Llegar a Bélgica fue impactante. Iba desde Pisa, Italia, rumbo a la ciudad que más me habían recomendado ir: Brujas (Brugges). Como me fuí en esos vuelos económicos que hay por Europa, el avión te deja en la loza del aeropuerto y, cuando bajé, había viento blanco. Llevaba un mes en el viejo continente, en medio del más crudo invierno de los últimos 20 años, pero realmente no había sentido frío hasta ese momento.
Lograr viajar del aeropuerto de Charleroi, a las afueras de Bruselas, hasta Brujas, fue un parto. En general el belga no es muy dado a la conversación porque sí, y menos a dárselas de guía turístico en medio de las tormentas. Tras varias horas de códigos indescifrables logré llegar a la ansiada ciudad. A esas alturas ya era de noche y el frío calaba los huesos, pero estaba tan feliz de haber logrado llegar que no me importó.
Apenas llegué, dejé mis cosas en el hostal en que me quedaría (ultima habitación de una casita de 4 pisos sin ascensor!!) y salí a conocer, era mi única noche allí.
En el 2000, Brujas fue declarada patrimonio Mundial por la UNESCO, y está claro por qué. Pequeña y tranquila, la ciudad destellaba. En cada una de sus pequeñas calles te sientes en otra época, ya sea por sus adoquines, por sus múltiples canales, o su arquitectura que por nada del mundo permitiría algún tipo de modernización en sus fachadas.
Ese paseo nocturno por Brujas fue encontrarme con millones de vitrinas saludando al caminante (no eran muchos los valientes que estaban a esas horas fuera) y el rojo inundaba la ciudad ya que era la víspera del día de los enamorados y, francamente daban ganas de tener un pololo al lado en ese escenario; el frío hacía casi insoportable la opción de andar por las calles, por lo que un abrazo hubiese sido ideal. Aun sola, me animé un par de horas a recorrer sin mirar un mapa, jugando a ser una brújula humana.
Recuerdo que esa noche nevó, y mucho.
Al día siguiente, el sol saludaba como una burla a todo aquel que se animaba al verlo, pero bastaba poner un pie en la calle para descubrir que ese sol era apenas un vestigio irónico del calor. Aun así, descubrir Brujas de día es como releer uno de tus libros favoritos de la infancia en los días actuales. Es descubrir el Medioevo en su parte linda (sin suciedad). Es el mundo de la fantasía mezclada con la realidad.
Calles estrechas y pequeñas, que te llevan a pasajes curvos, casas angostas y de dos o tres pisos, vitrinas que promueven chocolates tentadores (en muchos sentidos), iglesias con torres de 300 escalones, hoteles que son como castillos… Todo en Brujas te llama a querer quedarte por siempre.
Ese verano viajé bastante, y conocí varios sitios pero sin duda Brujas fue mi favorita, por tener el encanto de un sueño, y también por su tranquilidad. La ciudad brilla y deslumbra sin aspavientos, el encanto de su arquitectura se queda en la retina y en el inconsciente colectivo medieval que nos inunda.












[1] Fotos: Carmen Andrea Jara S.
















