CRÍTICA. La banquita del kiosko

por York Pérez de Arce

Parche.

Este texto no es un original. Ni siquiera tiene ideas propias. Propias del texto sí, propias del autor no. Pasea por nociones que acuñan tanto Walter Benjamin como Edgar Allan Poe, pero no se resume en ellos. Sin tratar de entenderlos ni acapararlos crispa destemplado como un chispazo, como un surco de agua que corre entre las moles de sus pensamientos.

Fotos.

Se cuenta que hubo un autómata construido de tal manera que a cada jugada de un ajedrecista (oponente) replicaba con una jugada que le aseguraba el triunfo desde la partida. Un muñeco en atuendo turco, con la pipa del narguile en la boca, sentado sobre el tablero que descansaba sobre una mesa espaciosa. Mediante un sistema de espejos se despertaba de la ilusión de que esta mesa era por todos lados transparente. En verdad, dentro de ella había un enano jorobado, que era un maestro en el juego de ajedrez y conducía la mano del muñeco por medio de hilos. Se puede uno imaginar un equivalente de este aparato en la filosofía. Siempre debe ganar el muñeco al que se llama: “materialismo histórico”.

Puede competir sin más con cualquiera, si toma a su servicio a la teología, que, como hoy se sabe, hoy es pequeña y fea y no debe dejarse de ver de ninguna manera.

Walter Benjamin, Tesis sobre el concepto de la historia.

Descendió cierto día las colinas a gran velocidad un hombrecillo pequeño y precioso (llevando bajo el brazo un violín casi cinco veces más grande que él, y en la mano una tabaquera de oro, de la cual, mientras bajaba la colina haciendo cabriolas y toda clase de piruetas fantásticas, aspiraba incesantemente tabaco con el aire más satisfecho del mundo) con aire audaz, dando aquí un paso de fandango, allí una vuelta, no parecía tener la más remota idea de eso que se llama guardar el compás, despertando las sospechas de los burgueses. El hombrecillo corriendo subió al campanario, y golpeando al campanero con el violín llegó a lo más alto del campanario en donde tocó trece campanadas en vez de doce, perturbando el orden de toda la ciudad. Todos los relojes comenzaron a bailar como embrujados.

Edgar Allan Poe, El diablo en el campanario.

1.

De dónde ha venido este hombrecillo cósmico, delirante y frívolo, vestido a última moda, amante de los jeans encabrillados y de las novelas de Bolaño, del suplemento de deportes y de revistas científicas.

Es lector de toda clase de noticias, aficionado al cine y a la música. En el devenir de los titulares del diario encuentra su formación noticiosa y sus opiniones están cargadas de esa chabacanería. Tal particularidad de su carácter no le es desconocida al hombrecillo, que sufre, buscando incansablemente entre catálogos de moda y poetas vanguardistas mexicanos una siniestra originalidad.

En los titulares que lee en el kiosco vibran los fragmentos de su enérgico y decepcionado espíritu. Si nos paramos a su lado y vemos lo que ojea mientras espera el micro o si observamos qué periódicos lee en el café, sabremos cuál es su consistencia moral.

2.

Aquel que intente cultivarse en letras deberá, de una u otra forma, tener una visión crítica del presente. Tal decisión supone una constelación de textos que han de aparecer en las distintas lecturas que realice. Cualquier elección ante el inmenso catálogo será azarosa o decididamente asentada en su contexto.

Un pensamiento no es más que un producto fragmentario hecho con los retazos más disímiles. Cada quien en su modalidad, creerá cultivarlo de la manera más entera. Mas no es en el cultivo de la lectura donde se haya la singularidad del intelectual, sino en las frivolidades  de su vida cotidiana. Es ahí donde aparece el genio único de su escritura y en sus mezclas incoherentes, la originalidad de sus trazos.

3.

Emprender cualquier cosa con la libertad de quien dice “yo quiero”, lleva en su seno motivaciones que a cada cual le son propias y únicas. Estas tienen que ver con los propios deseos que, por más recónditos que sean sus móviles, nos conminan a realizar acciones en una u otra dirección. Pero a su vez, son las afirmaciones de otros -quizás sin importancia para quien las enuncia, pues raramente las recuerda cuando nosotros, tiempo después, le hablamos de lo que dijo aquella vez- las que microscópicamente van formando nuestro carácter.

“Un hombre fumaba apoyado en el marco de una puerta y una mujer regaba begonias en una ventana. Las casas eran bajas sin estilo arquitectónico que identificaran nación ni época, albergando vidas iguales a las de cualquier calle en cualquier época del mundo.”[1]

4.

Es el incontrolable catálogo de sujetos posibles –de los que aparecen en un registro que se aboca a la producción de todas las subjetividades posibles- el que en las modalidades de aquella subsunción produce hombrecillos monstruosos, ejemplares únicos.

5.

Más y más hombrecillos aparecen completamente distintos e iguales. A cada quien se le adhieren más y más pedazos, como los parches de un muñeco viejo, en constelaciones de discursos que resplandecen ante su vista y ante la de otros, estos suscitan otros fragmentos involuntarios, de nuevas apariciones de otros hombrecillos influenciados.

Vimos la televisión ese día, y él dijo que le gustaban esos spots por los cuales yo nunca me interesé, sus opiniones y los spots quedaron grabados en mi retina. Después fuimos a charlar a un café y escuchamos las opiniones torpes de aquel amigo suyo. Esto fue suficiente para volvernos dos sujetos completamente distintos. Varias trampas ideológicas tramaron la modelación de nuestras superficialidades, las que apreciamos como los rasgos más finos de nuestra personalidad.

6.

La producción editorial está sujeta a los gustos de un público bizarro. Los lectores se vuelven cada vez más bizarros por la administración de subjetividades ejercida mediante el control editorial.

Desde las editoriales y la espesura de su conducción espiritual, de su producción de toneladas de papel impreso, aparecen textos en infinitas fotocopiadoras, librerías y en kioscos de revistas plagados de fotografías de mujeres mostrándose como muñecas perfectas. De entre esas voces asoma la voz del intelectual. Vanidades y virtudes brotan en cada rincón de la vitrina que circunda a la garita.

Apiñados en un banquito al costado, en la antesala de la vidriera de las virtudes hacen fila muchos otros escritores.

7.

El lado más superfluo de nuestro carácter aparece cuando elegimos qué comer y cuando elegimos qué leer. Es imposible dar abasto entre tantas nuevas literaturas y optar por una u otra según una clasificación o gusto personal.

Esta situación nos produce un sentimiento único: en la crispación de cada ejemplar que leemos está presente la literatura de todos los tiempos, incluso la que está por venir.

8.

Ni las contemporáneas religiones orientales que cultivan el yo, ni el doctorado en filosofía de Paris VIII, nada vuela más alto que el ángel del progreso. Los intelectuales se acusan unos a otros de viajar cómodos sobre sus despreciables alas y cada quien se vanagloria de haberlo herido de muerte.

A veces este despilfarro de voces hace desfallecer sus espíritus llenándolos de una nostalgia ebria que les fuerza decir entre compinches: “si nos unimos, lo matamos de verdad”. Tal gorjeo se escucha en toda nación que haya sentido la brisa que produce el ángel al agitar sus alas.

Día a día, a la hora de la cena, se presenta el despreciable, como un espectro que asiste a la mesa. Nos deshacemos insultándolo, intentando dar con el conjuro que lo espante.

Él responde sereno: muy bien amigos, todo es posible.

9.

“¡Basta!, me he dicho, “es hora de salir a bailar, confundirme en esta eterna fiesta macabra, no me importa más nada de todas las preguntas de todos los rincones del mundo y de la historia. Soy libre, lo decidí como quién toma cualquier otra decisión, pero lo soy”. Envalentonado salí a la calle y comencé a caminar por la acera, fijándome en el disfrute de toda la gente en los parques, de los niños corriendo y de los amantes besándose. Todas esas imágenes se clavaron en mí como si esos instantes fueran fotografías que eternizan las sensaciones efímeras en mi cuerpo. Los amantes mañana no se amarán, los niños envejecerán. Inmóvil en la plaza me resistía a abrir un libro y no hacía más que contemplar la vida que me esperaba.

Sentí unos escalofríos en los talones que subieron rápidamente por mis piernas hasta propinarme un feroz dolor de cabeza. El vientecillo llegó frente a mi rostro y me advirtió que sería borrasca si no lo escuchaba… me susurró al oído y su voz me pareció tan familiar: “alguien que ha elegido ser cadáver no puede resucitar porque sí, porque se le antoja repentinamente”[2]


[1] José Donoso, Coronación.

[2] José Donoso, Coronación.

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