CRÍTICA. Boardwalk Empire

por Guillermo Adolfo Álvarez

El reciente interés por dotar de calidad al formato de serie de televisión, ha logrado conformar un nuevo frente en que el guión y la puesta en escena se vuelven elementos esenciales en el concepto o idea original del proyecto. Es así como Mad Men, Breaking Bad y Boardwalk Empire, tienen en su génesis un sentido ulterior y ven en ello una oportunidad para reinventar el género, en una suerte de desafío creativo, en el que finalmente se denota una mutua influencia y retroalimentación con el fin de sustentar un formato que en sí se agota fácilmente. Así, estas producciones optan por la recursividad que demanda la televisión, en un juego de amor y odio, donde la autoexplotación y el ceñimiento creativo son los bastiones a embestir.

Basada en el libro Boardwalk Empire: The Birth, High Times and Corruption of Atlantic City de Nelson Johnson,  con idea de adaptarla a la pantalla de Terence Winter (The Sopranos) y la producción ejecutiva de Martin Scorsese (quien además dirige el primer capítulo de larga duración), entre otros, la serie tiene como elemento base la promulgación del Acta de Prohibición o Ley Volstead – aquella que prohibía la venta, importación y comercialización de alcohol en el territorio de Estados Unidos, entre los años 1920 y 1933-,  centrándose en los ilícitos derivados de la misma en la ciudad de Atlantic City y, de forma paralela, en Chicago.

Lo que se plantea como trasfondo es el origen del crimen organizado, teniendo como base argumental el poderío ejercido por Enoch “Nucky” Thompson (personificado por un notable Steve Buscemi), representante republicano para el condado de Atlantic, quien se vale de la importación y comercialización ilegal de licores, como también del lavado de dinero por medio de un casino, para sustentar su avidez por el poder. De este modo, el boato es sólo una excusa que no sacia verdaderamente a un personaje megalómano y narcisista, un solitario y resignado viudo que se relaciona con las mujeres de manera tangencial.

De forma paralela, los personajes femeninos cobran inusitada relevancia para las historias de este tipo (considerando el mundo de Winter y Scorsese, con preeminentes personajes masculinos); sobresaliendo una infartante Paz de la Huerta en el papel de Lucy Danziger, quien exalta exageradas pasiones que, en contraste, son apaciguadas por la candidez del personaje de  Margaret Schroeder, interpretada por una sólida Kelly Macdonald; sensaciones de las que da cuenta Nucky, por medio de un comportamiento condescendiente para esta última desde el comienzo, resaltando una carencia emocional que verá en el rencor su medio de expresión.

Entre los personajes que sustentan el poderío ejercido por Nucky, están su hermano Eli, sheriff electo del condado, siempre secundando a su hermano en todas sus actividades, mostrándose deseoso por tener el carisma y labia de éste, resaltando el resentimiento de una vida a su sombra. En su rol de antagonista, fortaleciendo al personaje principal, el agente del tesoro Nelson Van Alden, representa la rectitud en un sistema que no puede sostenerse por sí solo, siendo este personaje una restitución del mismo por medio de la fe irrestricta, con una visión sórdida de la penitencia y su imposibilidad frente a la moral colectiva, y que busca en su yugo personal el saneamiento de una sociedad enferma e inconsecuente.

Otro de los personajes imprescindibles es el de Jimmy Darmody, joven combatiente de la Primera Guerra, quien deserta de la Universidad para buscarse la vida en la sordidez del hampa. Será este personaje, encarnado por Michael Pitt (destacan sus trabajos con Bertolucci y Haneke), el que representará la perpetuidad o herencia en la conformación del clásico gánster, algo que se hace hincapié en la serie a través de la marcada conformación de las supremacías irlandesas e italianas, en sus respectivos polos, remarcando el origen de un mundo apropiado por Scorsese.

Tanto así, que muchos de los personajes que aparecen a lo largo de la serie son reales. De tal modo, Al Capone (revivido por un versátil Stephen Graham) aparece como un novel pandillero que representa la impotencia manifestada en el crimen y el sentido de la apropiación en una sociedad desigual. Así se suceden otros nombres como Jim Colosimo, John Torrio por el lado del hampa, y Frank Hague, Walter Edge, por el lado de la política y su  corrupción.

El elenco en general busca retrotraer el ambiente multicultural de la época, trabajando con actores de diversa nacionalidad, no necesariamente representando su verdadero origen, lo que enriquece una producción que brilla por su trabajo de fotografía y dirección de arte, que logra un apego con los años veinte y la representación de una sociedad de empuje, con sus inherentes injusticias y desigualdades, moralmente hipócrita, recreando personajes cuyos precedentes en el crimen son una opción de vida y no una consecuencia de la misma.

Con su décimo capítulo ya emitido, de un total de 12 contemplados y una segunda temporada confirmada, la serie convida a presenciar un guión aceptable con la idea de mantener un apego tangencialmente histórico (destaca el episodio 5 y la celebración del St. Patrick’s day), con personajes notorios y entrañales, con un trasfondo crítico y, por sobre todo, un buen uso de recursos, donde confluye la creatividad y calidad en un formato que suele obviar ambos elementos.

La serie se emite desde el 19 de septiembre a través de la señal original de HBO, concluyendo el próximo 12 de diciembre. Altamente recomendable.

2 Responses to CRÍTICA. Boardwalk Empire

  1. Andrés dice:

    Ufff tengo que verla… me siento en deuda con Scorsese+Buscemi+HBO. Buen artículo.

  2. Dulce dice:

    Buen artículo, muy completo, está muy buena la serie, a mí me gusta mucho, me gusta que se dé en Atlantic City de los años de la prohibición y es toda como misteriosa y oscura, igual los personajes son muy interesantes.

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