CREACIONES. Avestruz

Autor: Diego Ávalos

Anabel había comenzado su día de una manera particularmente inusual: Temprano por la mañana, mientras se dirigía al trabajo en su flamante coche nuevo,  un avestruz se le cruzó en el camino de manera tan abrupta que ni siquiera Schumacher hubiese podido evitar la colisión.

Este improbable incidente había desembocado en una mañana laboral plagada de rendimientos exponencialmente decrecientes. Sus niveles de productividad  fueron más bajos que el número de partidarios del naciente Partido Demócrata Comunista Fascista Cristiano Ateo, ya que le era imposible concentrarse en los balances mientras no resolviera  la duda que le corroía el cerebro como si fuera una especie de ácido muriático intelectual… ¿Qué diablos hacía un avestruz corriendo suelta por la ciudad?

La respuesta le parecía tan lejana como la distancia que había entre su cama y el baño cuando se despertaba en mitad de la noche con deseos de eliminar el exceso de líquidos ingeridos. El hecho de que un avestruz no fuese parte del paisaje urbano le provocaba nauseas. No sólo había aniquilado a un ser vivo, sino que había exterminado un pedazo de realismo mágico… era el equivalente a matar una pequeña hada rociándole insecticida, o ir de caza y volarle los sesos a un unicornio. ¿Por qué tenía que haber arrollado a algo único e inexplicable? Nunca se había sentido tan culpable en su vida. Ni siquiera aquella vez que cocinó para su suegra un flan con leche vencida; una pequeña broma que llevó a la madre de su ex-esposo  al hospital por última vez en su vida.

Estaba tan sumida en su remordimiento que cuando su jefe le dio a toda la oficina, sin explicación alguna y por primera vez en la historia de la compañía, permiso para retirarse más temprano, ella ni se inmutó. En cualquier otra circunstancia su incapacidad por respetar la privacidad de los demás la hubiese llevado a averiguar que esta decisión se debía a que su jefe se encontraba en la sala de reuniones con un ojo (y su orgullo) grapado, producto de una automedicación extrema de acupuntura contra el insomnio. Pero hoy simplemente se levantó de su escritorio y salió a la calle.

Una vez afuera comenzó a barajar sus opciones. No podía devolverse a su casa así nada más, ya que eso significaba pasar por el lugar exacto del incidente matutino, cosa que solamente le traería más pesadumbre a su desgastado ánimo. Sería como firmar los papeles de divorcio y luego salir con tu reciente ex a ver una comedia romántica.

El plan B, tomar otro camino, no era factible…  Anabel no era muy amiga de los desvíos. No desde aquel viaje a India en el cual por tomar un “atajo” a su hotel cinco estrellas terminó pagando por dormir en un lugar que posiblemente era una reserva natural de ratones y cucarachas.

Luego de unos momentos de deliberación decidió que debía esperar hasta el anochecer, ya que si pasaba por la escena del crimen bien entrada la noche la iluminación iba a ser tan diferente que no se iba a percatar que era el mismo lugar. Así que, siguiendo aquel viejo consejo que dice  si no puedes enfrentar tus problemas, ahógalos; decidió ir a un bar para hacer tiempo.

Entró al Bar Budo. El nombre le parecía un monumento a la tosquedad, sin embargo, era el único bar que no hacía ninguna referencia al  “Happy Hour”, un concepto que ella odiaba profundamente (¿Acaso el resto del tiempo era la Hora Infeliz?). Agotada emocionalmente pidió una cerveza e hizo lo que cualquier persona solitaria sin poder de introspección haría en estos casos. Decidió escuchar la conversación de los dos hombres que acababan de sentarse en  la mesa contigua.

- ¿Qué hacemos en un bar a la hora de almuerzo? – Preguntó el hombre cuyo pelo era tan tieso que parecía que se lo iba a esculpir en vez de cortar – ¿Qué es eso que me tienes que contar?

- Disculpa por ser tan dramático – Respondió el otro, al cual Anabel no le podía ver el rostro ya que le estaba dando la espalda– pero no podía decírtelo por teléfono.  Hoy han asesinado a Fondo Mutuo.

- ¡Dios mío! ¿Qué sucedió?

- Alguien… snif…atropelló… a mi… snif, avestruz…

Al escuchar esto, Anabel sintió que la invadía una inmensa ola de alivio. El misterio estaba solucionado; el avestruz era una mascota, no un milagro más allá de toda comprensión. Ahora simplemente tenía que hacer lo que cualquier adulto responsable haría para limpiar su conciencia de toda culpa: Ir a pedirle perdón a los desconocidos y luego salir corriendo para no verlos nunca más. Simple. Se paró de su silla y fue a hablarle al dueño de Fondo Mutuo… sin embargo, al verle su cara, se congeló por completo.

¡¿No era acaso su padre a quien estaba viendo?! No tenía forma de saberlo con certeza, ya que lo único que tenía para recordarlo era una antigua foto que conservaba en su billetera, sin embargo, algo en sus entrañas le decía que estaba en lo correcto. Su madre, Elisea, había insistido en que él había sido abducido por alienígenas, pero la verdadera razón de su ausencia le era desconocida. Seguramente se había enojado con él por algo que ella catalogaba como imperdonable, pero conociendo a su progenitora casi cualquier acción cabía en esa categoría. Elisea era una mujer tan de la vieja escuela que Torquemada parecía un hippie liberal al lado de ella.

-¿Le ocurre algo señorita? – Le dijo su (quizás) padre interrumpiéndole su tren de pensamientos – ¿Qué hace ahí parada? Oh Dios mío, un hombre ni siquiera puede llorar tranquilo. Vámonos de aquí Gervasio.

Anabel no hizo absolutamente nada para detenerlo, simplemente lo miraba con unos ojos tan anchos como las caderas del norteamericano promedio. Pero si bien su cuerpo estaba paralizado, su mente estaba completamente activa, generando una nube de amargura y remordimiento nacida en la certeza de que iba a ser incapaz de explicarle a su progenitor lo que había sucedido. Estaba a punto de estallar en lágrimas cuando su padre abrazó a Gervasio y le dio un apasionado beso mientras se dirigían a la salida. Anabel sonrió.

Por lo menos algo había sido explicado ese día.

jul 19, 2010 | Filed under CREACIONES, Letras and tagged with , , , .

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Un Comentario Subscribete a los Comentarios


  1. Paulette Iribarne

    Lo acabo de leer. Me parece absolutamente notable, aunque tiene un poco “demasiado” ingenio. Tiene estilo propio, que me encantaría leer nuevamente. Me gusta esto que los franceses llamarían “farfelu”, osea lo tirado de las mechas que se hace verosímil sin nunca pretender veracidad.

    24 jul, 2010 a las 11:49

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