Autor: Diego Ávalos
Lo primero que pensó Mercedes al colgar el teléfono fue lo afortunada que era. Tenía tanta suerte como aquel anciano que había ganado la lotería cuatro veces consecutivas con exactamente el mismo número: 1234. Lo segundo que pensó aumentó su dicha a niveles astronómicos; ella, sin duda alguna, era bastante más suertuda que aquel vejestorio, ya que las proezas de ese hombre eran una total fabricación… a menos, claro, que uno creyera todo lo que publicaba aquel extraño pasquín denominado “El Semanario de lo Insólito”. Lo tercero que pensó, sin embargo, opacó por completo su naciente felicidad.
¡Oh Dios mío! ¡Mis Piernas!
No podía ser cierto. Le quedaban tan sólo ocho horas para encontrarse con el hombre más apuesto, carismático e inteligente de todo el universo y estaba hecha un mono. Un orangután. La abominable ejecutiva de las nieves. Miró hacia sus vaqueros y observó, horrorizada, que estos se habían tornado trasparentes, revelando una insondable selva color marrón. Con una rapidez únicamente igualada por una patada de Bruce Lee se quitó los pantalones y comprobó, llena de alivio, que era su imaginación jugándole trucos.
Oh Dios mío. ¿Se puede saber qué me está sucediendo?
La pregunta era, evidentemente, retórica. Ella sabía muy bien lo que le estaba pasando. No podría salir jamás con Paul-Henri (alias Mr. Perfecto) a menos que estuviese completamente depilada. Si bien no tenía intención alguna de tener relaciones esa misma noche, tampoco podía darse el lujo de ignorar el eslogan que le habían enseñado en sus días de niña exploradora: “Siempre lista”. Estaba decidido; sus vellos debían desaparecer lo antes posible… la única pregunta era ¿Cómo?
En cualquier otro día del año habrían millones de potenciales respuestas, desafortunadamente para ella hoy era primero de Enero, lo cual significaba que ninguna de sus amigas iba a tener los ánimos necesarios para socorrerla, y que, probablemente, todos los locales de la ciudad iban a estar cerrados (sin mencionar el hecho de que su cera depilatoria había sido recientemente engullida por su fiel, aunque ligeramente bruto, perro Clodoveo).
El pánico comenzó a corroerla por dentro. Su respiración se hizo más agitada y su presión se elevó hasta alcanzar las estrellas. Para enfrentar esta galopante crisis de nervios, Mercedes decidió tomar el toro por las astas e ideó una estrategia: Se preparó un relajante té de manzanilla y, siguiendo las indicaciones que había visto en aquel famoso documental, cerró sus ojos y trató de reestructurar sus redes neuronales. Quería convencerse a si misma de que ella perfectamente podía dejar su fijación de lado. ¿No tenía acaso miles de cualidades?
Lamentablemente la paciencia no era una de ellas, por lo cual a los once segundos de haber comenzado esta técnica la abandonó, reemplazándola por un tradicional, y sumamente desesperado, llamado de auxilio a los cielos.
Oh Dios mío. Si me haces olvidar, sólo por esta noche, aquella maldita obsesión que tengo con mis pelos, prometo rezar el rosario todos los días antes de desayunar…
Puede ser que Dios sabía que ella iba a olvidar convenientemente su trato una vez que obtuviese lo que quería, o quizás fuese el hecho de que el trauma era demasiado fuerte. Como fuera, su neurosis no hacía más que crecer ¡Todo por culpa de aquella grotesca Tía Sorlanda y sus lunares peludos! Su infancia hubiese sido inmaculada de no haber sido por esos saludos efusivos que ella le propinaba. Cada vez que la Tía venía a su casa, Mercedes pasaba toda la noche en vela pensando cómo era posible que alguien tuviera tan poca dignidad. Fue en una de estas visitas que, incapaz poder contener más su desesperación, la joven Mercedes le dijo a su hermana “¡Por amor de Dios, si hasta un ciego es capaz de ver esos pelos!” a lo que ella respondió “Imagínate lo que debe tener bajo la ropa”.
El horror.
Aquel comentario gatilló en su mente una serie de imágenes que sólo pueden ser catalogadas como “infernales”. Fue una cascada de cuadros nauseabundos y posibilidades terroríficas que la marcaron de por vida. Fue tanto el shock para la pequeña Mercedes que ese mismo día hizo un pacto: Nunca permitiría que alguien sospechara de lo que llevaba debajo de su ropa. No podría dormir por las noches pensando que alguna inocente muchacha había quedado traumada por culpa de su presentación personal. Ella iba a estar siempre impecable e impoluta, como el David de Miguel Ángel, aunque en versión femenina. Davida.
Oh Dios mío. Tengo que pensar en un plan B.
Luego de algunos segundos de deliberación este hipotético plan se concretizó en la forma de una rasuradora; método que previamente no había sido considerado ya que le provocaba una extraña sensación en el estómago… la misma que sentía cuando alguien pasaba sus uñas por el pizarrón, o sea; desagradable pero no intolerable (por lo menos bajo estas circunstancias). Así que respiró un par de veces tal como le habían enseñado en sus clases de yoga y, armándose de valor, entró al baño. Todo iba maravillosamente bien hasta que…
Oh Dios mío. Mi rebaje.
Había sido capaz de depilar todas sus piernas, pero el rebaje era demasiado. Era como pasar un rastrillo eléctrico oxidado por la pizarra. Algo tendría que hacer con eso. Consultó su reloj: mediodía. Quedaban aún siete horas para su cena. Impresionante ¡Tanto tiempo! Esto la llenó de ánimo, así que cogió su cartera y salió a la calle con un optimismo desbordante, el cual, bloqueándole por completo su sentido común, le decía que iba a encontrar algún centro de depilación dispuesto a atenderla. En pleno 1 de enero.
Recorrió frenéticamente la ciudad en busca de algún lugar abierto. Al cabo de un par de horas ya sabía con exactitud cómo se sentían aquellos caballeros medievales que habían salido a buscar el Santo Grial. Trató en vano de tranquilizarse ¡Esto no le podía estar sucediendo! Tenía que haber algo abierto, lo que fuera… a estas alturas incluso se conformaba con ser trasquilada por algún simpático ovejero. Su mente comenzaba a nublarse del nerviosismo. ¿Por qué Paul-Henri tenía que haberla invitado justo en esta fecha? Rudo, vulgar, desconsiderado, imbe…
OH DIOS MÍO
No lo podía creer, a tan sólo 100 metros de distancia sus ojos habían divisado una peluquería de cuya puerta colgaba un inconfundible cartel con la palabra OPEN impresa. En su mente el concepto “oasis” tomó un nuevo significado. Aparcó el coche y se apresuró a entrar. Iba corriendo hacia el local cuando divisó el nombre del negocio: “PELUQUERÍA BELLIZIMA”.
Se detuvo de golpe.
Oh Dios mío. ¿No es esta la peluquería de la que me habló mi hermana?
Sin perder ni un solo segundo sacó su móvil y marcó.
-¿Buenas?- contestó su hermana con una voz que forzosamente trataba de ser enérgica pero que transmitía por todos lados cansancio y resaca.
-Hola, soy yo, Mercedes, te tengo una pregunta…
-Yo estoy bien, gracias por tu preocupación.
-Por favor concéntrate… necesito respuestas. ¿Cómo se llamaba ese lugar donde fuiste, y cito textualmente, “brutalmente atacada por una psicópata con cera, Jack el depilador”?
-Peluquería Bellizima, con una “z”. La señora que atendía era una carnicera, al terminar la sesión te juro que podía ver los músculos de mi pierna. Consideré seriamente en demandar a la desgraciada. Cambié de opinión porque luego de eso fui a hacerme la depilación láser, ya que había adquirido cera-caliente-fobia, y esa fue la mejor decisión que he tomado en mi vida…- Su hermana siguió hablando pero Mercedes era incapaz de procesar cualquier tipo de información.
¡Depilación láser! ¿Por qué no se había hecho ella la depilación láser? ¿Por qué seguía empeñada en utilizar métodos primitivos? Su falta de visión la hizo sentirse extremadamente vieja… incluso podía escuchar el sonido que hacían, en ese preciso momento, las arrugas que ganaban terreno en su frente.
-¡¿ESTÁS AHÍ?!- Los gritos de su hermana provenientes del móvil lograron sacarla de su estado cuasi-catatónico.
- Sí, disculpa, estoy acá. Gracias por la información- Al decir esto Mercedes colgó el teléfono sin siquiera despedirse. No había tiempo para ser políticamente correcta, era hora de decidir.
Opción A: Entrar a la peluquería y ser salvajemente depilada, u opción B…
No, tenía que ser realista, no había opción B. Reuniendo todas sus fuerzas cruzó el umbral que separaba la calle del lugar que su hermana había descrito como “un cruento campo de batalla”.
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Cuentan las personas que moran por esos barrios que nunca habían escuchado gritos tan penetrantes como los emitidos esa tarde. Uno que otro consideró la opción de llamar a la policía, iniciativa que, como suele ocurrir en las grandes ciudades, nunca fue concretada. Una señora que por ahí pasaba dijo que vio a una mujer salir de la peluquería tambaleándose con sus ojos llenos de lágrimas alrededor de las cinco de la tarde. Al salir le sonó el teléfono. La señora escuchó una conversación que terminaba con la oración“…claro que podemos dejarlo para otro día, nos juntamos en otra oportunidad, no te preocupes, yo no tengo ningún problema con eso”.
Y era verdad. Lo peor ya había pasado.










