CRÓNICA. Stoller

por  Paul Stoller en Alejandra Naranjo

Estuve participando del I Congreso de Antropología  FLACSO- Argentina 2010: Experiencias de Alteridades, y quisiera contarles que decidí irme varios días antes a Buenos Aires, ya que lo que nos convocaba era  hablar sobre nuestras experiencias de alteridades como académicos, y no podría relatarlo de otra forma, más que estando en la ciudad. Hoy quisiera compartir este momento con mis amigos de la Revista Sangría, a modo de hacer circular la información, no sólo académica, sino más bien las dinámicas de intersubjetividad que se dan en estos procesos de aprendizaje formal.

El contexto de mis últimas investigaciones tienen dos momentos de desplazamientos: en primer término una etnografía realizada en territorio Niam-Niams (África Central) y otra materializada en el cono sur americano, Argentina, con los migrantes de dicho pueblo. Es importante mencionar que las experiencias de campo en Buenos Aires, se han efectuado  en la periferia de la ciudad, donde se ubica la mayoría de los puestos de venta ambulante de los mencionados Niam-Niams.

Ahora bien, ya he mencionado que me trasladé varios días antes, ya que mi objetivo no sólo era hablar sobre mi trabajo con los Niam-Niams, sino encontrar la forma de acercarme a la ciudad reconociéndome como un otro. Seguramente han podido leer en mis artículos,  algunas de las ideas centrales que sostienen mi trabajo de campo. Quisiera recordar que a mi entender no hay una única forma de hacer antropología, siempre hay más de una ruta para llegar a destino. Es precisamente en estos caminos donde se producen los encuentros que nos proporcionaran historias, así me ocurrió en Níger, como también en Nueva York. En estos días en Buenos Aires he deambulado por diferentes lugares y he decidido compartir con ustedes el encuentro que tuve con una migrante latinoamericana que me hizo repensar las conexiones que se van tramando en los espacios transnacionales.

Antes de asistir a tal congreso conversé con un par de amigos sobre las experiencias de los trabajos de campo en el cono sur, y si bien yo he manifestado lo importante de mirar las tradiciones culturales en sus diversos contextos, hoy me encuentro reflexionando sobre otros viajes y desplazamientos. Alejandra, es una mujer chilena que vino a Buenos Aires a seguir estudios de antropología. Si bien ella se ha movilizado a un país fronterizo, su experiencia de alteridad está definida como ella misma me ha relatado, por la apertura y utilización de sus sentidos.

Cuando he escrito sobre Níger en África y Estado Unidos, aunque en un principio no fue una obviedad, ahora miro atrás y pienso que ese desplazamiento es contundente no sólo en términos geopolíticos, sino también en tradiciones culturales. Para mi sorpresa, y como muchos académicos del sur lo han mencionado, América Latina no sólo es un extenso terreno lleno de diversidad, necesitando con un urgencia una fuerza académica que la sostenga (Krotz 1988, Bartolomé 2004, Wright 2005), es también un lugar de encuentros plurales. Lo que deseo enunciar es que cuando conocí a Alejandra, ella me confrontó con la idea de que una cordillera no sólo delimita un territorio o fortalece los Estados-Nación, sino también diferencia prácticas sociales y culturales que visibilizan la construcción de un otro, como continuidad de adaptación espacial.

Lo primero que me relató, es que la vez que cruzó por tierra desde Santiago de Chile a Argentina, se dio cuenta que el río que nace producto de los descongelamientos de hielos, del lado chileno fluye de este a oeste, y del lado argentino en el sentido contrario. La geografía como primer encuentro de alteridad, la hizo darse cuenta que ya se encontraba en otro lugar.

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Nuestro encuentro fue en un bar, y para continuar con la amena conversación decidimos pedir algo para tomar, y uff! No había vino y tampoco whisky. Nos conformamos con unas Quilmes.

Luego me comentó que Buenos Aires tenía olor  y me pregunté a qué olor se referirá. Ella, decidida, me dice: huele a humedad, yo vengo de una ciudad seca y al estar aquí siento  la humedad no sólo en la temperatura ambiental, también la puedo oler. Me contó lo complicado que era elegir su ropa, porque tanto el calor como el frío de Santiago eran tan secos que ambos quemaban su piel, sin dejar de hacer alarde a lo inestable del clima de Buenos Aires.

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Confirmé que el cuerpo es un excelente instrumento de trabajo antropológico, ya que desde ahí construimos no sólo lo que creemos, sino validamos nuestras experiencias. ¿Acaso esto no es un punto transcendental para conocer el punto de vista del nativo? Es decir no teorizar inmediatamente, sino permitir que el relato del sentir, nos muestre la historia.

Coincidimos en algo y fue en nuestra experiencia en el subte. Ambos nos reímos de la imagen de sí mismo esperando que el tren apareciera desde nuestra mano izquierda, aún conscientes que todos estaban en otra dirección. Concluimos que en nuestros cuerpos existen otras normas culturales que nos hacían esperar otro tren (en Buenos Aires el Subte aparece de la mano derecha). Una vez que se sale del subte, entramos en razón, de que nuestros sentidos debían no sólo estar en alerta sobre el semáforo, ya que la luz roja y blanca no son suficientes para cruzar una calle, sino que también debíamos poner atención a la forma en que conductores y peatones transitaban. Para mí y Alejandra, sigue siendo un enigma sin resolver el andar en la urbanidad, sin ser víctimas de un mal paso (lLe Guin, 1987).

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Otro relato de su experiencia en este espacio transnacional, es su asombro por la cantidad de basura y papeles que hay en las calles. Ella me decía que no lograba advertir que la gente desfachatadamente tirara los papeles al suelo, y por lo demás. ¿De dónde sacan tantos papeles?

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Como la noche fue larga tuvimos ganas de comer y ambos comentamos que no era tan fácil elegir algo para alimentarnos. Casi todos los platos en Argentina, tienen como protagonista el queso. Nos reímos mucho cuando ella me comentó su experiencia en las clases de gastronomía. Hace unas semanas el Chef a cargo de su curso llevó 5 pescados diferentes para enseñarles a prepararlos. Cuando sus compañeros/as ingresaron a la sala de clases para disponer la mise en place, quedaron con cara de espanto, parecía que se habían encontrado con 5 monstruos malolientes del río, y decían que esos ojos con aletas los miraban amenazantes. Nadie quiso realizar la sucia tarea de convertirlos en filetes, así es que ella se ofreció de voluntaria para limpiarlos todos, pero no pudo sacarse el olor a pescado como en 3 días. Lo interesante de su relato, fue cuando me indicó: Paul yo estoy acostumbrada a esto, viví casi toda mi vida en la costa, pescaba desde niña con mi padre, me comía los pescados cocinados en las rocas, pero comprendo que mis compañeros/as han visto más vacas que pescados, mis clases de gastronomía me han permitido acercarme a mis tradiciones, pero también me han posibilitado distinguir que los argentinos/as llaman comida tradicional a las artes culinarias francesas, italianas, ¡qué país lleno de migrantes!, concluyó.

El período que pasé con esta migrante chilena he querido mencionarlo a modo de evidenciar de que el trabajo de campo puede estar en todas partes, sólo hace falta la creatividad que el antropólogo/a debe sostener en su ejercicio intelectual para hacer de esos encuentros no una prosa fría a publicar en los círculos académicos, sino más bien para hacer uso de la narración como una experiencia antropológica, incluso con sentido del humor, y por qué no con todos los demás sentidos.

La textura humana que le damos a los textos nos permite acceder a otro público, que seguro estará gustoso de leernos con menos formalismo y con más historia. Lo personal y lo profesional no son campos diferentes (Signorelli, 1996), hay que buscar lo esencial de la vida. Esta ha sido mi experiencia, he vuelto a aprender tal como me lo dijo mi maestro songhay Adamu Jenitongo, a OBSERVAR, OIR y SENTIR en profundidad en la ciudad de Buenos Aires.

Deseándoles éxito en su nuevo proyecto,

Les saluda Paul Stoller desde New York

(+) Fotos por Alejandra Naranjo

3 Responses to CRÓNICA. Stoller

  1. Fran dice:

    Me devuelve la salud ( como dijo alguna vez la académica de un curso al cual asistí) esto de lo “profesional no está separado de lo profesional”. Observar,oír, sentir,¿No es desde donde validamos toda nuestra experiencias? sean “académicas” o personales/cotidianas.

  2. Ximena dice:

    Como diría una amiga brasileña, ADOREI!

  3. Agus dice:

    Las experiencias se validan efectivamente desde los sentidos, pero en los círculos académicos no siempre se considera al SENTIR como una herramiento válida, contradictoriamente siempre la estamos ocupando, pero no siempre se visibiliza como técnica de trabajo de campo

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