CRÍTICA. El matrimonio y sus cosas

por Norman Matus M.

Cuando me propusieron colaborar con algún artículo, mi cabeza de inmediato se llenó de temas; algunos de difícil tratamiento, otros tan sencillos que sólo serían una menudencia. Pero hubo uno que me rondó, como cual abeja al polen. Un tema de muchos, pero que en la práctica cuesta abordar por toda la implicancia que tiene tanto valórica como religiosa.

El matrimonio… Así es, sustantivo que definido jurídicamente en el Código Civil chileno, en su artículo 102 dice textualmente: “El  matrimonio es un contrato solemne por el cual un hombre y una mujer se unen actual e indisolublemente, y por toda la vida, con el fin de vivir juntos, de procrear y de auxiliarse mutuamente”. En tanto que por la perspectiva religiosa, la definición dice “que es una alianza de amor de los esposos entre sí y de ellos con Dios”.

No es mi intención filosofar del tema, tampoco dar consejos, solo deseo compartir mi experiencia desde el punto vista del macho recio, del hombre que supuestamente “ronca” en la casa, aunque hoy en día la mayoría solo roncamos en la noche.

Cuando se llega a ésta sagrada instancia, es porque definitivamente el amor nos ha embargado y cuando digo literalmente embargado, es porque así es. Durante el proceso del pololeo hasta el noviazgo, nuestra transformación es tal, que nos convertimos en zombis, seres incapaces de pensar por sí mismos, nuestro único norte es esa mujer y lo feliz que nos sentimos junto a ella. Incluso (y aquí está lo delicado) estamos dispuestos a sacrificar ciertas libertades, con tal de estar eternamente junto a ella.

Sacrificios, que en su momento, no se dimensionan del todo…No hay situación más terrible para la mayoría de nosotros los hombres, que a esa mujer, nuestra amada esposa, no le guste el fútbol y que por tanto nos coarte la posibilidad de seguir jugando a la pelota los fines de semana, con los amigos; o por último que cada vez que queramos ver fútbol por televisión, tengamos que cumplir alguna penitencia. Sé que no todos los casos son así, pero hay un número importante de machos, que pierden ciertas libertades.

Es tanto el enamoramiento (dícese: gustar, afanar a un sentimiento), que indudablemente nos hace perder la perspectiva de la verdadera realidad, una realidad tangible, que obviamente si se es lo suficientemente maduro puede ser soportada y hasta aceptada; pero si no, puede ser tan dura como caerse de bruces y perder todos los dientes.

¿Cuál es esa realidad? Para vivir unidos para siempre, debemos estar dispuestos a tolerar. Lo que antes era una dulce fantasía (siempre andaba maquillada, siempre olía a flor de primavera, su cabello siempre estaba bien peinado  e incluso, sus necesidades eran sin olor) ahora, en el matrimonio, es el despertar a una concreta existencialidad.

Con el paso del tiempo ese enamoramiento que nos encandilaba, desaparece paulatinamente. Menos mal que es así, pues sería muy difícil, entender que ella, la princesa, la reina, es capaz de tirarse un pedo con un olor tan horrible que a cualquiera derribaría (ojo esto también pasa a la inversa); que su aliento, en la mañana impediría cualquier contacto, o que sus toallas impregnadas, una vez al mes, estuvieran tiradas en algún rincón del baño, o por último que ese carácter tan sumiso, que nos encantaba, se transformara en una mujer de armas tomar.

En cuanto a la vida sexual, nadie pone en discusión que es el componente más importante que sustenta a un matrimonio. Aunque es vital precisar que el sexo se practica sin necesariamente estar unidos legalmente y eso es parte de nuestra realidad, así es que no me extrañaría que un gran porcentaje de parejas que llegaron al altar y que siguen llegando, ella vestida de un blanco puro y él con una mirada virginal, hayan ya tenido sexo previamente, como fue mi caso.

Bueno, la cuestión es que la tolerancia y el verdadero amor, ese amor que no es el de estar encandilados el uno con el otro, sino ese que te permite enfrentar la vida tal cual es, son las únicas herramientas posibles para seguir unidos.

El tener donde vivir, la llegada de los hijos, su educación, el pago y mantención de lo que significa el costo de la vida, hace que el matrimonio sea en definitiva, una verdadera sociedad, una empresa, donde ambos tienen su cuota de responsabilidad y si uno de los dos flaquea, el matrimonio flaquea.

En resumen, lo único que sustenta un matrimonio desde mi perspectiva y experiencia, más allá de ese amor y cariño que la relación ha sabido cultivar, es la tolerancia; eso de aceptar los defectos y virtudes del otro, aceptar que no es la mujer con cualidades perfectas ni él es el gran señor, aceptar que ambos tienen su cuota de libertad, junto a sus deberes y derechos. En síntesis aceptarse y quererse como son, no olvidando jamás que el fuego del amor hay que alimentarlo permanentemente

Al menos ese es mi caso, si bien ya no estoy enamorado, lo que sustenta mi matrimonio por 15 años es el amor crudo y real, cimentado por la tolerancia y mis lindas hijas.

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