Autor: Ivo Carrasco Wong
LA SAGA REZAGADA
Primera entrega – La escalera
Con los puños apretados en los bolsillos, el cuello de su gabán de paño levantado, bajaba a paso firme por la mitad de la empinada calle. Nunca era su costumbre de bajar por las aceras, ya que estas estaban repletas de escalones protruyentes, por los grandes hoyos que en ellas reinaban y por los excrementos de perro que parecían que brotasen como callampas después de la lluvia que acababa de caer; la calle, en cambio, era llana e imperecedera hasta el mar, la mayoría de las veces. A esas horas de la mañana la luz difuminada por las nubes hacía ver al pavimento como una superficie de plata pulida mil veces para que brillase hacia los dioses. Sus tacones resonaban en la soledad del descenso, haciendo notar su presencia en los adormilados vecinos que yacían tras los cerrados cortinajes de las ventanas, muchos de ellos soñaron que aquellos rítmicos pasos del caminante eran, ni más ni menos, que el mismísimo paso del tiempo, paso tras paso, paso tras paso.
En una repentina ráfaga de viento, pudo sentir como la grosera lluvia se había convertido en infinitesimales fragmentos de hielo que se le clavaban en la carne viva del rostro, sus ojos apenas abiertos hacían parecerlo asiático, su cabello en melena revoloteaba sobre su cabeza luciéndose como un fuego bravo y negro que furiosamente buscaba el ascenso; él lo dejaba ser, la vida era vida, y su pelo estaba vivo y parasitaba de sus ideas, sus pensamientos, sus recuerdos, de cuando en cuando, al momento de sentir que olvidaba hasta su propio nombre y la abulia le nublaba los ojos, tomaba un par de tijeras que habían sido de su madre y arremetía contra él como quien se corta un tumor, se quita un lunar, o se corta el cordón umbilical que lo amarra al pasado, como un perro encadenado; deliciosos eran sus recuerdos de ver caer su pelos al suelo cuales dragones caídos en combate, retorciéndose aún por la gravedad que los llama a la muerte segura.
En un recodo de la calle, que por lo cerrada y brusca parecía haber sido creada para librarse del diablo si es que alguna vez en esas noches frías, solitarias y oscuras de invierno se proponía perseguir a algún moro o cristiano, decidió salirse de la pista y seguir recto hacia la acera. Allí, disimulada por un par de rejas oxidadas y a media altura, entre medio de antiquísimas construcciones de dos pisos de adobillo y zinc, principiaba lo que a su parecer eran las venas de la ciudad: 152 peldaños hacia el centro de la tierra, hechos completamente de un de concreto osco y gris, que pertenecían a una de las escaleras más extenuantes y difíciles de subir (él, para su suerte, bajaba) y que debido a la cantidad de rellanos que poseía y a lo intrincado de su trayecto, por algunos metros zigzagueantes escalones y recovecos diseñados para esconderse de las víctimas, de la policía y de dios, y a ratos rectas inclinadísimas que eran una clara invitación a saltar al vacío, la hacían merecedora del apodo: El Camino del Inca; él sabía que abajo estaba el mar pero dudaba mucho que arriba estuviese el Cuzco.
Se atrevió a sacar su mano derecha del bolsillo, sólo para colocarse el primer cigarrillo del día que no encendería en la boca.
- Particular forma de dejar de fumar.- Le había dicho Carlos alguna vez y un efímero pero rotundo “!Bah¡” había recibido como respuesta.
Alzó la vista y vio una vez más la franja de bahía y de ciudad a lo lejos que dejaban ver las casas que acotaban y enclaustraban a la escalera por ambos flancos. “Una postal hecha marca-páginas”, pensó y le pegó una profunda calada a su cigarrillo muerto, no nato.
El primer paso fue completamente en falso. Si había algo más peligroso para circular en una ciudad que el hielo negro y que los perros mordedores de tobillos de ciclistas; eran sin lugar a cuestionamiento alguno, para él, los escalones mojados.” Muerte segura para el pánfilo”, mentaba en su cerebro, y al parecer la ciudad lo desafiaba a supervivirla. Pensó que para cualquier descendiente inexperto que osase utilizar dicha escalera la pregunta no era si moriría o no; si no, más bien, dónde encontrarían su cuerpo policontuso y sin vida; abajo en el plan, en un rellano o de frentón entraría por la ventana de alguna casa, y caería sobre la mesa del comedor de alguna familia, mientras tomaban tecito comiendo pastelitos de la Folia junto a las visitas de Santiago, porque siempre habían visitas de Santiago.
Repuesto de los seis latidos acelerados que alcanzó a generar el resbalón y con el cigarrillo pendiendo del labio a lo “Don Chumas”, decidió aceptar el reto.
- Veamos quién gana, queridita. – Dijo por segunda vez en el día. La primera había sido hacía una hora y diecisiete minutos, recostado en el lecho de su interlocutora, tan desnuda como él y mirando ambos hacia el mágico y sobrenatural llanto del cristal de la ventana.
- A que tengo un orgasmo más grande que el tuyo. – Le había desafiado ella.
En un acto suicida, se lanzó escalera abajo cual deportista de alto rendimiento y bajo remordimiento, dando saltos de dos a dos, de tres a tres escalones, salpicando las pozas de agua de lluvia que comenzaban a anunciar con su reflejo el escampe. El gabán abotonado le impedía respirar a sus anchas y moverse con agilidad, así que con dos dedos soltó en tres escalones los cuatro botones que lo aprisionaban; pareciendo, una vez abierto, más un capote de antaño que sobrevolaba a su dueño. Sus pasos y aterrizajes eran cascos de caballo entre callejuelas medievales, su respiración agitada era el resoplido bravío del equino; un rocín hacia la Lid.
Nadie lo veía, nadie lo vitoreaba, nadie colgaba desde las ventanas gritándole a todo pulmón sus propios deseos de ganar. A lo sumo, en respuesta a las pisadas de la corrida, desde una pequeña casa húmeda, de adobe y madera, se escuchó decir:
- Cácha, güeli, otro chorizo arrancando de lo` paco`.
Pero la octogenaria al ver la veloz silueta antropomorfa con capote y cabello al viento, cruzando por su ventana, dijo casi sin voz alguna:
- No… eh` la pelá. – Santiguándose raudamente siete veces como es perfecto.
Llevaba ya recorridos 121 escalones y la última curva dejaba ver apenas unos diez centímetros de la calle, el plan, la meta, la gloria de haberle ganado a la escalera; no tan sólo llegaría, si no que llegaría vivo. Los graznidos de las gaviotas parecían anunciar su llegada, y algunos ladridos vagabundos respondieron al aviso sin mostrar alegría o molestia, abulia canina. Apuró el paso, arriesgándose aún más a terminar la odisea con 11 clavos de titanio tratando de reconstruirle la pierna fracturada en 4 partes.
- Todavía no entiendo, ¿cómo cresta te la fuiste a romper así?. ¡Cuatro partes! ¿`Tay seguro que no fue a propósito? – Habría dicho el joven médico de turno en urgencias, mientras lo escrutaría con la mirada; dentro de su somnolienta mente cabría como cierta posibilidad de que el acongojado y adolorido paciente le dijese “Sí”.
Una sonrisa socarrona comenzó a marcarse en la faz del corredor suicida, había vislumbrado el último giro hacia la derecha que precedía a los últimos 10 escalones que lo separaban de todo. Casi como un bailarín de ballet saltaba de escalón a escalón en puntas de pié, casi sin ocasionar ruido alguno, como una pluma de paloma cayendo desde la cornisa.
- No te dije que ganaría, queridísima mía. – Balbuceó.
Era exactamente lo mismo que le gustaría haber dicho hace un rato atrás. Ya sin preocupaciones, y casi levantando los brazos en símbolo de triunfo, saltaba los charcos de agua como un niño. De pronto, vio cómo las grandes hojas de una planta, verde y olvidada, que yacía en la jardinera que estaba a su izquierda se agitaban como si el viento hubiese caído sobre ellas. Pero no había viento alguno, por lo menos en ese rincón socavado de la tierra. “Un perro”, pensó y se corrió hacia su derecha esperando el salto instantáneo y el ladrido estrepitoso que los animales cohabitantes de la ciudad tenían por costumbre realizar, como si existiese y tuviesen un síndrome de caja sorpresa. Él sabía que por lo menos un par de ojos lo observaba desde la humedad de esa oscuridad. Y atento en absoluto de ese punto del universo se dispuso a sobrepasarlo lo más alejado que podría hacerlo. Si no hubiese estado completamente concentrado de ese lugar, jamás habría escuchado el susurro espectral que emanó desde ahí:
- Oye, amigo.
Se detuvo en seco en el lugar y la inercia de su cuerpo absorto en la carrera pretendió seguir adelante, pareciendo como si la cadena que llevaba imaginariamente al cuello hubiese llegado a su extensión máxima. Poniéndose en alerta por completo, abrió sus ojos negros y su mente se hizo consciente de todo lo que le rodeaba.
- Oye, amigo. – Se repitió en el ambiente.
Sin lograr ver aún el cuerpo que pronunciaba esas palabras, respondió en un tono calmo y afable hacia las plantas, como quién lanza su anzuelo al mar:
- No tengo mone`as, compañero.
- No quiero dinero, sólo que me escuches un momento.
La voz era cansada y gastada, indefinible entre un hombre o una mujer de en extremo avanzada edad. Eran palabras de un sonido moribundo de maltrato exagerado y desmedido. Pero el resentimiento u odio no afloraban en ninguna parte de sus vibraciones; su ánimo era calmo, de quién entiende su destino y avanza a partir de él.
En ese pequeño segundo se encontró más interesado en tratar de vislumbrar una figura bajo las hojas que se habían apaciguado, que en entender lo que oía. En su interior sentía que no cernía amenaza alguna desde ese lugar, la curiosidad era en esos momentos su compañera de viaje y lo incitaba a pisar el acelerador.
- Y… Qué sería lo que necesita, ¿Señor? – Preguntó con la mayor sutileza que quedaba en su cuerpo, mientras se ordenaba el cabello que caía sobre su frente.
- Ven, acércate. – pronunció la voz antediluviana. – Lo que debes saber sólo tienes que escucharlo tú.
- ¡Viejo truco, compañero!… Yo mismo lo estuve utilizando anoche.
- ¡¡N-o-t-e-b-u-r-l-e-s!! – sonó como trueno en el húmedo y oloroso, que liberó su onda expansiva escalera arriba y abajo, barriendo con polvo, plumas, hojas secas, su gabán, su cabello y su cigarrillo nunca encendido.
La ciudad enmudeció en sus oídos, desapareciendo de su percepción cualquier objeto o persona que no estuviese a simple vista. Supo en ese preciso momento que lo mejor que podía ser era estar lo más quieto posible, cualquier movimiento en falso podría desatar la hecatombe, su hecatombe.
- Pon atención, escucha y obedece. – Retumbó nuevamente.
Siete días después gruesas y negras columnas de humo que emanan desde decenas de focos de incendio descontrolados en la ciudad. La luz del sol se torna sepia al atravesar la neblina de humo volviendo la vista en imágenes ilusorias de un pasado catastrófico. Ahora, la pesadilla de todo cuerpo de bombero se manifiesta como el fin del mundo, este mundo, este presente y todo su pasado.
Él observa con satisfacción el desastre. Con la tranquilidad que sólo da el saber que la tarea está cumplida.

















yasna martinez
Que bueno.
07 sep, 2010 a las 21:42