CRÍTICA. Videojuegos y entrenamiento militar

por Daniel Araneda.

El imparable avance de la industria tecnológica en lo que se refiere a hardware de aceleración gráfica, nos ha permitido regocijarnos con alucinantes video juegos que aparecen con un  ritmo  que bordea sutilmente la demencia. Me pongo el parche antes de la herida y confieso que soy un fanático incondicional  de los FPS (first-person shooter). Especialmente cuando el día en la pega estuvo pesado, peleaste con tu novia, tu viaje en el transporte público fue una mierda  o reprobaste una prueba, no hay nada mejor que vaciar  cientos de cargadores a tu enemigo, pilotear el todopoderoso “tanque volador” Hind del ejercito ruso  o gatillar una de las hijas  de la Alemania Nazi que diezmó centenares de  tropas aliadas: la esbelta MG42.

Es así como los videojuegos, sobre todo los FPS, se han ido convirtiendo en simuladores casi perfectos  del campo de batalla; cada  escenario y misión nos inserta en una instrucción militar  que proporciona todo tipo de detalles de inteligencia, logística  y todo lo que nos ayude a cumplir nuestro objetivo, incluyendo las recomendaciones de los dispositivos que debemos seleccionar para cada asalto. Se trata de armamento de última tecnología, similar al que se ha usado en los últimos conflictos armados desarrollados en el planeta. Los personajes a encarnar son variados, siendo uno de los principales es el marine norteamericano (sí,  el mismo que irradia patriotismo y valor, ese que no duda en dar su vida por la bandera). Las misiones en modo multijugador (con varios jugadores conectados en línea) son las que más se asemejan a un asalto real, ya que permiten  derrotar al enemigo a través de una estrategia grupal, donde cada jugador debe desempeñar un papel relevante para conseguir el objetivo.

A modo de ejemplo, compartiré algunas experiencias personales que recrean el adiestramiento militar que he adquirido exclusivamente a través de las consolas de videojuegos.  Digo “exclusivamente” porque jamás he disparado armas de fuego y claramente entre una y otra cosa hay una gran diferencia. Mi experiencia más cercana fue a los ocho años, cuando  tomé el revólver 38 de mi abuelo, que se encontraba en el cajón de su velador.  Apunté a la primera persona que encontré en frente: mi abuela. Afortunadamente, el arma estaba con el seguro y no pude percutirla.  Para qué detallar el castigo que recibí tras esa hazaña.

Mi experiencia con los videojuegos ha sido algo más  exitosa, pudiendo incluso situarme hipotéticamente en situaciones reales eligiendo adecuadamente el armamento a utilizar. Por ejemplo, sé que si me encontrara en un espacio reducido y con múltiples objetivos, acabaría con ellos con una escopeta de acción de aire (shot gun). Podría ser una Maverick. En otro escenario, como un pasillo con muchos enemigos al frente, para tomar ventaja arrojaría una granada cegadora, que deja incapacitado al enemigo mediante luz y ruido, para luego terminar el trabajo con el UMP45, un arma rápida y efectiva con gran poder de “detención” por su calibre.

Para muchos todo esto puede sonar descabellado,  pero para bien o mal, el armamento y los escenarios de los videojuegos emulan la realidad del enfrentamiento armado con un detalle que asombra, preparando técnicamente  al jugador para desenvolverse en un escenario real, guardando las proporciones.  Muchos empiezan a temprana edad y antes de los quince años saben manejar, de modo virtual, una variedad increible de armamento.  Las consecuencias que esto podría traer en la “vida real” no son del todo claras, pero lo cierto es que este tipo de juegos facilita el manejo potencial de todo tipo de armas. Pero ojo con echarle la culpa al empedrado, como muchos lo han hecho ante episodios como el de Columbine, cuando incriminaron  hasta  a Mr. Manson y su música:  a mi juicio, los videojuegos bélicos no causan la violencia, sino que más bien son síntoma de una cultura que desde siempre ha venerado la guerra y la destrucción.

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