CREACIONES. Las dos caras de Fernanda Olmedo

Autor: Yorkdach Pérez de Arce

PRIMERA

La hermosísima Fernanda Olmedo se casó después de mucho con uno de los tantos que la apetecían. El nombre de su esposo nunca lo supimos, sólo sabemos que fue uno de sus tantos pretendientes. Sabemos que Fernanda cedió y se entregó a uno de ellos justamente para terminar con los hostigamientos que sufría por su ahora esposo y el resto de los buitres. Mas el vino fue para uno y la sed repartida entre el resto. El casamiento causó tal indignación entre los despechados que en la misma fiesta de la boda cobraron con el esposo: “si no hay esposo seremos nuevamente pretendientes”.Ya ebrios ni siquiera reclamaban a Fernanda, reclamaban ser pretendientes, solicitaban ser solicitantes. El casado esquivó tiros y navajas y se perdió en la noche junto al padre de Fernanda para no ser vistos más.

–¡Y ni pienses volver a mirar como nos garchamos a tu mina! Gritaban los gauchos al vacío de la pampa.

Fernanda de pronto se vio sola, expuesta al cortejo de una jauría que ya comenzaba a meterle la mano por debajo de las faldas. Pero los brutos estaban tan calientes que comenzaron a pelearse unos con otros por la chica. Ella aprovechó el alboroto para escapar por la puerta de atrás. Cautelosamente ensilló un caballo y salió con un trote lento, en dirección contraria a la que tomaron los dos hombres.

Los gauchos la buscaron día y noche, hasta que la encontraron moribunda en medio de la pampa. La locura de ellos era mucho más grande que la insolación de aquella, así que la violaron una y otra vez hasta matarla.

Luego de esto, la enterraron y le hicieron una animita en la que escribieron Difunta Correa, la santa de todos los gauchos, dejando correr el mito de que la habían encontrado muerta amamantando un niño que luego abandonaron en la puerta de una iglesia. En verdad el niño eran todos ellos, y necesitaban tanto a su madre que tuvieron que convertirla en mito. A medida que se alejaban del cenotafio sus conciencias se hacían más tranquilas, como si en la lejanía de aquellas sierras se quedara la muerte con el terrible vejamen que cometieron. El silencio del amanecer les había traído paz. Esa madrugada se dieron cuenta que al saciar sus más oscuros deseos habían conseguido una patrona para los gauchos. Todos le siguieron siendo incondicionalmente fieles.

SEGUNDA

A soñó que descansaba a la sombra de un gran árbol del que caían hojas secas, bordeando el tronco como gotas de agua. Las hojas despiden olor a tierra mojada y A no puede dilucidar si es el aroma de la primavera o del otoño. Alrededor todo está reverdecido, debe ser primavera y este árbol no lo ha entendido, piensa. Ve que la yerba se mueve a lo lejos estrepitosamente y adivina que se acerca una tormenta, pero no es más que una borrasca que se dirige hacia el árbol y pasa por sobre ella lamiendo el borde del tronco desde el suelo hasta la copa. Las hojas se levantan un poco y vuelven a caer. El viento sube a una de las ramas y la agita, su sombra cambia los colores de la tierra. Se vio con un encendedor en la mano tratando de quemar un par de hojas, pero estaban tan húmedas que le fue imposible. Luego el árbol comienza a crujir lastimosamente y comienza a llamarla: ¡A, A! desde lejos adivina que es a su puerta donde llaman y se despierta.

D llega mojado, lleno de barro, agitadísimo y borracho como el vino mismo a la casa de A y toca muchas veces. Ella abre una puerta hecha con maderas húmedas y lo hace pasar a la cocina. Al tiempo que enciende unos palos para calentar agua le pregunta qué quiere. D le dice que a B lo han matado en una pelea en el boliche. D asegura no haber visto la pelea, pero todos dicen que fue E quien lo mató. Ella le responde que eso es imposible, pues B salió hace dos días a comprar puchos y todo el mundo sabe que si un hombre dice que va a salir a comprar puchos tan de madrugada es porque piensa abandonar a su familia. D insiste en que B está muerto. Ella está convencida de que D no es más que un borracho incoherente, le muestra que falta el mate y la yerba, una manta y el cuero donde B guarda el vino. –Viste, este malparido nos abandonó, le dice.

D insiste en la muerte de B, A insiste en la incoherencia de D. Para probárselo, A sale a paso apurado de casa con su pequeño hijo a cuestas, siguiendo las marcas de las herraduras en el barro seco que dejó el caballo de su esposo cuándo la dejó sentada aquí, esperando por un cigarrillo mañanero. Es la primera vez que realiza un viaje tan largo, pero le da la sensación de estar rehaciéndolo. sigue e interpreta las huellas del caballo de B, no tiene ni la remota idea de hacia dónde la llevarán, y eso la asusta, pero sabe que lleva a C, su hijo, a realizar el primer viaje de su vida.

Mientras avanza a pleno sol piensa que este viaje es innecesario para cualquier niño, en verdad piensa que los niños no viajan y sólo viajamos los adultos, es tan innecesario salir con ellos porque las casas son lo contrario al viaje, ya desde que salieron del útero, que es su primera casa, los niños están en viaje de hacerse hombres. El sol la quema tanto que de su cabeza emana olor a pelo chamuscado. Alucina fuentes de agua a lo lejos. Quizás ella está haciendo el viaje y no su hijo, porque los niños tienen que hacer esos viajes creyendo que volverán a casa alguna vez, pero es obvio que para volver a casa deberían haber tenido casa de antemano, pero es imposible devolverse a la madriguera de las damas, no con el tamaño que tienen ahora por lo menos. Piensa que quizás por eso los hombres le llaman el niño a su cosa, o peor, quizás por eso se comportan como niños amurrados. ¿A dónde querrá ir B? ¿Acaso no sabe que es imposible escapar de ella porque ella nunca lo tuvo consigo? quizás lo que busque A, en el fondo, no sea otra cosa que el deseo de B de regresar a ser niño, murmura.

Ya exhausta se sienta en una roca caliente y piensa en todo esto porque su cuerpo le pide que vuelvan, pero su cabeza se niega a pensar que volverá sola. Quizás yo también tenga derecho a viajar, aunque esté en ruinas. Por lo menos hogar de C soy, él me lo hace saber porque me busca y me busca. La luz quemante y el aire caliente le secan cada gota de sudor que trata de cubrirle la frente. Somos las madres las que queremos forjar la ilusión de que hay casas para los hombres, los hombres no la quieren a una y sólo quieren acostarse un rato como quién se protege bajo el único árbol que encuentra en medio del desierto. no hay más que viaje en este campo y nunca volveremos a casa, quizás los niños tampoco lleguen a ser hombres nunca. A cada paso que doy B se aleja cada vez más de mí y no estoy segura si a C no le ocurre lo mismo.

Ahora A se siente en el mar, aquellos puntitos de agua que brotaban de cada reflejo del arena se han convertido en un inmenso océano en el cual ella es una barca y su hijo el único tripulante. B ha de estar ahogándose o tal vez sólo fue a comprar puchos y se quedó en el barcito con sus amigos o se fue de putas por ahí, quizás ya esté en casa preguntándose dónde estamos.

Luego de andar otras tres horas A cae moribunda. Acomoda a C de modo que su cuerpo le haga sombra y lo coloca bien acurrucado a ella. A está completamente confiada que aunque muera en medio de la nada su hijo sobrevivirá varios días mamando de su teta muerta. Porque él nunca ha mamado leche de su madre, sino de esa imposiblilidad de estar con su madre, esa sed es lo que lo hace vivir.

Una a una se fueron apagando las alucinaciones de A quien nunca aceptó que B simplemente podría haber caído muerto apuñalado en una riña de borrachos. Cuando daba el último suspiro miró al bebé y confió que el niño volvería por ella y la desearía tanto que nunca la dejaría sola por algo tan ridículo como un paquete de puchos.

jul 12, 2010 | Filed under CREACIONES, Letras and tagged with , , , , , , , .

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