VIAJES. Crónica 03 o la caza y recolección

por Catalina Díaz Cisternas y Halszka Paleczek

Lo que sospechábamos. Las chicas siguen en Bolivia, a pesar de que para estas alturas del año se planeaba Ecuador o Colombia.  Por lo menos ya están en La Paz, y miran hacia adelante…. Y si esperaban de ellas cháchara viajera tipo “estuvimos aquí y vimos esto”… no. El viaje más importante va por dentro.

Hace tiempo que dejamos los lugares comunes, en los que sabemos movernos, en los que ya tenemos amigos y colegas, vecinos, familia… sabíamos lo que nos disgustaba y lo que nos gustaba –y dónde conseguirlo-. Sabíamos dónde refugiarnos, dónde comer, a quién recurrir, donde mejor no meterse… las cosas son simples en el conocimiento y en la rutina.

Río Espiritu Santo, Villa Tunari (Bolivia)

Pero a exceso de estabilidad, buscamos puntos de desequilibrio. Buscamos pisadas en falso. O quizás bajar las revoluciones. Andar con cautela y mirar con atención. Callar para escuchar. En constante movimiento se agudiza el oído y el olfato. Algo de esto nos recuerda a la movilidad, a la exploración, al caminar por valles y alturas desconocidas. ¿No seremos algo así como unas cazadoras recolectoras? Recorrer América hoy no es lo mismo que hace 33.000 años atrás (o cuando haya sido…), pero algo queda del gustillo.

Sabemos que estamos muy lejos de la supervivencia, y que muchas de nuestras necesidades no son más que engaños del deseo… pero, así en movimiento, uno se siente más cercano al recurso, a la muerte, a la vida, a la seguridad de no saber que va a pasar después. Hemos estado en ciudades, en selvas y en desiertos, y en todos lados existen saberes y códigos por conocer, comunidades que conquistar. La urbanización no asegura. Estamos en constante competencia humana y los viajeros no son los más beneficiados. En todos lados hay que negociar. La vida da, pero también quita, y es perfecta en su fluidez.

Como un músculo en movimiento, que se entrena –se estira y crece- según su dirección, los cazadores recolectores y los viajeros deben estar en constante alerta, pues la inmovilidad puede resultar fatal si no sabes entender lo que te rodea a tiempo. En Villa Tunari[1] tuvimos que atenernos a las leyes de la selva. Los matices perceptivos se vuelven más finos en ambientes tan animalescamente populosos… y los chillidos de los monos capuchino no pueden confundirse con el resto de los ruidos naturales, pues son bandidos de primer orden. Debes aprender a discernir lo habitual de la amenaza. En las calles no es tan distinto. Hay esquinas que no parecen tan oscuras a primera vista, amigos en los que hay que aprender a desconfiar, horarios y limites que hay que saber respetar…

Parque botánico de Santa Cruz (Bolivia)

Cuándo seguir y cuándo detener la marcha, dónde dormir y dónde comer, dónde recrearse, dónde descansar… son decisiones que se vuelven habituales, y que van ponderando continuamente el valor de lo que gastamos en tiempo y energía (o dinero). La adaptación es un juego continuo, en el que no te puedes quedar atrás. Todo -al parecer- cambia, y hay que reajustar la vista y la mochila según lo que ofrezca/carezca el entorno. Pero, ¿qué de nosotras sobrevive? Que rastrojo humano… despojado de su cultura, mareado de sensaciones…

Hay necesidades y hábitos que son difíciles de olvidar o incluso imposibles de dejar atrás. Puedes sumergirte en otras culturas y rodearte de gente distinta, puedes alejarte de todo lo que conoces, pero las necesidades ahí están. El hambre, la sed, el frio y el sueño no descansan más que por un rato. Satisfacerlos puede no costarte nada… ¡pero por ello pagarías una fortuna! Cargamos también con nuestros hábitos e intereses. No podemos, más bien no queremos, dejar de llenarnos de música, de arte, de cerveza, de nuestros intereses académicos, de paseos y excursiones, de comida vegetariana, y de largos etcéteras.

Y no sólo nos referimos a las necesidades primarias, a las que le urgen al cuerpo, pues vivir es mucho más que eso para cualquier animal. Uno también carga con necesidades espirituales, de comprensión, de cariño, de juego… necesidades quizás tan importantes como las primeras, pues poco se logra sin ánimo ni motivación.  Además, en viaje, no hay tiempo que perder. Cuando uno sabe que todo es transitorio, y que mañana puede ser otro lugar, hay que aprender a dejarse llevar, dejarse querer y querer de vuelta. Hay que abrir los brazos a personas y animales, a bailes y músicas locales, a historias y tradiciones que son en un principio ajenas. Pero sin anclas. El cariño puede hallarse en todos los lugares si estas dispuesto a recibirlo y a dejarlo ir…

Parque Machia, en Villa Tunari (Bolivia)

En Villa Tunari nos dimos cuenta que esto sucede también en los animales. Muchos de ellos necesitan compañía para sobrevivir, para obtener calor, para su higiene, para cazar, necesitan que alguien les acomode las plumas más escondidas… y el cariño es la manera más rica de formar vínculos, y asegurar la sobrevida. Incluso algunos (los más humanizados, sacados de sus comunidades) exigen a los humanos que les amen, acicalen, les hablen y les abracen, como algo tan natural. Parece que el cariño es un deseo universal, fundamental e incluso inter específico, y no un mero capricho o debilidad. Puede ser una enseñanza para nosotros la simpleza con la que se nos acercan los animales, en contraste con lo burocráticos que podemos ser los humanos para pedir cariño.

Tomar conciencia de todo a lo que no podemos renunciar en camino nos hace preguntarnos, ¿no habrán cargado también los cazadores recolectores, al conquistar América y el mundo entero, con todos los tiempos pretéritos, con todo lo acumulado en experiencia? ¿No se carga también en viaje con el propio temperamento, y con conductas aprendidas en comunidad? ¿Quedará algo del África natal? ¿De Siberia y de las grandes llanuras?

Los viajeros de hoy no somos tan distintos a los patiperros del pasado profundo. Compartimos no sólo las necesidades vitales, sino también el estilo liviano, la duda, la capacidad de aprender de nuevo y la necesidad de ser comprendido. Al enfrentarnos a nuevos entornos -naturales y también humanos- debemos considerar que cazar y recolectar también buscan nutrir el espíritu, y no sólo el estómago. Cargamos todos los viajeros con la pasión por llegar a nuevos lugares y mejores vidas. Debemos decidir si nos quedamos un rato o no, o mejor seguimos allá donde nos dicen que hay fruta y presa, ahí nos han dicho que se vive bien… ¿Cómo andamos de dinero? ¿Qué dicen las nubes? ¿Cómo anda el ánimo? ¿Seguimos adelante o comemos más papayas y tomamos más Huari?

Cazadoras recolectoras del siglo XXI, adaptativas y sonrientes. Buscamos más allá para no agotar el más acá. Amamos acá, sin olvidar el más allá.


[1] Estuvimos un mes trabajando de voluntarias en el Parque Machía, un refugio para animales salvajes rescatados del cautiverio. Recomendamos con pasión visitar: http://www.intiwarayassi.org/

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One Response to VIAJES. Crónica 03 o la caza y recolección

  1. geannina dellafiori dice:

    Halszka me parace muy cierto lo que comentan sobre la facilidad de los animales para pedir cariño cuando lo quieren.Si los seres humanos aprendieramos como ellos , a decir te necesito,o quiero estar contigo, de seguro veriamos mas personas felices.
    Las felicito por esta gran aventura de vida que emprendieron.

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