CRÍTICA. The wire

por Mathieu Gonzalez

Cuando una política lleva más de 30 años de ejecución y esta no ha logrado cumplir ninguno de sus objetivos, lo esperable es que se renuncie a ella o que por lo menos se modifique sustancialmente. Cuando los costos de esta política afectan a casi todos los países y consisten en un aumento de la miseria, de la violencia, del colapso social y familiar y del sufrimiento de millones de personas, lo correcto sería que los dirigentes diseñen otra política que recoja las enseñanzas de estas décadas.

Lamentablemente en la guerra contra las drogas ni lo esperable, ni lo correcto ocurre. Vemos cómo año tras año se insiste una y otra vez con la misma estrategia fallida, al igual que una mosca que choca una y otra vez contra un vidrio creyendo que, ¡esta vez sí!, saldrá afuera.

The Wire, una serie emitida entre el 2002 y el 2008 relata magistralmente el desarrollo de esta guerra en un espacio físico determinado: la cuidad de Baltimore en la costa este de Estados-Unidos. Alejándose de los lugares comunes tradicionales a las series policiales, The Wire se enfoca en presentar la realidad del trabajo policial, sin idealismo, sin romanticismo, describiendo cómo la decisión de qué investigaciones hacer, así como su intensidad y profundidad, se rige por criterios políticos, de promoción o de simples feudos personales y no por motivos técnicos o racionales. Muestra también la dificultad que conllevan estas investigaciones, el tiempo que requieren y el porqué las autoridades tienen poco interés en ellas, ya que si llegan a buen puerto revelan los peces gordos que se enriquecen con el tráfico de las drogas. Todos ellos hombres influyentes, con dinero, que hacen parte de la alta sociedad, de la elite, por lo que razonablemente la policía se limita a perseguir el narcotráfico a nivel de la calle; el narcotráfico de los pobres, de los negros, haciendo que la guerra contra las drogas no sea más que otro mecanismo de dominación social por parte de la clase pudiente, a través de una violencia no simbólica, sino que real.

Pero The Wire tiene un foco más amplio; desde la primera temporada somos testigos de la vida de los dealers, de las pandillas que están en la calle, de su mundo, de sus personas. Luego, en la segunda temporada, desfilará por la pantalla la vida de los trabajadores portuarios, destruidos entre el yunque de los tráficos ilegales y el martillo de un capitalismo salvaje, en un nostálgico canto de cisne al trágico colapso de la clase media blanca en el país del norte.

Una vez terminada esta temporada, los guionistas se adentrarán en la esfera política y burocrática, dando la imagen más fiel que he visto en la televisión de lo que tiene lugar en este escenario, desde el cual se sigue insistiendo con la idea de que una mayor represión, una cada vez mayor militarización de las fuerzas policiales, es la solución contra el trafico de drogas. Además se nos presentará lo que debería ser una política antidrogas más humana, más inteligente, más efectiva y por qué esta nunca tendrá lugar, ya que las condiciones estructurales de la sociedad imposibilitan que se pueda cambiar de estrategia sin una modificación radical de estas fuerzas profundas.

¿Pero no es la educación la mejor manera de poner fin a la pobreza y por ende a esta guerra? La cuarta temporada, además de ser de una calidad inigualable, barre con esta idea, mostrando como los colegios son el lugar donde los niños y adolescentes tienen su primer contacto con el aparato normativo estatal y social, que no tiene más que indiferencia hacia ellos, ya que su verdadera educación, la que desarrolla sus cualidades, la única que les ofrece alguna esperanza, algún camino, tiene lugar en la calle, a nivel del microtráfico. La única razón que tienen para ir al colegio es porque están obligados a hacerlo. Al término de la temporada comprendemos por qué los intentos de reformas que tratan de romper este círculo vicioso, se enfrentan a un peso burocrático y a una serie de presiones que impiden que estas se concreten, sacrificando en el proceso a miles de personas.

Finalmente The Wire concluirá con un estudio del famoso cuarto poder: la prensa. Esta tiene las mismas falencias, los mismos problemas y defectos que los tres otros poderes y también falla en cumplir su misión.

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En otras palabras, The Wire nos muestra un modelo social quebrado, en el cual la guerra contra las drogas no es más que un síntoma de una serie de problemas mucho mayores, como son la pobreza, el racismo, la corrupción, un capitalismo oligárquico sin contrapesos, así como la profunda disfunción de las instituciones, ejemplificado principalmente por una policía que en los barrios pobres se comporta como un ejército de ocupación y no como una fuerza policial (con solo ver un programa como OS7 vemos que este fenómeno no es exclusivo de los USA), y por sobre todo, lo que está en la raíz de este mal: la imposición de una visión economisista de la sociedad, donde el único criterio para medir el éxito o el fracaso es a través de los números, de las estadísticas, pese a que estas no hacen más que ocultar el bosque.

Es finalmente esta obsesión cuantitativa la que empuja a las autoridades a proclamar que el camino tomado en la guerra contra las drogas es el correcto, ya que las detenciones aumentan cada año, ya que las cantidades incautadas crecen cada mes, pero “olvidan” que el precio de esto es la destrucción de comunidades enteras, en las cuales por cada dealer que cae hay varios listos para tomar su puesto. Es este paradigma el que hace que los colegios solo se preocupen de sus resultados en los exámenes estandarizados, en mejorar cada año sus puntajes, a cambio de ser cada vez más irrelevantes para sus alumnos, ya que la educación que les entregan decrece víctima de estas metas. E incluso más grave todavía, esta manía conduce a los políticos, a los medios, al público, a solo pensar en estos números y hundirse cada vez más en este agujero negro, es esta ceguera ideológica que se cubre de un discurso pragmático y eficientista, que oculta tras su velo racional y metodológico una terrible hybris.

Por ende, The Wire retoma la aspiración del naturalismo, de contar, partiendo de una serie de personajes, la historia de la sociedad, de sus costumbres, de su época, de sus normas, trascendiendo la falsa noción de un individuo existencialmente libre, capaz de elegir su futuro, sus deseos, su desarrollo, describiendo como finalmente el narcotráfico es una estructura social más, pilar integral de esta misma sociedad.

The Wire no es una serie para todo el mundo. Requiere un cierto interés por estos temas, su estructura narrativa puede ser bastante exigente en algunos momentos y pide una cierta concentración durante su visionado. Su calidad narrativa, la importancia de los temas tratados, su perfecta representación del mundo en el cual se desarrolla, sus diálogos, su visión artística, su lado profundamente humano, su cariño por los personajes, justifican estas exigencias.

Al concluir uno no puede dejar de pensar en una frase del primer episodio, la cual enmarca todo The Wire: la guerra contra las drogas no es una verdadera guerra “ya que las guerras terminan”.

3 Responses to CRÍTICA. The wire

  1. manuel dice:

    excelente comentario. profundo, bien escrito, lúcido. dan ganas de ver la serie. gracias!

  2. Salgado Boza dice:

    The Wire se autosustenta y extiende su argumento desde Baltimore al universo, lo que sólo le es permitido a las Grandes Obras de la humanidad: desde la esquina de los Barksdale, desde el City Hall, desde el puerto, hacia el infinito, y más allá.

    Como he dicho desde que la acabé: qué ganas de olvidarla por completo y verla de nuevo, con sus sorpresas y joyas, con sus aciertos y maravillas.

  3. eris dice:

    the wire (Omar for ever!) ha colocado el liston televisivo a alturas estratosfericas increible, “bigger than life”” “La Comedia Humana” del siglo XXI

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