CRÍTICA. Rabia

por Rodrigo Salgado Boza

Mi suegra se sienta con el libro entre las manos. Pregunta qué tal es. Le respondo que muy bueno. Quizás hasta le haya dicho “la raja” o “terrible de bueno”. No lo sé. Entonces se sienta con Rabia de Sergio Bizzio y va a comenzar a leerlo. Pero yo ya sé cómo inicia, y mi mujer también. Entonces ella me mira con mezcla de risa y alarma, con los ojos bien abiertos tanto como los míos, y con un gesto de la cabeza le hago entender que sea ella la que le diga que mejor no lo lea, que es un poco “fuerte”. Y no lo es tanto, de hecho es un buen gancho para lanzarse a leerlo todo de corrido. Bien dicho de una buena vez: que comience con un tipo pidiéndole a su novia que le facilite el culo, no es para alarmarse ni mucho menos. Pero mi suegra no lo leyó. Y ante la insinuación de su hija de su posible desagrado, dejó el libro de inmediato de lado.

Si, como dicen al otro lado de la cordillera, la escritura de Aira ya se ha convertido en un género por sí mismo, Bizzio es vanguardia respecto de él, o es retroguardia y desintegra antes de que se conciban los pilares del mundo esquizofrénico y lisérgico de Aira. Donde hay un argumento lineal, Bizzio interpone capas de irrealidad, de cuestiones que parecen imposibles de que ocurran pero que de hecho son posibles en este mundo, no como la ilusoria guerra de los gimnasios, o la configuración astral de las calles del barrio de Flores en Aira. Quizás Bizzio, en esta línea, provenga de los textos de Felisberto Hernández y Mario Levrero, con esa mezcla onírica y dolorosamente sarcástica que ambos llevan al extremo. Junto a Levrero, Bizzio se ha metido en cuanta forma de creación literaria existe: decenas de relatos febriles y geniales, guiones de televisión, películas, quién sabe si un melodrama, quizás un disco de pop romántico…

Cuestión sencilla entonces: un obrero de la construcción inicia una relación con la mucama de una mansión. Todo comienza en un motelito donde ocurre esta petición anal. Para decepción del lector voyerista o directamente pornógrafo, nunca se sabe qué ocurre finalmente en esta escena, porque luego todo es recuerdo hasta un punto indeterminable en el que la narración supera temporalmente a la escena del comienzo, y luego también es pasado. Digo: en Rabia toda la acción ha ocurrido como un sueño, porque su protagonista es un espectro, un tipo que se esconde y procede en esa calidad. Todo lo que un fantasma haga en el presente, no puede sino ser pensado como algo ya ido,  es algo que actúa en el pasado con consecuencias actuales.

Ésta es la mejor historia de amor que he leído sin que por ello devuelva todo el estómago. No hay edulcorantes artificiales. Y también, si se la piensa como filme, es un thriller psicológico, de un espectro vivo que husmea por entre las vidas de unos habitantes con existencias más tenues aún. Vidas descoloridas. Unas vidas que apenas sí han dado frutos, que se pueden medir peyorativamente por la nula presencia de secretos en ellas. Burguesía atrapada entre las cuatro paredes de una mansión que apenas es ya cáscara, como sus mismas relaciones familiares. Hijos alcohólicos e imbéciles, nietos depresivos y suicidas, tías putas y ladronas. Un panorama en el que la Historia no tiene mucho que decir, puesto que prescinde de ella para mover los engranajes que suponen la construcción de una casta y/o familia. En Rabia el tiempo no transcurre más que en los sucesos. No quiero con esto, apelar a una presencia fantasmal del mismo ni mucho menos, pero sí apuntar al devenir-tiempo de los sucesos mismos dentro de la novela: el asesinato X deviene manifestación del transcurso temporal a falta de su manifestación. Puede muy bien ser cualquier época del siglo XX, con tal que existan humanos y televisores, que con el resto se arregla la narración misma.

Ni quiero, ni creo poder dar datos claros sobre lo que ocurre en Rabia. No creo que sea necesario, o por lo mismo: esto obliga a buscar la novela y devorarla (la novela, no la película). Éste es un texto que al momento de escribirse, quiere desligarse de su objeto de inspiración, tal cual los personajes de esta novela. Que son mostrados en un vórtice en el cual apenas si existe conciencia del tiempo, o de los sucesos que ocurren en él. En ese sentido, todos sus personajes son burgueses, viviendo sólo entre objetos que comprenden, desviviéndose por el statuo-quo. Y sin que nunca lo noten, entre ellos mismos habita el Otro, y su mansión es para él un panóptico, y todos pasan a ser habitantes de un zoológico de la decadencia.

La verdadera acción y también el final de la misma, ocurre en medio de la fiebre de José María. Temperatura que le hace alucinar. Quizás desde el mismo principio no hace sino alucinar. Imaginar que ha muerto, y es un fantasma dándole vueltas a otras existencias. Tal que la suma de rarezas de la existencia se vuelvan cotidianas, y si esto es posible, entonces lo es todo: universo de la infamiliaridad, de la pupa que late amenazando estallar y llevarse toda la dura realidad consigo. A José María, el obrero protagonista, le calza perfecta la definición que hace Trent Reznor de sí mismo: “Me defino por cuán bien me escondo” (I define myself by how well I hide). Y también le viene más que bien una de esas formulitas posmodernas, aquella de que “aparece desapareciendo”. Pero, por sobre todo, le sienta de un modo ontológico la definición que hace Joyce de un fantasma, en alguna parte de Ulises (y que la Antología de la literatura fantástica de Borges, Bioy y Ocampo, recoge):

«¿Qué es un fantasma? —preguntó Stephen. Un hombre que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia, por cambio de costumbres.»

One Response to CRÍTICA. Rabia

  1. DoctorPlasma dice:

    Yendo mas alla se podria leer a su protagonista Jose Maria como la personificacion de la muerte anticipada. Morir -cada dia un poco- en la vida de la gente que quiere. Sin duda una gran lectura.

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