VIAJES. Crónica 01 o la libertad de lo menos

por Catalina Díaz Cisternas y Halszka Paleczek

Un viaje de 8 meses por distintos climas y países sudamericanos, y una mochila de 60 kilos que cargar. Libertad y algunos miedos. ¿Qué pasa cuando juntamos todo esto? En su segunda entrega para Sangria.cl, las chicas se mezclan con puntiagudos cerros, el desierto de colores y algunos personajes muy interesantes. Los turistas y la naturaleza  son el centro de su atención.


Vivir como turistas es raro. Y cuando eres un turista low profile y low money como nosotras tienes otros desafíos. Saber que el ser turista es más que un estado momentáneo y pasajero, y que será parte de tu vida por un largo tiempo, es extraño y es mejor asumirlo como una certeza. No tienes continuidad en donde duermes, compartes tu baño, tu pieza y la cocina. La intimidad comienza a ser apreciada y el closet no-portátil añorado.

Un día vimos a Igor. Los franceses con los que hacíamos un tour en el Valle de la Muerte lo conocieron cruzando el Amazonas en barco y nos contaron de él. Igor es ruso, ¡y lleva 7 años viajando por el mundo! Lleva en el culo un cartón para poder sentarse donde le dé la gana y una mochila de 15 kilos aprox. No hablamos con él, pero nos quedó dando vuelta en la cabeza su forma de vivir. Nos asaltaron mil dudas: ¿tendrá familia? ¿qué es lo que carga en su mochila?¿qué es lo que ya no necesita? ¿cómo capea el sol y el frío? ¿qué edad tiene?

En nuestro egocentrismo tan occidental nos preguntamos si es que nosotras podríamos vivir así. Probablemente sin lazos de amistad ni familiares, y con tan poco en la mochila… Pensamos que debe ser duro, que debe ser difícil. Pero en realidad, ¿qué sabemos nosotras? Lo más probable es que sea terriblemente feliz, sería irracional seguir de viaje de no ser así… con tanto sacrificio, la recompensa debe ser MUY grande.

La libertad del desprendimiento nos da curiosidad y nos atrae de repente como una pasión que es difícil seguir: cómo desprenderse de la propaganda, el consumismo, la comodidad, la vanidad, y nuestra educación en general… Hay que conservar las tradiciones y las relaciones, conservar los muebles familiares, esconder las cartas de amor en una caja de zapatos, fotografiar para no olvidar, el “mejor que sobre a que falte”. Le tenemos miedo al frío, al hambre, a la incomodidad, a la soledad. El problema es que para eso tenemos que cargar con muchos kilos de ropa, de comida, de cosas para limpiarnos, de cables y cámaras, de libros de viaje, y cuánto detalle más… encima cargamos con otra humana, ¡y sus mañas! Pero lo mejor de darnos cuenta de esto, es que sabemos, también al contrario de paralizarnos, que nuestros ideales más íntimos nos invitan a dejar estos miedos atrás y a aprender a ser más resilentes: vivir con menos. Vivir con aparente menor seguridad, menor comodidad, con menos parafernalia.

No es fácil empacar para una travesía tan larga. No sólo estuvimos planeando nuestras mochilas desde casi un año antes del viaje, sino que ya con 3 semanas de viaje en los huesos, seguimos reinventando nuestros caparazones. La diferencia es que ahora, en vez de pensar qué llevar, pensamos de qué desprendernos. Con esfuerzo mental hemos dejado algunas cosas atrás: algo de ropa, un par de zapatos, cremas de más y otras chucherías. Estamos intentando dejar atrás algunas certezas que se nos hacían tan obvias, y de las cuales ahora dudamos.

Lo mejor del viaje fue el momento en que nos dimos cuenta de nuestra libertad. Estábamos sentadas sobre un suelo de arcilla resquebrajada al lado de la carretera que une San Pedro de Atacama y el sitio arqueológico de Tulor –es decir, en medio de la nada-, y pensamos en cuánto nos estábamos ensuciando con lo que estábamos haciendo (¡las pocas cosas que llevaban ya estaban tan sucias!). No nos habíamos duchado en un par de días y teníamos la ropa desastrosa (entre mugre vieja y nueva, y hoyos en las costuras)… pero estábamos tan felices, tan encantadas, que nos dimos cuenta de lo ridículas que eran nuestras preocupaciones anteriores. Y que –como nos enseña el detergente Omo- ¡para aprender hay que ensuciarse!  Nos dimos cuenta que nadie nos iba a retar, culpar o juzgar. De estar más limpias y más arregladas no habríamos estado realmente mejor (¿quizá al contrario?) ¿Me avergüenza andar con la ropa rota/sucia/repetida? El miedo a la mugre es irracional y cultural, la mugre no enferma ni corroe la moral… y menos el polvo del desierto.

Hemos disfrutado al máximo nuestros días en el desierto y en el valle de Elqui. Los cerros y las montañas son un misterio que vale la pena caminar. La tierra está llena de vida, de vistas, sonidos y sabores tan bellos, que vale la pena apreciarlos desde lejos y de cerca, y ojala desde varios puntos de vista. Por ejemplo, las quebradas las veíamos tan amables desde las alturas, pero cuando intentamos bajar por ellas resbalábamos y ¡nuestra vida llegó a peligrar!

¡Gracias zapatos de trekking por existir! ¡Gracias calcetines calientitos! ¡Gracias bloqueador! Le damos tantas gracias a las cosas feas y ridículas que nos han hecho la vida más fácil, en contraparte de las cosas bonitas de la ciudad, que creíamos necesitar…

Nuevo descubrimiento: la libertad está en aprovechar al máximo lo que tenemos ahora. Y esta vez no es sólo un cliché, se siente de verdad. El momento no puede esperar, y queremos poder decidir nuestras pasiones y rumbos minuto a minuto, hora a hora, día a día. Queremos dejarnos llevar, sacarnos los zapatos y caminar descalzas (aunque sospeches que después te puede molestar una herida), parar en medio de la nada a comer algo aunque vaya a oscurecer… Al parecer, ahí está la verdadera comodidad y seguridad en nuestras vidas: está en el no temer a pequeñas incomodidades e inseguridades, que son incluso solamente probables. Estamos aprendiendo que con menos se gana más. Veremos si de aquí a la próxima entrega seguimos pensando igual.

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One Response to VIAJES. Crónica 01 o la libertad de lo menos

  1. María Eugenia dice:

    Me encanta lo que escriben! estoy deseando construirme la oportunidad de viajar de esa manera

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