nación y estado a costa de arrasar con la “comunidad”, con las “comunidades”. Pero este hecho, parece no importar. No ha sido pensado en voz alta, no ha sido cuestionado y develado. Porque lo que sucedió después, a raíz del arrase, fue mucho mejor. O tal vez fue, sencillamente, un suceso natural. Me refiero a la naturalización de la cultura.

Suceso o proceso que incorpora en sus cimientos una mecanización de Invisibilización de todo aquello que sea “diferente”, “raro”, “fenómeno”, que ofrezca una “heterogeneidad”. En síntesis, todo aquello que sea no oficial. En oposición a esto y desde el interior de la oficialidad, se construyó identidad, palabra, lengua y procesos de arte que constituyen la representación nacional oficial. Obviando entonces (pero no por eso no existente y no conflictivo), aquellas creaciones que atraviesan lo oficial para dirigirse en una búsqueda de “otra representación”, “otra significación posible”. Quizás, un “otro sentido” (hecho que oculta un embeleco importante).

Aquella homogeneidad que algunos engrupidos y altaneros la quisieran como proyecto exclusivo del país, definitivamente es compartida. Es más bien un proyecto cultural hegemónico en el planeta. Proyecto que curiosamente dice cobijar la heterogeneidad y conflictividad cultural, haciéndola propia y proponiéndola. Pero aquella proposición no es más que la estandarización de una producción regulada y legitimada por el propio sistema, que sabe por cierto, que los artistas de algún modo buscan –finalmente-, la legitimidad cultural.

Es en esa búsqueda entonces, en la consagración de los autores y las obras (sean éstas plásticas, literarias, dramáticas, visuales, etc.), es que se ve implicada la producción de una creencia en su valor. Valor conferido por el sistema, por la institución, y que es situado, visibilizado, nombrado, en las ya conocidas arquitecturas del soporte cultural: editoriales planetarias, museos de la nación, galerías de “onda” universal, teatros de butacas a un alto precio. Pero valor también conferido por quien asiste, por quien lee, por quien resulta finalmente espectador.

Se observa entonces de forma evidente, ya sabida y entendida, la tendencia (ya no tan tendencia, sino más bien hecho) de mercantilizar la producción cultural con todo lo que eso implica: masificación de las artes, de la literatura, del cine, extensión de la oferta de bienes culturales, variedad de soportes, cruces de los campos culturales, pérdidas de autonomías, visibilización extrema de ciertas cosas y ausencia –o muerte- radical de otras.

Hoy, es así. Es posible apreciar por doquier, en palabras de Néstor García Canclini en su libro “Lectores, espectadores e internautas”, como “los campos culturales están sometidos a criterios de rentabilidad comerciales que prevalecen sobre las búsquedas estéticas”[1]. Surgiendo aquí, en contraste, en resistencia más que en oposición, un primer dejo del concepto “alternativo”, que conlleva creación y espacio también “alternativos”. Por ejemplo, el caso de las editoriales independientes, de las lecturas poéticas que transitan fuera del circuito más académico e institucional u oficial (pero a su vez desplegando otra cultura que probablemente después, tenderá a ser “oficial” dentro del circuito), de los espacios e instalaciones alternativas de expresiones artísticas más underground, de salas de cine para albergar ese otro cine carcomido y extinguido por el arrase del velociraptor hollywoodense.

A consecuencia de lo anterior, es posible comprender entonces que a raíz de la imperiosa y abusadora exigencia de los mercados por el empuje expansivo de todos sus actores, es que la nostálgica y romántica autonomía creativa de los artistas se vio reducida. Creatividad que debió finalmente reubicarse y obedecer a esa afanosa y vacua regla en búsqueda de la universalidad, que prevalece la recuperación de la inversión por sobre el aprendizaje en el espectador o receptor, algo que lamentablemente ya no resulta un objetivo trascendental para nuestros gobernantes. Y escasamente lo fue.

Ya no importa la respuesta o explicación del por qué, sino sólo la ganancia medida y limitada del para qué.  ¿No es lamentable? La iniciativa privada junto con el gobierno son quienes –finalmente- reconocen la aparente diversidad de artes con estímulos económicos, moderando lo cómodo e incómodo para su propio sistema, lo correcto e incorrecto, lo debido y lo reprochable, lo que viene y lo que no entra. Lo que se queda y lo que se va.

Pero aunque no se quiera, ciertamente, el sistema somos y lo hacemos, todos y todas.

Corresponde ahora, en este momento, volver a tomar entre manos el concepto de “alternativo” ya mencionado anteriormente, para situarlo justo ahí, en ese sistema que involucra y que es cruzado por discursos, por valentías, por visiones arraigadas en un escudo a veces idealista, a veces romántico y revolucionario, pero que acaba por convertirse en su propia búsqueda –con querer o sin querer- en una “otra voz”.

Es en esa mutación del concepto donde se produce un embeleco importante. Una fisura, una reflexión, un abismo. El espacio de la creación alternativa dota de significados a trozos de la realidad en apariencia desvinculados, negados y no explorados por la hegemonía cultural del sistema y que se escapan a ciertos análisis predeterminados. Sin embargo, esta suerte  de némesis del arte institucionalizado opera bajo los mismos esquemas estéticos estandarizados, con la gran salvedad de que éstos son modificados en virtud de esa búsqueda de “otra intencionalidad”.

Por otro lado, es posible apreciar que en esta oposición o pugna por apoderarse del capital artístico o proponer otro que no sea el oficial -el que está en vitrina-, se produce una complicidad entre el sistema y el actor o la instancia “alternativa”. Ésta, cobra valor en la medida que hace de testigo del despliegue de la cultura dominante, frente a ella se crea y se proyecta, en la medida en que la nombra y la reconoce, construye su propia definición. Es en la contraposición en donde se hace visible la apariencia de la creación alternativa. Pudiendo entonces decirse, de manera arriesgada,  que esta creación es producto del propio sistema dominante, ya que depende para su ilustración y definición de aquella cultura. Sin desconocer que probablemente, sí hubo un momento inicial en donde aquella “alternatividad” se encontraba gestándose en los márgenes del sistema. Sin embargo, luego de ese primer momento, me pregunto ¿hacia dónde busca instalarse, quedarse o avanzar, finalmente, esa cultura alternativa?

Al interior de esta reflexión, se evidencia eso sí una característica propia del devenir de la creación alternativa, constituirse –quiérase o no- como empuje del desarrollo y despliegue del sistema. Como elemento sustancial para su operatividad.

Es posible entonces sumar un asunto más a la reflexión. Asumiendo esa  búsqueda de creación alternativa sujeta al ímpetu de otra intencionalidad, de otra significación, en pro de constituirse como “otra voz”, e inclusive, como una propuesta de estética diferente, radicalmente diferente (en el caso que se pudiera) a la establecida ¿no se evidencia acaso una aspiración por constituirse en otra oficialidad? ¿No resulta un despliegue que se escapa de todo ideal para convertirse en su propia trampa de ingreso al sistema?

Lo que sí es seguro es la pugna ineludible entre los frentes, la batalla por la existencia y funcionamiento de cada uno, junto a la necesidad de ambos, por poseer al otro.

Desde la reflexión que constata que ese otro orden cultural alterno se constituye finalmente en otro sistema (dentro del gran sistema), se puede creer o no que aquel rasgo de independencia de los determinados espacios o creaciones de linaje alternativo que pululan por la ciudad “moderna”, es netamente apariencia.

Ahora bien, aquella contraposición o simplemente distanciamiento de los cánones de la cultura estandarizada (sujeta a mi parecer de sólo dos polos, uno contingente al mainstream globalizador comercial, económico y de moda, y otro no menos económico, fijado en los procesos de arte e identidad de la lengua disciplinaria nacional), sí ejerce un aporte en la progresión crítica del despliegue del sistema, para su esperable progresión en términos de reflexión y alteridad. Progresión que quizás –advierto-, provenga de un ingenuo planteamiento.

Aquella distinción anterior que deja abierta la posibilidad entre nombrar la alternatividad como contraposición o puro distanciamiento, no es gratuita en esta reflexión y también busca, junto a todo lo demás ya planteado, responder a la paradojal pregunta inicial que no puede sino ofrecer también, una respuesta o reflexión también paradojal.

La noción de alternativo probablemente sea tan sólo el punto inicial de un discurso que se diluye en su propio camino. Alternatividad que como valor o distinción, que para algunos es virtud y para otros un defecto, ha hecho como parte de sí el adjudicamiento del despliegue de diversos movimientos sociales de índole artística, de género, de estudios, etc., a lo largo de décadas.

Valor o distinción que quizás no ofrezca una explicación mucho más allá del horizonte de la significación. Es decir, que no se constituya como algo más que un recurso significativo, sirviendo meramente para categorizar y nombrar ciertas prácticas, discursos y lenguas. Quisiera pensar lo contrario, pero la suerte de complicidad en la competencia entre una u otra legitimidad cultural, que deja caer el velo de las resistencias aparentes hacia las fuerzas del mercado, me empuja a dilucidar que el concepto de alternativo no es más que el punto inicial de un discurso que como ya mencioné, se diluye, a pesar que comprende y justifica muy bien el distanciamiento respecto a un modelo.

Modelo hegemónico cultural de intereses económicos, mediático, universal, cargado de naturalizaciones y operaciones de invisibilidad, que detiene toda iniciativa incómoda, que impone modas y tendencias justificadas en la consigna de la masificación del arte, argumentando a favor de su diversidad y la apertura de accesos hacia él. Asunto que pongo en duda.

Resulta finalmente, a modo de cierre, que ese distanciamiento de un modelo (probablemente para convertirse en otro modelo más), logra y busca originariamente una superación del sistema social-político-cultural hegemónico, a través de la posibilidad de dispersar y proponer políticas rupturistas anti todo lo abusivo, deplorable, represivo e injustificado de las políticas dominantes. Pero se pone en duda, dónde acaban por afincarse esos espacios de creación.

Cabe entonces preguntarse ¿la alternatividad estará sujeta, irá de la mano, de una actitud crítica permanente en el tiempo o será que en el camino ésta se ve vencida y finalmente situada en las filas de espera para ingresar al sistema? Si dirijo la respuesta o reflexión de este texto hacia la segunda opción, surge otra pregunta: ¿No será que acaso, asumiendo el punto de vista epistémico de todo el asunto (en donde ambos objetos dependen del otro para su definición), sea posible el acceso a vías de escape respirables que no terminen finalmente por traicionarnos?

Me hago esta pregunta, asumida en la inclinación de este texto y en el no abandono en la creencia de un “algo más allá o posible”, dentro de todo lo ya existente.

[1] CARCÍA CANCLINI, Néstor. Lectores, espectadores e internautas. Ed. Gedisa, Argentina, 2007, pág.28.

One Response to CRÍTICA. ¿Espacios de creación alternativos o lista de espera para entrar al sistema?

  1. maldonado dice:

    Entiendo que esta reflexión se origina a partir de sentimientos encontrados. Por un lado, el ahogo ante una homogeneidad cultural, omnipresente y avasalladora, principalmente definida por criterios mercantiles. Y por otro, la casi certeza de que cualquier expresión cultural alternativa, contestaria o no, a esa homogeneidad, va a terminar tarde o temprano por ser absorbida por ella, voluntaria o involuntariamente.
    De partida, a mí me parece cuestionable la idea de que exista una verdadera autonomía e independencia creativa en todo orden de cosas. Desde épocas remotas, es posible constatar que la obra artística, en su amplio sentido, ha surgido gracias al mecenazgo de poderes instituidos, políticos o económicos; y que la mayor parte de los artistas han buscado asegurar su expresión recurriendo a ellos. Al mismo tiempo, por supuesto, han existido aquellos que se han apartado del “mainstream”; pero por intereses y procedimientos ajenos a ellos, han terminado por salir del anonimato, para entrar a formar parte de la cultura dominante, jugando un papel periférico, pero funcional.
    Sin embargo, yo no me desesperaría ante esta “cruda” realidad. Ni siquiera me quedaría a la espera de que nazca “un algo más allá”. Sencillamente, intentaría nuevas lecturas, en el caso de ser un observador; o nuevas expresiones, en el caso de ser un creador. Procurando siempre no caer en la inautenticidad. Y distinguiendo que la integración es a veces más una consecuencia que un propósito. Es este proceso, a mi juicio, el que hay que estimular tanto en uno mismo como en los demás.

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