CREACIONES. Perplejidad

Autor: Rubén Pino

— Si te encontraras nadando en el mar y vieras a unos cuantos metros de ti una enorme aleta dorsal que avanza hacia donde estás… Piensa, estás en el mar, con un tiburón blanco rozando la planta de tus pies. Él es un depredador exquisito, elegante y feroz. ¿Y tú?, apenas sabes nadar. ¿No quedarías perplejo? Y si ya no estuvieses en el mar, sino que en tu baño, desnudo, corres la cortina, te metes en la tina y descubres que es más profunda de lo que pensaste. Miras hacia el fondo y lo único que logras vislumbrar es una gran silueta torpedezca que se desplaza serpenteando su cuerpo. Tratas de agarrarte del borde enlozado de la tina, pero no logras sujetarte y te deslizas lentamente hacia abajo. ¿No quedarías perplejo con esto? Y si fueras conduciendo tu automóvil por la ciudad en un día lluvioso y te quedaras atrapado en un paso bajo nivel inundado, y sintieras como si algo rozara el parachoques, estiraras el cuello para ver qué ocurre y antes que alcances a parpadear… ¡Zas! Un tiburón blanco ya ha roto el parabrisas y tiene su nariz puesta en tu pecho.  ¿No quedarías perplejo? Y por si no se han dado cuenta —dijo refiriéndose a todos sus compañeros que en ese momento estaban sentados con él en la misma mesa en el bar—, yo admiro al tiburón blanco. Es más, tengo tatuada mi espalda en homenaje a ese animal tan perfecto. ¡Miren! —volteó y se levantó la camisa para dejar desnuda su espalda y mostrar su tatuaje.

Sus compañeros luego de ver el tatuaje intercambiaron miradas y al parecer nadie entendía nada. Levantaban los hombros o, simplemente, miraban hacia otro lado. Pasaron varios segundos sin que nadie hablara, hasta que uno de ellos le hizo la siguiente pregunta:

— ¿Sabes qué es lo que tienes tatuado en la espalda? ¿Te la has revisado?

— Por supuesto —contestó él de lo más calmo.

Entonces un coro de voces en un tono medio serio, medio burlesco, le gritó:

— ¡Tienes tatuada una foca!

Efectivamente, tenía tatuada una foca que le cubría toda la espalda, desde la zona lumbar hasta donde comienza la nuca. Era una foca café, con la mitad del cuerpo erguido, merced a sostenerse en sus aletas, de nariz y largos bigotes negros. Y esta foca tatuada tenía un significado para él; significado que procedió a explicar prontamente:

— Por supuesto que tengo una foca tatuada —dijo en un tono de lo más normal y aún con la camisa remangada y torciendo el cuello, puesto que aún estaba de espalda a los presentes—. El tiburón blanco es una animal tan sublime que no puedo ser otra cosa que su alimento. ¡Jamás podría atreverme a portar siquiera una imagen de él!… ¡Es un honor ser su presa! A más que esto, no puedo aspirar.

Y  añadió, luego de bajarse la camisa y volver a acomodarse en su asiento:

— Soy una foca y soy feliz.

Sus compañeros le escucharon y uno de ellos, el mismo que le había hecho la pregunta anterior, le dijo:

— Está bien, si te identificas con una foca y eres feliz así… Está bien.

Y todos se largaron a reír, excepto el admirador de los tiburones blancos, que tomó por el brazo a quien había hecho ese último comentario y le gritó en la cara:

— ¡No idiota! No es que me identifique con una foca. Yo soy una foca.

Se paró violentamente botando el asiento que ocupaba, arrojó unos billetes sobre la mesa y se marchó con la cara roja de rabia, con algunas lágrimas de impotencia comenzando a florecerle de los ojos y gritando por el bar, a todo pulmón, que todos eran unos imbéciles.

Sus compañeros trataron de no prestarle atención al incidente, pero les incomodaba sobre manera y no podían disimularlo. Daban vuelta los vasos, se les caían los ceniceros, miraban de un lado para otro sin poder encontrar un lugar confortable donde poder fijar la mirada y evitar encontrarse con la mirada de otras personas, porque estaban convencidos de que quienes estaban sentados en las otras mesas los miraban, señalaban con el dedo y reían de buena gana. Pensaban que todos estaban pendientes de sus movimientos y gestos. Trataban de reír para demostrar serenidad, pero la risa se les hacía imposible de sostener por mucho tiempo. Los músculos de la cara no les respondían, sentían los labios adormecidos y el maxilar inferior quebrado. Habían perdido toda la espontaneidad en su actuar. Ahora, cualquier acción o palabra era precedida de un tortuoso análisis de posibilidades de ridículo que pudiera conllevar. La decisión de pararse e irse era ya una cuestión imperiosa e impostergable, a la vez que una tarea demasiado titánica como para realizarse. Tenían la impresión de llevar horas sentados en aquel lugar; horas en que habían imaginado una y otra vez como sería el instante cuando se levantaran de sus asientos para irse, por fin, a casa.

Sin embargo, no pasaron más de tres minutos, desde que la persona que afirmaba ser una foca se fuera abruptamente y dejará a sus compañeros perplejos, y un mesero ya estaba limpiando con un paño húmedo la mesa que habían ocupando hace un rato.

3 Responses to CREACIONES. Perplejidad

  1. @paulette_v dice:

    ¡Que buen relato!

  2. @KarinAchelias dice:

    Me parece muy bueno! Excelente relato, te pasaste …

  3. Franz dice:

    Muy bueno, bastante interesante el relato

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