VIAJES. Crónica 05 o el hogar en la mochila

por Catalina Díaz Cisternas y Halszka Paleczek

Un gatito de porcelana en miniatura, dados y pelotas saltarinas, un atrapasueños con plumas que no deberían cruzar ninguna frontera, pulseras, una brújula y una lupa, un montón de condimentos, fajos de tickets de buses e instituciones legales varias, un cenicero, lápices de colores, trocitos de cerámica, de piedra y de concha, insectos y flores aplastadas, agujas y lanitas de colores, trozos de tela en una cantidad indeterminada, porotos moches, entre tantos más… Son cosas que no se necesitan y que van contra la practicidad viajera, pero que a pesar de su masa y su volumen siguen en las mochilas. Es que el límite entre lo que se deja  y lo que se carga -¡una conchita más no hará daño!-  no siempre depende de la pura razón.


Las vistas desde la cima de una montaña son hermosas, ¡sublimes! No es mucho más que eso lo que mueve a los caminantes y andinistas cuesta arriba. El paisaje desde la cima de una montaña nos permite ver de otra manera el mundo y sus habitantes que circulan como hormiguitas trabajólicas e insignificantes en el suelo lejano de una maqueta humanoide. La distancia distorsiona los tamaños y las perspectivas y nos permiten descubrir nuevas formas de ver el mundo con sus pequeñas y grandes realidades.

Sabemos que hemos hablado mil veces acerca de los lugares que vamos descubriendo, de lo que apreciamos y de lo que nos shockea, pero viajar no es sólo acercarse a un lugar, introducirse en un mundo desconocido y aprender de sus costumbres y ritmos de vida. En realidad, para llegar a un punto nuevo hay que dejar otro atrás, crear distancias en el espacio y en el tiempo… por eso, viajar es como subir un cerro, y mirar el mapa de Sudamérica es como mirar el mapa de nuestro viaje: dónde comenzamos, dónde hemos estado y los lugares a los que queremos ir… es como viajar en un aeroplano con el cual podemos aterrizar en los recuerdos que queremos, en las cosas que han pasado algún tiempo atrás. En el viaje la verdadera vista se lleva en la memoria, en la cabeza y se abre con cada paso que damos hacia delante. Viajar es llenarse de momentos que luego mirarás con una sonrisa.

Después de 5 meses de viaje, podemos ver más claramente nuestra vida anterior, lo que hacíamos todos los días y lo que nos impulsaba a hacerlo. El señor Tiempo ha comido todo lo que ha querido del buffet de nuestras mentes, llevándonos lejos de la paranoia del momento a momento, del día a día. Así, se evita que nuestro cerebro se embriague de los sentidos que puede volver el instante tan ensordecedor. Queda así sólo la parte más substanciosa, un zumo concentrado y medio digerido de vida, mucho más fácil de pensar y de apreciar.

Mes a mes nos alejamos más de casa, llegamos a nuevos mundos y nuevos hogares. Entre más nos alejamos, más podemos regresar al recuerdo con nueva perspectiva y nueva sabiduría. Imágenes de lo lejano que se nos atraviesan para interpretar y pensar también el más acá. ¿Será que es necesario alejarse –en tiempo y/o espacio- para poder interpretar lo cercano? Como quien no sabe lo que tiene hasta que lo pierde… Pero cuando no se quiere perder, hay que pensar en ganar. Y así la distancia no es una verdadera pérdida; con la memoria se gana perspectiva.

Por eso no nos hemos querido deshacer completamente de lo que no tiene utilidad en nuestras mochilas…. Es más, ahora creemos un poco duro eso de juzgar el equipaje sólo en esos términos, pues el viaje ha sido largo y nos ha traído más de una contradicción. Ahora cargamos gustosas un poco de peso extra… pues hay cosas que nos traen compañía, son recuerdos de otros hogares. Tenemos un hogar en nuestras mochilas, que podemos habitar donde sea que vayamos. No hay una verdadera necesidad ni ansia de por medio, tampoco importa demasiado si perdemos estos pesos muertos pues ya son tan parte de nosotras, conocemos tan bien sus brillos y colores, sus olores y texturas que podríamos dejarlos o regalarlos. Pero los llevamos con nosotras de aquí para allá, pues cobran vida por medio de nuestros ojos y nuestros corazones, como testigos de un presente que el pasado no puede ver. Son cosas que han perdido su valor o utilidad original para convertirse en objetos mágicos y nuevos. Casi todos son regalos de personas especiales, que nos recuerdan que su ausencia no es tan real. También cargamos regalos universales, como piedras y conchitas, que nos recuerdan que hay que confiar y dejarse llevar, pues siempre hay más aprendizajes e imágenes hermosas por delante…

Es gracioso como los opuestos trabajan entre sí, ganando sentido precisamente cuando se invierten las apariencias. Ganar cercanía con alejarse, apreciar lo que antes se te hacia tan obvio… A veces los momentos cobran más vida cuando ya se han ido, y también lo pequeño es en realidad mucho más grande cuando trae consigo significado; por lo que, con estos pequeños pesos acumulados en nuestra espalda, cargamos en realidad con mucho más; pero en vez de aplastarnos como demonios gravitacionales, de alguna manera aligeran nuestros pasos, ahora más seguros porque cargan con un tiempo que no ha pasado en vano. Nos llenamos las manos y los bolsillos de inutilidad sentimental, para empapar nuestro presente con nuestro pasado. No para reemplazar el uno con el otro, sino para dejar brotar lo que sólo crece cuando se deja macerar y fermentar en el tiempo… ¡Hagamos un salud por la chicha emocional!

No crean que estamos tan locas. Nuestros múltiples y disímiles amigos en Ecuador nos han confesado que también están cargados de recuerdos, de fotos, de piedras, cuadernos con direcciones de personas a los que nunca escribirás o visitarás porque sus nombres están mejor ahí anotados… Collares, tatuajes, trenzas, dreads, dientes de tiburón o caimán son los más comunes y los más fáciles de cargar para mantenerte cerca de la gente que quieres sin necesidad de llamarlos por teléfono o por Skype. Estos objetos recuerdan los lugares que visitaste, y las sensaciones vividas vuelven con sólo mirar tus amuletos y hundirte en el mar de los recuerdos,  permitiéndoles que te golpeen como olas suaves pero sonoras que llenan la cabeza. Todos estos objetos son regalables, intercambiables y olvidables en un rincón, pues normalmente no valen ni un peso, y en algún momento -cuando te sientas listo- podrás dejarlos ir.

Todo está “tan lejos y tan cerca”, pues al contrario de lo que dicen algunas canciones de amor, a los viajeros no les preocupa estar rodeados de gente y sentirse vacíos, pues ellos pueden estar solos en el medio del desierto y sentirse acompañados… nosotras también.

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