CRÍTICA. Joe Hill: Locke & Key + El traje del muerto

por Rodrigo Salgado Boza

Suele ocurrir una situación muy poco agradable para el lector con los parientes-de, sobre todo si se trata de un ámbito tan ególatra respecto a la inteligencia como la literatura. Un ejemplo a la mano: el esposo de Isabel Allende, un gringo cuyo nombre por suerte no recuerdo, permaneció por un tiempo no despreciable en las listas de los más vendidos, con una novela donde la intriga y el misterio hacían de las suyas. Ya se sabe que las listas de más vendidos nada significan: este verano vi esa novelita en los mesones de saldos en una feria del libro. Así y todo, este sujeto ha de haber vendido más ejemplares y hecho más lecturas que las que cualquier palurdo con aspiraciones literarias logrará jamás.

A mediados del año pasado tuve noticia de un comic con un título que llamó mi atención: Locke & Key: Welcome to Lovecraft. Supe pronto que sus autores eran Joe Hill y Gabriel Rodríguez. Dejando de lado el aspecto chovinista del asunto, pues el ilustrador Rodríguez es chileno, me llamó la atención que el señor Hill fuese hijo de Stephen King. Una vez leído, supe que Hill era además autor de unas cuantas novelas: 20th Century Ghosts, Heart-Shaped Box y Horns. Leí la segunda, titulada malamente El traje del muerto en español, y confirmé la intuición que Welcome to Lovecraft me había brindado.

[Atención, posible spoiler alert en lo siguiente]

Sin ir más lejos su mismo padre ha incursionado en el comic, tal como en su momento lo hiciera Auster. Pero la serie de Locke & Key está llamada a perdurar y sentar precedentes (como si el futuro dictase su devenir).  El arco titulado Welcome to Lovecraft, comprende los seis primeros números mensuales de la serie y, como su nombre lo indica, es una introducción a las oscuras maravillas de Keyhouse en Nueva Inglaterra —la tierra del hijo predilecto de Providence. Es un prolegómeno en anfetaminas eso sí, donde los sucesos son drásticos y como tales, siempre pivotes, puntos-de-no-retorno en las vidas de sus personajes.

La familia Locke sufre un evento catastrófico, que los obliga a moverse a una antigua mansión familiar en Nueva Inglaterra. Una vez allí, la construcción misma se revela como un misterio por resolver. Lo mismo que el origen de la tragedia familiar que les persigue y lo mismo que la tenue (pero insistente) sombra de inquietud que cruza toda esta obra, cual si se viviese en Keyhouse: una pesadez, una presión en la narración que hace enganchar al lector y empatizar a límites de novela rosa con la familia Locke (en caso de que no baste lo del inicio). El chico Bode recorriendo la enorme mansión no es sino uno queriendo hallar lo que él consigue; haríamos lo mismo que Tyler por defender a nuestra madre; el horror de Kinsey protegiendo a su hermano es el nuestro, y todo esto se siente en la piel.

El texto, se sabe, no sería nada sin la imagen de su trazo, y esta sentencia es peso y posibilidad en el comic. Gabriel Rodríguez es un ilustrador magnífico. El mismo Joe Hill consideró poco ético dejarle únicamente como ‘artist’ de Locke & Key, e insistió para que ambos aparecieran como autores… No es un dato menor y se nota en cada una de las páginas de esta obra, partiendo por la paleta de colores que Jay Fotos utiliza. A pesar de estar al aire libre, sus tonos son opacos, sin el brillo del papel couché diríamos, pero dándole el equilibrio al trazo de Rodríguez y el texto de Hill.

Rodríguez consigue escenas violentamente chocantes, y no son pocas, sin por ello ser banal o directamente chabacano. Consigue una Keyhouse consistente, y sus trazos de -por ejemplo- un pozo de agua, o un grabado son magníficos —no por nada es de profesión arquitecto.

El diseño de personajes y su desarrollo dramático es superior, la transición desde el pasado de los Locke hasta su nueva vida y vivienda, es suave y llevadera dentro de su radicalidad, y esto es mérito directo del complemento que logran Hill y Rodríguez, y se nota cuando al acabar de disfrutar la última viñeta se siente angustia y ansiedad por conseguir lo siguiente. Todo el desarrollo y sufrimiento que cae sobre la familia Locke, cae también sobre los hombros del eventual lector en cada gota de sangre y lágrima que derraman, por montones, todos los personajes que pueblan la torcida Casa de las Llaves.

Otro tanto se puede decir de El traje del muerto, pero no con el mismo ímpetu.

Una vieja estrella de rock que vive con su novia joven, y un adulador secretario, decide comprar vía internet un fantasma. En rigor compra el traje de este muerto, y esto nos lleva por casi 500 páginas de historia.

Judas Coyne (el rockero retirado), Georgia (su novia ex-toplera y veinteañera) y Danny (el secretario) avanzan-retrocediendo en esta historia, y esto por una razón que al principio no se muestra pero que resulta esencial para el argumento de esta novela: el pasado alcanza y caza, nunca suelta y finalmente salda las cuentas. En efecto, Coyne ha comprado un fantasma que viene a hacerle pagar por una antigua relación con otra joven groupie.

Esta historia se mueve con una cadencia extraña, casi sincopada, pero de manera irregular. Hay unos cuantos momentos en que recuerda al folletín desechable, pero otros (por suerte muchos más) en los que la acción se desliza de una manera que parece sorprendente por cómo las páginas pasan y pasan, manteniendo el ritmo… hasta el siguiente ripio. Uno de estos puede pasar casi desapercibido a una primera mirada, tal como Tolkien aburre con sus detalladas descripciones geográficas, lo mismo ocurre con Hill en las escenas nitro; e intuyo que por una razón poderosa: las imagina en viñetas. La camioneta del fantasma persiguiéndolos, o la lucha final contra él en la casa del padre de Coyne son tediosas descripciones de paneles, esto, sin desmerecer el escrupuloso pormenor que a cada suceso le adjudica Hill. El mismo que procura a sus personajes y su backstage, que una vez avanzando por la historia se nota que es fundamental en cada uno de ellos, tal como cada fantasma que los acecha no son sino los errores del pasado emergiendo.

El traje del muerto no es un producto atípico dentro de la producción de best sellers, al contrario, pues encaja casi parte por parte con sus estándares, pero tiene a su haber (fuera de lo ya mencionado) un autor que domina con creces variados registros y los sabe utilizar a su favor consiguiendo un paisaje nutrido, divertido, pero por sobre todo plausible —cuestión poco considerada, pero no menor cuando nos relatan desde-la-tumba. Echando mano al imaginario de la industria del entretenimiento masivo, Hill es consistente al presentar esta novela de caza fantasmal, pero falla al momento de resolver los motivos reales de esta persecución, y allí es precisamente donde debió cuidar la verosimilitud, o por lo menos, la lógica.

Locke & Key se sigue publicando, y Hill recorre EE.UU. leyendo y firmando su tercer libro, Cuernos. Si esto no es una seña de una incipiente carrera y una ascendente calidad, poco más hay por decir.

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