Nadar solo es de esas películas donde –cualquiera podría decir- no pasa nada. Tiempos muertos, mínima y casi anecdótica presencia de diálogos y de historia en el sentido tradicional. Y quizás la primera escena, de varios minutos, de un chico sumergido bajo el agua de una piscina, nadando solo, sin ruido más que aquel del agua que se mueve con él no hace más que anticipar el aire melancólico, ausente y solitario de quien protagoniza la película que trata, –citando a Fuguet[1]-, sobre “adolescer”.
Martín –el protagonista de la película- es un chico de 17 años que vive en Buenos Aires, que tiene un grupo de rock, que está a punto de ser echado de su colegio, que vive en una familia donde impera la incomunicación y cuyo hermano hace ya más de dos años se ha ido y ha desaparecido.
Bajo el explícito interés por dar cuerpo a una película marcada por el aire del adolescente que “adolesce”, la película no es más que el deambular de Martín, que pasea por las calles de la ciudad, de día y de noche, en bici o a pie, que pasa largos momentos sentado frente al río de La Plata en contemplación y silencio, que se sienta en el metro a ver pasar las estaciones, que vaga con su amigo por los parques de la ciudad casi sin hablar, que y que siempre –pero siempre- va al sentido contrario de hacia dónde va el resto.
Este recorrer de Martín está cruzado por la figura cuasi fantasmal de su hermano mayor –Pablo-, de esa figura casi admirada e idolatrada, y que hace más de dos años se ha ido, ha desaparecido, y está –ahora- perdido. Pero nadie, más que él, lo busca. Y lo vemos aferrarse a sus objetos, a su ropa, en conversaciones ínfimas con su ex novia, su ex compañero de departamento, en un interés vano por encontrarlo y por, en ese viaje y esperado reencuentro, encontrarse a sí mismo. Y así, Acuña nos traslada a Mar del Plata, lugar al cual Martín acude siguiendo una pista de alguien que le cuenta que Pablo está allí trabajando en un acuario. Pero Mar del Plata no es acá la ciudad de veraneo, sol y playa, sino una ciudad invernal, fría y lluviosa, escenario dentro del cual se topa con una chica tal como él, Luciana, abriendo así, a partir de largas secuencias del caminar de la pareja por la playa, el acuario, las calles o el bosque de la ciudad, sin más compañía que la de sí mismos y las de sus mínimas conversaciones, un aire de expectativa de encuentro y de principio del fin de su búsqueda.
Parece ser importante relevar la figura de Ezequiel Acuña y su interés por construir este mundo de adolescentes que luego encontraría nuevamente eco en su segundo largometraje Como un Avión estrellado, película un poco más difundida en Chile porque tiene como co-protagonista a Manuela Martelli a quien el director conoció en el Festival de cine de Valdivia.
Guardando varias semejanzas con el anterior, Como un Avión estrellado es esta vez la historia de Nico, un chico de no más de 17 años, que vive con su hermano mayor, y cuyos padres fallecieron en un accidente de avioneta. Además de perfilarlo, desde la primera secuencia en cámara ralentizada en un parque, como un adolescente solitario y tímido, la película se cruza con la ilusión el amor y enamoramiento hacia Luchi, en una historia de reencuentros y desencuentros, cruzada también por la metáfora del viaje y marcada por un ritmo narrativo enlentecido, que ya parece ser parte de su sello.
Para gran parte de la crítica argentina, Acuña ha sido el director que más ímpetu ha mostrado por revelar la adolescencia como ese periodo de definiciones, de búsqueda, de transición, observación e introversión silenciosa, acercándose así a uno de sus referentes reconocidos por él mismo como es Gus Van Sant.
Y así, Martín (y también Nico) son el retrato de adolescentes que están solos, que están en búsqueda de algo y que “adolescen” sin saber por qué. Y, en medio de escenarios y ciudades que parecen ser la metáfora del mundo que está ahí, afuera, al cual ni Martín ni Nico logran aferrarse, pero en el que probablemente buscan UN lugar. Acuña lo retrata con suma simpleza y limpieza, dejando de lado la tradición del cine argentino para adquirir un espacio dentro del “nuevo” cine trasandino, dando forma a esta figura del adolescente deslavado, que probablemente varios fuimos (o no) en algún momento.
“Tal vez no esté tan mal reservar esa edad para sufrir para poder vivir después otras cosas.”
(Ezequiel Acuña)
Filmografía:
EXCURSIONES – Enero 2010
COMO UN AVION ESTRELLADO – 2005
NADAR SOLO – 2003
[1] ADOLESCER, el cine adolescente de Ezequiel Acuña en Página/12 http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-2594-2005-10-23.html





















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16 ago, 2011 a las 16:37