CRÍTICA. Cafés con piernas

por Constanza Escobar y Alicia Ibáñez Flores

¿En qué mente surgió la idea de mezclar esas dos palabras tan inconexas (café y piernas) en una misma frase, dando origen a la gran fuente de negocio que son hoy en día? Si le dijéramos a un extranjero recién llegado a nuestro país, en un afán turístico, que la primera parada en nuestro recorrido por Santiago será uno de esos lugares, probablemente sonreiría sin atinar a saber lo que debiera comprender por “un café con piernas”.

Ahora bien, si la frase la oyera un niño de 6 años, probablemente dibujaría una taza gigante con 2 palitos sobresaliendo de su base, e incluso con una carita feliz en medio de ella.

Para tratar de comprender el absurdo del nombre (comparable a la idea de “amigos con ventajas” o “con raspe”) vamos por parte: “Café” en su literalidad refiere al líquido negro producido a base de granos; sin embargo, también lo asociamos con el lugar físico, aquel donde se vende y toma un café. Ahora bien, si a lo anterior (el líquido y el espacio en donde se transa) le sumamos las “piernas”, la cosa no puede menos que ser confusa. Para no enredarnos debemos asumir que un café con piernas no es otra cosa que un lugar donde la encargada de servir la tacita es una señorita “de buena presencia” mostrando generosa sus muslos (porque usa colaless, o bien minifalda en el caso más conservador).

¿Cómo se llegó a tal concepto? Probablemente el empresario con una visión privilegiada advierte la necesidad de su consumidor -principalmente hombre trabajador[1]– de conjugar  en un mismo lugar la diversión de un lugar nocturno, con un elemento que le permita continuar de buena forma su jornada laboral. Es decir, un espacio que mezcle el extremo del topless (considerado como el ícono del disfrute masculino nocturno), con la vida del oficinista. Así, ofrece al público la opción de tomarse un café rápidamente en  una barra (estilo bar), y a su vez la vista de una bella mujer con menos ropa de lo normal durante un día de trabajo.

Aquí vemos la unión de dos polos: la diversión nocturna, visualizada en los topless después de una ardua jornada, con la bebida fetiche del hombre de cuello y corbata;  aquella cuya principal capacidad es mantenerlos despiertos para continuar su trabajo. El café funciona entonces como el elixir reponedor, el brebaje que inyecta la vitalidad necesaria para volver al ajetreo; esa pausa necesaria.

Existe en esta idea una versión más recatada del cabaret nocturno, ya que – en su concepción original- la mesera sólo debe mostrar las piernas y servir el café. Sin embargo, la creación de estos lugares aparece como un atrevimiento a la concepción de lo que se entendía por un Café a la luz del día. De hecho, en sus inicios en la  década de los ’90, muchas señoras se ruborizaron y tacharon de inmoral esta iniciativa, así como también hubo señores que se sorprendieron, pero luego notaron  una buena alternativa para “recrear la vista”.

Este tipo de café se fue internalizando en la mente de los santiaguinos (en primera instancia), haciéndose tan cotidianos que esta clase de meseras con faldas ya no serían extrañas ni polémicas, dando paso a un progresivo aumento de cafés, donde los verdaderos “cafés con piernas” serían aquellos donde las chicas pasan a mostrar más que sólo piernas.  Para poder analizar estos tipos de  Café decidimos ir a uno y ver qué tanto han cambiado respecto a sus comienzos, y qué es lo que actualmente conocemos por Café con piernas.

Lo primero que  observamos son sus vidrios polarizados y unas luces fluorescentes que llaman a entrar, esto unido a un nombre exótico (por ejemplo Macumba) y una música tropical que se oye a lo lejos, mientras que las puertas al abrirse dejan entrever un espacio oscuro. Al traspasar el umbral (además que por ser mujeres nos miren rarísimo) lo primero que se aprecia son las meseras -con unos inmensos tacos y en bikinis que destacan aún más por el fondo oscuro y las luces de neón-, sirviendo café y “atendiendo” a sus clientes (ya sea bailándoles, masajeándolos o simplemente conversando con ellos).  Cualquier persona que desee comprar un café debe recurrir a la caja, donde  te entregan un vale con el que solicitas  a la mesera la atención. Cabe destacar que la mayoría de los hombres que entran ya saben donde se encuentra la caja: en una esquina semi escondida, atendida por una señora vestida comúnmente; lo que da  a entender que son asiduos clientes.

El café se realiza en una barra, al fondo del local, atendida por hombres que luego le pasan el pedido a las meseras, quienes lo entregan a  los clientes ubicados en barras laterales. Estas barras pretenden señalar una distancia con el cliente, pero esta distancia no es tal, puesto que ambos se integran en un juego de roles y se mantienen en ese marco; cercanos pero al mismo tiempo separados. Los espejos rodean el interior de tal modo que se puede ver su totalidad, una especie de visión panóptica en la que todos ven a todos y sus diferentes accionares. Esta amplitud visual es otra forma de hacer extensivo el espacio, de prolongar la divergencia con el exterior, construir un mundo ajeno a la realidad cotidiana, extendiendo ese espacio-tiempo diferente, ese punto de resistencia. La decoración es mínima aparte de lo ya nombrado, destacándose la ausencia de sillas, por lo que los clientes deben tomar sus cafés parados.

El perfil del cliente que entra es en su mayoría masculino (si no hubiese sido por nuestra presencia, habría sido el 100%), principalmente oficinistas. Sus actitudes varían entre mirar, conversar y varios tocar (excluyendo lugares erógenos). Por otra parte, el perfil de las meseras debe ser estar disponible al cliente en casi todo tipo de servicios, menos los directamente relacionados con la prostitución.

........................Ilustración: Bicho Maldito http://bichomaldito.com/

En este contexto, la mujer es vista por el hombre como objeto de disposición aunque con límites; ella debe servirle un buen café y brindarle un momento agradable que le permita recargar fuerzas para el día. Por otra parte, ellas saben que deben cumplir ese rol y tratan de hacer bien su trabajo por mucho que no les agrade.

Seguimos observando y notamos cómo el cebo de un viejo recorre a una chica que con una gran sonrisa trata disimuladamente escabullirse a lo Pepe LePu, otra de las meseras que trabaja ahí se nos acerca y nos conversa de aquello que se vive allí, a medida que hablamos se va despojando de ese disfraz de objeto de deseo, y la cosificación de sus pechuga y traseros ya no importan; es ella retratando lo que gana por sus propinas y cómo eso ayuda a mantener a su hija de 4 años de edad. “Cada una debe saber hasta dónde llegar con los clientes” – nos dice, mientras seguimos mirando al viejo que rodea con su brazo la cintura de la chica, cuán zorrillo pestilente y la gata pintada.

Se nos pasan por la cabeza miles de concepciones de género  que chocan con lo que visualizamos. La mirada consciente de las trabajadoras acerca de las implicancias de su estadía temporal y de las limitadas oportunidades de estos ingresos en otras actividades, la reducción de su rol pero a su vez el tremendo poder de información con el que cuentan, ya que muchas veces son ellas las que conocen y son confidente de la vida oculta de sus clientes.

Por otra parte, los vidrios polarizados representan y marcan una distancia con el mundo exterior, distancia que también se asume en la personalidad de los individuos, ya que una persona que se sienta ajena a eso no entra a esa especie de submundo; y una persona que se siente atraído por estos lugares no lo dirá o incluso lo negará. Probablemente estos últimos sean hombres con pareja o familia a los que asumir esas visitas les perjudicaría tanto personal como socialmente. De este modo, el vidrio polarizado representa el paso a un segmento de la vida que no se cuenta, asumiendo el arquetipo del doble estándar; puesto que la función principal de este vidrio es que no se vea quiénes están dentro, ni lo que hacen.  Posiblemente la entrada y la salida de esos recintos es lo que les provoque mayor tensión a los visitantes,  la posibilidad que alguien conocido los vea llegando o yéndose de ese tipo de lugares. De ahí quizás la mala reputación de estos cafés, más por lo que representan que por lo que realmente son (servir café con menos ropa).

El hecho que sea un espacio de distensión para quienes trabajan todo el día en la ciudad a un ritmo tan ajetreado, lo hace analogable a lo que se vivió (y aún se vive, pero de manera moderna) en los sectores mineros a principios del siglo XX. Por ejemplo, para los mineros del salitre, distanciados de su hogar, la única diversión o forma de distraerse era el alcohol y/o las prostitutas.  Producto de la velocidad de la vida moderna y la idea constante de la falta de tiempo para todo, se hace necesario incluso que las formas de distensión estipuladas tradicionalmente para el hombre sean también más rápidas y que no requieran tanto tiempo. Por ejemplo, en vez de tomar alcohol se toma un café para seguir trabajando; y en vez de una noche con una mujer, se conforma con mirar y tocar mientras bebe el café[2].

Por otra parte, este es un hecho muy chileno, que no incluye a la totalidad del mundo moderno, pero que sin embargo ya se está exportando, quizás porque es una forma que se adapta  a la funcionalidad que ha adquirido el mundo contemporáneo.

El café “con piernas”, entonces, aparece como un punto de fuga, un escape de la ciudad y de su rutina, el vidrio polarizado no hace más que exacerbar esa diferencia; el contraste entre el mundanal ruido y estrés citadino, y el ambiente de relajo que adentro se vive. Este espacio se establece como un otro, una periferia dentro del caos de Santiago.


[1] Dada la ubicación en barrios reconocidos por sus múltiples oficinas y los  horarios de funcionamientos de estos cafés,  que este tipo de café es preferencialmente para oficinistas.

[2] Esto, por supuesto, no niega que la prostitución aún siga, puesto que la carta de posibilidades en cuanto a los servicios sexuales se ha diversificado.

4 Responses to CRÍTICA. Cafés con piernas

  1. cornejito dice:

    buenisimo intento, chiquillas!! se nota que se esforzaron y curzaron el umbral de los vidrios polarizados.

    Cuando deseen indagar en vericuetos mas hardcore y pestilentes, donde si se aprecia lo mejor y lo peor de la humanidad, avisen. Yo les puedo dar unos datitos. Incluso acompañarlas.

    Ah!!!, los topples mejores son los de dia!! dicen

  2. Mis felicitaciones, primero por atreverse a cruzar el umbral de esos vidrios polarizados que siempre me inquietaron y teniendo muchas ganas de saber que pasa ahí no me atreví y segundo por el contenido del artículo que me calma la curiosidad y me da respuestas, explicaciones y material para pensar y conversar.

  3. Amiga dice:

    Hola:
    Yo trabaje en un cafe por ahi……asi que conozco varios.
    Hay de todo. Hay cafes donde solo sirven cafe.
    Otros donde se paga un adicional y uno hace un perreo (eso es rosarse con el miembro varonil, lo mas suave…tambien hay atraques y toqueteo de partes intimas).
    Es duro cuando trabajas por necesidad. Pero es la realidad, se gana mas.
    Tambien se puede pactar por mas… pero por fuera, depende de cada chica. No todas lo hacen, pero varias si salen.
    Eso para que salgan de la curiosidad.
    Besitos.

  4. Andrés dice:

    Me gustó el enfoque que le dieron a esta rara tradición Santiaguina. Yo me reconozco un voraz consumidor de cafés con compañía, y es verdad que el momento de mayor tensión es el de la entrada o salida. Pero tal como describen ustedes, el entrar a este mundo paralelo es una experiencia que pocos entienden. Yo tengo pareja y familia, no me gustaría ser sorprendido, pero quiero decir en favor de este hobby que no tiene nada de malo, muy por el contrario, siento que ir a estos lugares es una invitación a deshinibirnos en una ciudad castrante, donde el doble estandar nos hace evadir el placer, no sólo físico, sino mental y emocional. En estos lugares uno va a conversar con las chicas, uno se vuelve confidente de ellas así como ellas de nosotros. Son muy buenas psicólogas y terapeutas, con quien más que con una mujer uno puede hablar cosas que nos afectan en la pareja. Ýo no dejaré de amar a mi pareja por ir a estos lugares, todo lo contrario, siento que aprendo más de las mujeres en estos lugares. En resumen, son parte importante de la identidad de una ciudad que cada dia tiene menos identidad.

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