CREACIONES. De la muerte del último tigre…

De la muerte del último tigre de Siberia y los acontecimientos que la acompañaron


Autor: Rubén Pino

¿Qué se puede decir del tigre de Siberia? Que hace un rato acaban de matar al último. Era un animal magnífico.

Recuerdo que no lo clonaron por no querer interferir con el curso de la naturaleza… ¡Pero por favor! Que no llueva donde antes diluviaba; que diluvie donde antes era desierto; que la corriente fría ahora sea cálida; que haya yermos donde antes hubo bosques. ¿Acaso todo esto es causa del curso normal de la naturaleza? No es que quiera hacer una denuncia ecológica, para nada, sino simplemente apelar a un poco de cordura. Si se quiere, puede tomarse como una protesta contra el despropósito y el cinismo de esa ética de “no intervención”, sobre cuya base fue que dejaron que la última partida de cachorros del tigre de Siberia fuese devorada por las hienas (¡Qué hacían hienas con tigres de siberia!). Así fue, lo registraron todo en sus máquinas, pero no fueron capaces de, por lo menos, espantar a las hienas. No, por el contrario, dejaron que se comieran a los cachorros. Tal vez presentían que aquel documental obtendría muchos premios.

En fin, cuando hablo del despropósito y cinismo de dicha ética de “no intervención”, lo hago a la luz de los acontecimientos que acompañaron a la muerte del último tigre de Siberia.

Todo comenzó hace unas semanas atrás, cuando la doctora Itershit hizo una petición formal a las autoridades del Parque Zoológico Internacional para que se le permitiese examinar en “profundidad” al último tigre de Siberia. Estaba decidida a escudriñar hasta en la más recóndita cavidad del organismo del tigre, asegurando que no correría peligro la vida del animal. Para esto, la doctora había conformado un equipo de cuatro investigadores, cada uno experto en alguna parte del cuerpo del tigre. Uno era experto en la cabeza; otro en las extremidades; este de acá en su aparato digestivo; ese de allá en el  resto de su organismo interno. Y también estaba la doctora Itershit, que era experta en todo, menos en lo que se ocupaban los demás. Era un equipo muy capaz.

Al día siguiente, la petición se conoció, muy a pesar de la doctora, públicamente, suscitando en seguida mucha suspicacia de la opinión pública acerca de las intenciones que tendría la doctora Itershit para querer examinar a este animal casi extinto y del cual, además, ya poco o nada nuevo se podría decir. Al respecto, algunos dijeron que era por vanidad, para lograr darse a conocer a nivel mundial. Otros afirmaron que cuando niña un tigre le atacó, dejándole una horrible cicatriz en la espalda y este hecho, a la larga, le habría causado una gran obsesión con estos animales. Y no faltó quien contó que un tigre le había matado a su padre. Aunque  ella  solamente señaló ante la prensa que era de imperiosa necesidad para la ciencia conocer más acerca de este felino. Pero, hasta donde yo sé, la ciencia no es una persona, y por lo tanto no hace peticiones. ¿O sí?

Sin embargo, hubo mucha gente que no se conformó con las explicaciones que dio la doctora Itershit acerca de sus intenciones. Así que desde el día en que se hizo pública la noticia de la petición para examinar al último tigre de Siberia, las manifestaciones callejeras no cesaron. En todas las ciudades que se dignaran de importantes y civilizadas, existían grupos organizados en contra de la doctora Itershit, de su equipo de investigadores y de su petición. No obstante, ella también tenía su apoyo: La Sociedad Mundial de Estudios Animales y varios connotados científicos independientes. La Comunidad de Personas Negativas también la apoyaban, pero sólo por llevar la contra a la mayoría.

En un principio, en toda protesta, en cualquier parte del mundo, la consigna era: ¡Dejen al tigre tranquilo o asesinaremos a vuestros hijos! (¿No les parece una consigna bastante elocuente y disuasiva?). Y a todos quienes vociferaban esta consigna se les dio el nombre de “tigristas”.

Después de una semana desde la primera manifestación de repudio contra la doctora Itershit, surgieron facciones más extremistas e idealistas que protestaban: ¡La ciencia no tiene derecho sobre la vida! Pero, en opinión de muchos, esta era una ¡pésima frase! Demasiado obcecada y para nada original. Y en seguida argumentaban: “No es la ciencia, son los científicos. Contra una idea no se puede hacer nada, pero contra las personas que la encarnan…”. Además, es cierto que muchos científicos han causado un gran daño. Un ejemplo: sin duda que el concepto de “guerra bacteriológica” no es una invención de grupos paranoicos y apocalípticos. Mas, se les reclamaba que no reconocieran los beneficios de los cuales gozaban gracias a la labor científica. Tuberculosis, difteria, viruela, tifus, peste bubónica; cualquiera de estas enfermedades ya habría mermado significativamente sus filas de no ser por la “malévola ciencia” (¿Malévola? Horrible, definitivamente horrible,y hasta cursi.) No está de más decir que este grupo desapareció a los pocos días, sin que se volviera a saber de ellos. Ni siquiera se les alcanzó a bautizar con un nombre, como fue el caso de los “tigristas”.

La situación se mantuvo de este modo hasta el día en que se aprobó la petición de la doctora Itershit. Ese día, inmediatamente luego de darse a conocer la noticia (esta vez manifiestamente hecha por conductos oficiales), se implementaron estrictas medidas de seguridad alrededor de las instalaciones del Parque Zoológico Internacional; medidas de seguridad transformaron en un instante, un recinto de acceso público y gratuito, en una fortaleza realmente inexpugnable. Basta decir que tres tanquetas participaban de la vigilancia del lugar en cuestión. Y todo esto era porque, según ellos, habían recibido una amenaza de raptar al tigre si se llegaba a aprobar la petición efectuada por la doctora Itershit.

Pues bien, fue este el hecho que rompió la aparente calma con que se desarrollaban los acontecimientos hasta ese momento, puesto que esa misma tarde surgieron nuevos grupos de protesta, cuyos reclamos tenían que ver con el tan ostentoso despliegue de recursos para velar por la seguridad del último tigre de Siberia. Primero apareció un grupo que alegaba por el excesivo gasto en medidas de seguridad para proteger a un simple animal, cuando en las calles, los asaltos hacía tiempo que no bajaban de doscientos diarios. Su proclama era: “¡Cuidan más a ese gato que a sus propios hijos!”  Y a estos, ya por la noche, se les dio el nombre de “inseguros”.

Luego fue el turno de un grupo que protestaba porque habían niños muriéndose de hambre y todos se preocupaban más de ese roñoso animal, en el cual gastaban mucho más dinero que en toda la “ayuda humanitaria” de un año. Su grito de batalla era: “¡¿Un animalejo es más importante que el hambre que hay en el mundo?! ¡Maten a esa cosa y dennos de comer!” A este grupo se le denominó “hambrientos”.

Después vinieron otros grupos, cada uno con nuevas consignas, tales como: “¡Es un montaje político, para distraernos de los problemas sociales!” Y, “¡Los médicos son para las personas!” A estos últimos se les llamó “insalubres” mientras que a los primeros “incrédulos”.

Ya para hoy en la mañana, se contabilizaban alrededor de cinco grupos de manifestantes: “tigristas”, “inseguros”, “hambrientos”, “insalubres” e “incrédulos”. Y por vez primera desde que comenzaron las protestas, todos estos grupos se apostaron en un mismo lugar, en la puerta principal del Parque Zoológico Internacional. No hubo ningún tipo de coordinación entre los distintos grupos, de modo que cada cual se ubicó donde pudo. Y los que quedaron peor ubicados fueron los “tigristas”, los únicos manifestantes que sostenían la posición original; es decir, que dejaran tranquilo al último tigre de Siberia. Sus proclamas casi no se oían. Sus pancartas no se veían. Trataron de conquistar una posición un poco más favorable, pero nadie quiso cederles el menor espacio para que avanzaran. Así que no hallaron nada mejor que comenzar a gritar insultos contra los grupos que estaban delante de ellos. En un comienzo fue sólo un intercambio de ofensas verbales y gesticuladas, pero no tardaron mucho en recurrir a la agresión física. Todo acabó en violentos disturbios entre los  propios manifestantes. La fuerza pública sólo intervino en el momento que aparecieron las primeras ambulancias para socorrer a los heridos. Y a la hora en que la lucha entre los manifestantes fue más encarnizada, adentro, en las instalaciones del Parque Zoológico Internacional, la doctora Itershit se alistaba para comenzar con los exámenes al último tigre de Siberia.

Ya por la tarde, los titulares de los vespertinos señalaron, con relación a los violentos disturbios  de esta mañana que causaron la muerte de varios de manifestantes: ¡Y pensar que todo comenzó por culpa de ese bicharraco con rayas!

Y esto de los titulares en los periódicos no deja de ser, si bien no algo muy interesante, sí un buen medio para pasar el aburrimiento. Podría decirse que desde que fue la primera protesta pública, los titulares de los periódicos se correspondieron con cada nueva consigna que fue apareciendo (¿O las consignas se correspondían con los titulares? ¡Vaya a saber uno!)

Así, a contar del primer día de protestas, la evolución de los titulares fue la siguiente:

“¡Salven al tigre de Siberia!”

“Expertos advierten sobre los peligros de la intervención científica en la naturaleza”

“Políticos aprovechan conmoción para aprobar polémica ley de gasto social”

“Falta de recursos obliga a cerrar tres hospitales”

“El hambre: Problema sin solución conocida”

Lo curioso y entretenido de revisar los titulares es ver que en un principio, estaban en contra de la investigación de la doctora Itershit. Luego fueron derivando en proclamas que en el fondo iban en contra del tigre de Siberia, olvidándose de la doctora y de su polémica investigación. Y todo esto, sumado al asunto de los enfrentamientos de hoy entre los propios manifestantes, tuvo que haberle facilitado mucho a la doctora Itershit los preparativos para este gran día en que examinaría al último tigre de Siberia, ya que nadie, excepto los tigristas, volvieron a ocuparse de ella, reduciendo considerablemente la presión y oposición pública a su proyecto.

Quizás el hecho de que quienes estaban a favor de la doctora Itershit jamás efectuaran manifestación alguna, haya sido planeado de antemano, anticipando incluso la aparición de gente que protestará contra el tigre de Siberia. ¡Vaya! Si así fuese, habría que felicitar a quien se le ocurrió la idea.

Pero, todavía hay un hecho de lo más interesante relacionado con los periódicos, y que resume en qué dirección fueron desarrollándose los acontecimientos desde el día que nos enteramos de la petición hecha por la doctora Itershit. Como ya se sabe, el titular de esta tarde fue: “¡Y pensar que todo comenzó por culpa de ese bicharraco con rayas!” Sin embargo, ningún editor consideró de importancia la muerte del último tigre de Siberia. Sólo uno, en su sección policial, a modo de anexo de la noticia de los disturbios, indicó:“… pero la anestesia no surtió efecto y el tigre comenzó a dar zarpazos a destajo, descuartizando a tres investigadores en cuestión de segundos. Entonces, un improvisado equipo de seguridad entró a la jaula y acribilló al tigre con pistolas lanza clavos. Por otra parte, se nos informó que la doctora Itershit se encuentra ilesa”.

Y uno, luego de leer esta sucinta reseña, se pregunta: ¿Qué otra cosa podía haber hecho el tigre? Ninguna. No por nada le trataron de anestesiar. Eran obvias las consecuencias de entrar a su jaula con él adentro, en una situación extraña, de mucha tensión, con unos tipos desconocidos. ¿De qué otro modo podría haber reaccionado?

¿Qué les costaba dejar morir tranquilo al pobre animal?

¡Maldita doctora Itershit! Por qué no podía dejar al tigre en paz, ¿por qué no podía? ¿Por qué?

2 Responses to CREACIONES. De la muerte del último tigre…

  1. Franz dice:

    Genial el modo en como va la historia. Simples cosas pueden pasar a ser algo grave

  2. Ximena dice:

    Qué buen relato, Rubén.

    Me encantaron los diferentes grupos de manisfestantes que fueron apareciendo, especialmente los tigristas y los insalubres.

    Saludos!

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