CREACIONES. Un lapsus de intimidad

Autor: Rubén Pino

Vicente, luego de dar un gran bostezo, se deja caer de espaldas sobre su desordenada cama. Está desnudo. Hace un rato que se quitó el pijama y que lo tiró sobre el desvencijado diván ubicado bajo el marco de la única ventana que hay en la habitación. Tiene un pie en el suelo, sobre una bajada de cama persa, con motivos burdeos y beig. El otro pie lo tiene sobre un velador caoba, de superficies curvas, que lo cubre un paño algo sucio. Vicente juega con los dedos del pie con los pétalos de las rozas que están sobre el velador, dentro de un florero de greda color ladrillo. Mira absorto las muchas telas de araña que adornan la lámpara de bronce que cuelga del cielo raso, pero le cuesta distinguirlas con claridad; lo que ocurre es que le cuesta abrir cabalmente los párpados para ver con mayor nitidez, producto de las bolas de legañas que tiene adheridas a las pestañas, así que comienza a refregarse los ojos con los índices de las manos hasta que ya los puede abrir sin ningún problema o incomodidad. Da otro bostezo. Aún tiene sueño. Todavía piensa en la fiesta de anoche. Le duele la cabeza; bebió hasta vomitar. Eran las seis y treinta ocho de la madrugada cuando entró a su casa y miró el reloj que cuelga junto al retrato de un niño regordete que juega en un estanque rodeado de ranas. Le gusta ese reloj. Es redondo, de casi treinta centímetros de diámetro, los números son negros, de un estilo gótico al igual que las manijas y de fondo blanco. Le gusta la combinación entre estilo pedestre y estilo gótico del reloj, que según él, le otorga la apariencia de ser una antigüedad extravagante.

Se rasca la entrepierna. Está solo, puede hacerlo tranquilamente mientras recuerda a Nadia. Piensa en lo excitante que ella estaba anoche: sus jeans azules ajustados, vistiendo una camiseta negra de tirantes, muy rebajada y que dejaba al aire gran parte del surco de carne que se forma de la unión de sus blancos y firmes pechos. Durante toda la velada la observó, descarada y lascivamente. Podría haber pasado la noche con ella. Nadie se habría enterado, y si así fuese, que más le daba, la ocasión valía con creces el mal rato que pasaría luego con el esposo de ella, amigo suyo por lo demás. Después de todo, siempre podría darse por ofendido y calumniado. El papel de víctima le funcionaba a la perfección. Sin embargo, bebió tanto que ni siquiera advirtió cuando Nadia fue a despedirse de él. Mas, sigue pensando en ella y su pene empieza a endurecerse; lo tiene sujeto fuertemente con su mano. Está solo, no lo olvida, y tiene tiempo suficiente antes de que alguien llegue; antes de que su esposa llegue. Aunque, a fin de cuentas, que ella llegase no tenía importancia alguna.

Cuando acabó, fue al baño, se lavó las manos; posteriormente colocó el tapón al lava manos, echó a correr el agua y se sentó en el excusado. Defecó con la puerta abierta. Detalles como este le hacían sentir joven, desinhibido y a la vez displicente, cualidades que hacía tiempo había perdido, si es que alguna vez las había tenido.

Aún sentado en el excusado y ya culminada la obra, se puso nuevamente a pensar en Nadia, pero el agua rebasó el lavabo y comenzó a caer al piso de cerámica.

— ¡A la mierda! —refunfuñó.

Se levantó del excusado y fue caminando lo más rápido que pudo, a cortar la llave del agua. Todavía no se había limpiado. No le quedaba de otra que ducharse. Se paró frente al espejo mientras echó a correr el agua de la ducha, extendió los brazos y luego los recogió haciendo fuerzas. Observó sus escuálidos músculos. Bajó los brazos y tensó su cuerpo por completo, hasta que vio hincharse las venas de su cuello. No notaba ningún abdominal en su flácida barriga. Hizo un par de muecas más de esfuerzo y luego abrió el botiquín, sacó un frasco de espuma y una máquina para afeitarse. Echó espuma en toda su cara y comenzó a pasar delicadamente el rastrillo por su piel hasta que ya no quedó ninguna zona con espuma. Se enjuagó la cara y la frotó con colonia inglesa para subsanar la irritación de la piel que produce el afeitado.

Al rato, ya decentemente vestido, se fue a la cocina a preparar café. Escuchó rechinar las bisagras de la puerta principal. Su esposa había llegado. Ella entró al dormitorio, dejo su cartera sobre la cama y se dirigió hacia la cocina, donde se encontró con Vicente. Traía el pelo desordenado y la ropa un tanto arrugada. No se saludaron; por el contrario, ella pasó por el lado de él y abrió la puerta del refrigerador, tomó una botella con leche, la destapó y dio un tremendo sorbo, tanto así que la leche le corrió por el mentón y fue a parar al pecho de su blanca blusa. Se limpió la boca con la muñeca izquierda y se llevó nuevamente la botella hasta los labios, pero esta vez no bebió, sino que se dejó caer la leche sobre sí hasta que en la botella sólo quedaron unas cuantas gotas. Vicente, mientras tanto, miraba a su esposa con cierta desconfianza -ya había dejado de lado el asunto del café-. Ella, en cambio, no lo había mirado a la cara en ningún instante desde que entrara a la casa, y tampoco lo hizo cuando puso la botella vacía en el lavadero y se paró frente a él. Estaba empapada con leche. Un brillo lechoso cubría su piel; el pelo mojado lo tenía pegado a las sienes y frente, y un fino mechón se le metía por su boca medio abierta, mechón que sujetaba con los dientes y la lengua; su blusa transparente de humedad dejaba ver su sostén de encaje, también blanco, de modo que sus pezones resaltaban como uvas negras sobre el lomo blanco de un oso polar. Y bien hubo ella colado su mano dentro del pantalón de Vicente, que éste comenzó a lamer torpe y ávidamente su cuello, ante lo cual ella estalló en fuertes carcajadas. Vicente supuso que se reía de él, mas continuó acariciando y besándola. Luego, la abrazo por la cintura y levantó para sentarla en el borde del lavaplatos. Ella continuaba riendo, aunque ya no tan escandalosamente como hace un instante, puesto que tenía la vista fija en un difuso reflejo de su rostro que había descubierto en la pared de azulejos que estaba a su costado. Vicente, por su parte, ya le había desabrochado la blusa y la falda se la había subido hasta las caderas, y pese a toda la prisa de sus movimientos, estos no eran bruscos; sino, más bien, suaves y precisos. Y ya cuando le sujetaba la ropa interior para quitársela, volteó la cabeza un segundo y vio la burlesca sonrisa de su mujer estampada en la pared: los blancos dientes resaltaban sobre todo, pese a lo borroso de la imagen; sin embargo, tampoco entonces se detuvo. Ella, mientras tanto, continuaba mirando como fascinada aquel débil reflejo de su cara en la pared, indiferente a lo que Vicente  hacía con ella. De pronto, éste la tomó y tendió en el piso, entonces pareció despertarse de su ensimismamiento y prorrumpió nuevamente en fuertes carcajadas. Vicente parecía no prestarle atención, porque sin mayor incomodidad o enfado se bajó los pantalones y se acostó sobre su esposa. La excitación le traicionó. Fue un jadeante susurro:

— Nadiaaa.

Pero ella, en vez de quitárselo de encima, se rió aún con más ganas.

Vicente, ante esta reacción de su esposa, no pudo evitar enfurecerse y comenzó a moverse bruscamente, con mucha vehemencia y tosquedad. La sonrisa desapareció del rostro de ella y una mueca de dolor la reemplazó. Sin embargo, tampoco entonces hizo ademán de levantarse e irse, sino que metió sus manos por entre la camisa de él y le enterró las uñas en la espalda. Vicente dio un leve quejido y su cara se enrojeció de enojo, pero no se detuvo. Ahora el quejido era de ella; trató de sacárselo de encima y hubo un forcejeo, pero no pudo zafarse de él. Se quedó quieta y esperó a que él terminara. Al final, con rabia y notoriamente contrariada, dijo:

— Ni para esto tienes gracia.

Vicente le escupió la cara, se paró, se subió los pantalones y fue a echarse una vez más sobre la cama. Ella hizo lo propio, se levantó, acomodó las ropas y se lavó la cara en el lavaplatos; luego fue a buscar la cartera y salió de la casa, pero antes de cerrar la puerta, escuchó que Vicente le gritaba:

— ¡La leche estaba vinagre!

Y ella le respondió:

— Por eso es que voy a tomar a otra parte, donde siempre está fresca.

Él la escuchó y continuó mirando las telas de araña de lo más apacible. Luego de unos minutos, tomó la almohada y la arrojó contra la pared. Pataleó cual si fuese un niño con rabietas. Al cabo de un rato,  dijo en voz alta, mientras se refregaba la cara:

— ¡Siempre me caga!

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Imágenes:  Pinturas de  Egon Schiele

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