CRÍTICA. Tinta Roja

por Juan Cuevas

No hay nada como un manuscrito hecho a mano, con tachones y borrones, con manchas de café y notas fuera del supuesto margen. Es la evidencia de que algo se viene construyendo, como las manchas de pintura de la buhardilla de un artista, como la masilla a medio moldear del artesano.

Hoy tenemos computadoras y programas que ofrecen hacernos la vida más fácil pero nos roban tiempo. El otro día un amigo, fotógrafo en ciernes me pidió que seleccionara material de su banco de fotos para su primera exposición. Le pedí que colocara todas sus fotos sobre el escritorio de su reluciente Mac, siempre anda diciendo que es una maravilla. Resultó que no se pudo, no hay un programa que te lance las fotos sobre el escritorio y me tuve que conformar con un pase de diapositivas, si debo elegir entre varias imágenes me gustaría verlas todas para saber cual es mejor que otra. Es la razón de que las reinas de belleza se coloquen en línea frente al jurado.

Presiento que en una sociedad de ceros y unos nos veremos enfrentados a la carencia de vestigios. ¿Qué dejaremos después de 100 años a los museos del futuro?, ¿el ipod de Britney Spears?, un archivo digital es algo tan etéreo como un fantasma, sobre todo cuando un misterioso virus decide eliminarlo de nuestro computador. Por eso propongo escribir a mano, tomar una hoja en blanco y un humilde lápiz pasta (aunque sea rojo como el que uso ahora).

Escribir la versión original, aún no corregida por ese gurú que es el corrector ortográfico de Word y que puede hacer pasar vergüenzas a cualquiera.

Descubrí la técnica el día más feliz del presente año, eran casi las doce y me disponía a visionar el primer capítulo de una nueva serie de televisión que trata sobre lesbianas: antes de la inseminación artificial una de las protagonistas se disponía a preparar a su pareja con un adecuado cunnilingus cuando la pantalla plana de mi computadora de escritorio se puso negra, un leve zumbido alertó mis sentidos y lo único que pude ver fue el rostro de un profesor de escritura con una leve expresión de pervertido.

Comparto oficina con unas asistentes contables que se la pasan en terreno, demasiado ocupadas para pagar la cuenta de la luz, después de media hora de llamadas infructuosas y rabietas de hombre moderno volví a mi escritorio a escuchar el silencio. Aún podía cargar la batería de mi netbook en el restaurant cubano y de paso almorzar. Tendría para preparar clase y revisar unos guiones toda la tarde, pero me dio flojera. En medio de la indecisión tomé una hoja en blanco con el único lápiz que tengo, y que uso para corregir exámenes, y me dispuse a escribir.

No solo es impresionante el montón de material que puedes sacar de tu sistema cuando no tienes esas interrupciones que funcionan con electricidad, solo te acompaña el sonido de la calle y la lluvia que ahuyenta a todos.

Seguro no todo lo que uno escribe vale la pena (si lo sabré yo) pero son muchas las hojas marcadas de rojo que puedes producir en una tarde sin luz. Y quien sabe, con algo de suerte colarás alguna frase que un hipotético futuro visitante de museo podrá leer con expresión adusta.

2 Responses to CRÍTICA. Tinta Roja

  1. Ricardo dice:

    Buena Juancho dale!!!!!

  2. roxana dice:

    me confieso voyerista grafológica…la tecnología dificulta mi perversión… mirar un manuscrito escrito a mano es como observar un mapa de viaje…la trayectoria de los pensamientos…con esos enigmas al margen traducidos en dibujitos, manchas , borrones…o arrugas en las esquinas…

    nada mejor… absolutamente de acuerdo…

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