CRÍTICA. Batman Parte IV: The Darkknight Returns

por Álvaro Silva

Corrían los años 80’s y Frank Miller empezaba ya a dejar de ser una “promesa” en el mundo del cómic para transformarse en una figura ya consolidada. Este mismo paso hacia la madurez parece ser la genésis de la novela gráfica que hoy comentamos. Miller se dio cuenta que Batman, esa figura paterna iba a ser (dentro del universo del cómic) más joven que él. Entonces había que hacer algo, y así se decidió a contar el último caso del hombre murciélago. Nacido de un afán como este (digno de un personaje de una novela de Nick Hornby) o no, lo cierto es que con esta jugada, Miller elevó un nivel más las posibilidades de las cómics de superhéroes, haciendo más humano aún, al más humano de los personajes más famosos de DC comics, y a su mundo, un oscuro y real reflejo del nuestro.

En The Darkknight Returns, Batman lleva 10 años retirado de su labor como justiciero. En su ausencia, un nuevo tipo de criminal azota a Ciudad Gótica: las pandillas, puntualmente la de los mutantes, un ejercito de delincuentes juveniles que dominan las calles sin una oposición contundente. Jim Gordon está al borde del retiro. Los superhéroes son cosa del pasado, todos se encuentran retirados, a excepción de Superman, que sigue en activo como agente del gobierno de los Estados Unidos.

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Bruce Wayne, rondando los 60, es un hombre atormentado por su obsesión, que no disminuye con los años, ni con la rutina. Aquí Batman resulta algo casi ajeno a Wayne, como si se tratara de un daimonion, una fuerza separada del hombre. Algo antiguo y poderoso, que ha elegido a Bruce como huésped y que clama por salir de su prisión. Miller plantea esta idea de tal forma que nunca nos queda claro si esto es real, o es una especie de alucinación de Bruce. Finalmente, el justiciero emerge una vez más, bautizado con una tormenta que cae de un cielo tan gris y oscuro como su manto, y se inicia de nuevo esa guerra santa contra el crimen que ha marcado la vida de Batman.

Pero las cosas no se le darán fáciles. Además de que los años pesan en su condición física, La Ciudad Gótica de la cual Batman era el campeón ha cambiado mucho. Para los criminales, y la nueva generación de pandilleros, el hombre murciélago no es más que una leyenda urbana. Sus más grandes enemigos: El Joker y Dos Caras parecen haberse reformado y el nuevo mal que azota a la ciudad merece métodos diferentes, más radicales y violentos. Los tiempos no son tan amables como antes (si alguna vez lo fueron) y Batman debe adaptarse.

Así, vemos a un Hombre Murciélago más brutal y radical en sus acciones y pensamientos, que nunca. En un potente contraste con el personaje que el mismo Miller retrataría en Año Uno, el peso de la edad en este Batman lo hace mucho más cínico. Bruce Wayne ya viene de vuelta y poco a poco comienza a entender que los verdaderos criminales no están en las calles, sino en las posiciones de poder en un régimen que facilita el crimen. Comprende también que la única forma de cambiar de verdad las cosas, de hacer un mundo mejor,  es encauzar toda esta energía juvenil que se malgasta en las pandillas en derrocar un sistema de gobierno completamente corrupto. Así, Batman radicaliza aún más su cruzada, transformándose en un problema político, lo que lo pone en rumbo de colisión con su antiguo amigo y compañero: Superman.

En esta ocasión, Frank Miller se hace cargo del guión y el dibujo, trabajando éste último en el estilo más personal que terminaría siendo un marca de fábrica. Puede considerarse irregular por momentos, pero es siempre expresivo. Es interesante la importancia de la televisión en la construcción del relato. Muchas veces, las viñetas son reemplazadas por pantallas de tv, y mucha de la información la obtenemos de noticieros, programas de entrevistas y hasta un lateshow.  Los medios ayudan a contar la historia, dándole voz a la gente de Ciudad Gótica, así podemos ver cómo repercuten las acciones de Batman en el día a día del ciudadano común.

A ratos una sátira de los comics de superhéroes, por otros, casi un manifiesto político. Frank Miller supo destilar la esencia del Caballero Oscuro y lo presenta tal cual es. Un hombre consumido por una obsesión: corregir un mundo en el que cosas malas le suceden a las personas buenas. Una locura, es cierto. Una causa perdida, quizás. Pero no por ello, una batalla por la cual no se pueda, y se deba luchar hasta las últimas consecuencias. He ahí la tragedia intrínseca del personaje, lo que lo hace grande y fácilmente adaptable a todas las épocas. Por eso es que hemos tenido aventuras del Hombre Murciélago por más de 70 años, y las seguiremos teniendo por un buen rato más.

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