CRÓNICA. Rumbo a Raúl Marín Balmaceda

por Alicia Ibáñez y Fernanda  García

Santiago puede ser una grata ciudad, pero cuando estar en ella se vuelve sinónimo de ahogo, estrés y trabajos interminables, lo primero que se nos pasa  por la cabeza es irnos lo más lejos posible, ojalá donde no haya nada que nos permita conectarnos con  la urbe y sus andanzas… y eso hicimos.

Fernanda y yo, tuvimos esas oportunidades que surgen de la mejor manera posible, en la improvisación[1]. Nos encontramos con Camila, que luego de un rato de conversación nos cuenta cómo ha sido trabajar por casi un año en Raúl  Marín  Balmaceda, un pueblo ubicado en la XI región de Aysén, de no más de 300 habitantes, donde hasta ese momento no llegaba la señal telefónica. Terminado el relato, viene la inocente y hasta despreocupada sugerencia: “pero, vayan a verme po”, lo que no sabía es que responderíamos con  un efusivo “¡ya po!”.

Alicia: yo voy, en serio.
Fernanda: yo también
Alicia, Fernanda: ¡vamos!

Y no se habló más del tema.

Sólo con esos antecedentes empezamos nuestra búsqueda sobre nuestro próximo destino, que no podía ser sino en internet, pero había algo diferente o más bien era un primer indicio de que aquella experiencia sería distinta a lo que una santiaguina y una extrema nortina estaban acostumbradas: ¡Raúl Marín Balmaceda (RMB) no aparecía en WIKIPEDIA!, ni tampoco en  ¡Google Map![2], a lo que surgieron preguntas como: ¿existirá  RMB?… nos parecía más factible que dicho pueblo haya sido un producto de la imaginería de nuestra amiga, a que internet no tuviera toda la  información… (¡Google map!  ¡Satélite! ¿Cómo no va a  estar?) -algo para pensar en cómo nos tiene agarrados de las mechas el amigable internet, y también en lo necesario que era este viaje-. Paso a seguir, retornar al papel: recordamos mi viejo y ya gastado mapa verde y grande del colegio en que aparece prácticamente todo Chile, y lo comprobamos, RMB está entre sus páginas, no era sólo una ilusión.

Ya sabiendo dónde quedaba el famoso Raúl Marín Balmaceda[3], empezamos a construir la ruta, obviamente desde nuestros supuestos citadinos. Camila nos contó que habían tres formas de llegar (las que en efecto no estaban en internet):

1. Vía “transantiago style”, haciendo miles de transbordos, consistía en volar de Santiago a Balmaceda (no Raúl Marín), para luego llegar en bus a Coyhaique, y de ahí en otro bus a La Junta, para recién ahí, y con suerte, coordinarnos con los  días y horarios de salida del ÚNICO furgón que va a RMB los días lunes y viernes a las 12 del día.

2. La segunda opción, con menos transbordo, aunque más demorosa, era llegar en bus a Osorno, de ahí a La Junta, pasando por Argentina, y de La Junta a RMB. Sin embargo, para llegar lo antes posible a RMB, esta era la peor idea… teníamos que coordinar los días y horarios de los buses de Osorno a La Junta, que salen 3 días a la semana (los cuales eran un misterio), con el furgón que sale de La Junta a RMB… se complicaba la cosa.

3. Hacer el recorrido en bus desde Santiago a Quellón (Chiloé) y desde ahí tomar una barcaza que sale los días martes o sábado a RMB.

Y entonces pensamos: ¿avión?… ¿bus?… ¿BARCO?… mmm… y dado que ninguna de las dos había navegado por los mares de ninguna parte del mundo, y que las tres formas de llegar eran igualmente hermosas, nos decidimos por la última ruta… así que dijimos ‘vamos pa’ Quellón’.

Partimos llegando 15 minutos tarde a la estación de buses… según nosotras estábamos 15 minutos más temprano, pero luego de releer nuestros pasajes nos dimos cuenta que eran ¡15 minutos más tarde de lo que efectivamente salía el bus! (Eso no fue un Error 403, sino un error humano). Corriendo a más no poder perseguimos el bus al otro terminal, desde donde salía 30 minutos después que la primera parada… llegamos rojas y empapadas, justo a tiempo mientras encendían los motores. Este hecho marcaría nuestra relación con los medios de transportes de aquí en adelante.

Esperando no morir de pulmonía con nuestros cambios de temperatura, llegamos a Puerto Montt y prontamente nos alistamos para la próxima salida: Ancud-Chiloé.  Todos nos preguntaron por qué no nos quedábamos más tiempo en Puerto Montt o en Chiloé, la respuesta era simple: vamos a Raúl Marín  Balmaceda, y la vinculación con el lugar también: Camila, era todo lo que sabíamos.

Pasamos una noche en Ancud, y esa fue nuestra primera verdadera parada, el viento, la quietud y el aire ensoñador, simplemente avalaban todos aquellos cuentos y leyendas que escuchamos de niños, más aún cuando siendo del norte[4]la imaginación era mayor acerca de lo que estaría en el otro extremo del país, ya que no sólo había que imaginarse al Trauco, sino cómo sería el bosque, la lluvia y el frío. De alguna forma, ya nos sentíamos aliviadas de ir alejándonos cada vez más de la capital y anticipándonos al gran destino.

Al día siguiente, nos fuimos al terminal a tomar el bus camino a Quellón, era martes, día en que la barcaza zarpa desde Quellón hacia RMB. Recién eran las 11 de la mañana, pensamos entonces “esta vez no llegaremos tarde”; haciendo la hora, entramos a una agencia de viajes, le contamos de nuestro viaje a don Carlos y le preguntamos si sabía cómo funcionaba el tema de la barcaza, ya que nosotras sabíamos por internet -amo y señor de la verdad- que salía el día martes a las 18:00 hrs. desde Quellón, y que tenía más de 200 puestos para pasajeros -que nosotras rápidamente relacionamos con la población total de Raúl Marín Balmaceda, y concluimos que sería imposible que 2/3 del pueblo estuviera en la barcaza, por lo que sería imposible llenarla- (de verdad creímos, sin pensarlo mucho tampoco, que la Naviera Austral hacía viajes a RMB sin pasar por ningún otro lado… lo cual, ante los ojos de cualquiera, resulta bastante ¡poco productivo!… ¿cómo no haberlo pensado antes? ¡la Naviera maximiza sus recursos!, de hecho, posteriormente nos enteramos que dicho trayecto se inicia en Puerto Montt y tiene como parada final Puerto Chacabuco… demorando casi 30 horas de viaje en total). Para nuestra sorpresa, se rieron en nuestra cara cuando les contamos que revisamos la información de internet, y rápidamente nos dijeron:

–          ¿Qué? ¿Parece que ustedes no saben cómo funcionan las cosas por aquí?  ¿Revisaron el tiempo?  y ¿tienen  pasajes? ¿vieron si hay espacio?

Ante la respuesta negativa de estas chicas “huasas de la ciudad” a todas sus preguntas, nuestro nuevo mejor amigo sureño, don Carlos, llamó por teléfono a la Naviera preguntando por Pedro, quién ya no trabajaba ahí (…nosotras cada vez más ¡horrorizadas! y no precisamente por el desempleo de Pedro). Mientras nuestro amigo conversaba con el aserruchador de piso de Peyuco, escuchamos frases como: “¿y  no  te  quedan  pasajes? Eh, pero busca bien”… nuestras caras se desfiguraban cada vez más.  Sin embargo, luego de unos minutos, ya teníamos los ÚLTIMOS dos pasajes que  quedaban de la barcaza. Le agradecimos una y otra vez, y como si no fuera mucho la  patudez  -en pedir no hay engaño, dicen por ahí- le pedimos agua caliente para el termito que nos acompañó fielmente durante toda la travesía…  y en eso nuevamente se  iba nuestro bus, así que vuelta a la carrera…

Ya en Quellón supimos que Don Baldo, la barcaza que nos trasladaría, no había podido zarpar de Puerto Montt por mal tiempo y que dependiendo de eso saldría al otro día… ‘Habrá que conocer Quellón’ nos dijimos, y luego de recorrer sus calles por el breve periodo de sol, nos esperaba una estudiantina antofagastina que presentaba su trabajo esa noche, como si esas  tierras supieran que uno de  sus miembros no ha vuelto y emprende viaje en su búsqueda. Ya con más tiempo para pensar nos acordamos que en ningún momento confirmamos nuestra fecha de  viaje  con Camila, de hecho ni  siquiera le confirmamos nuestra ida, por lo que mandamos un mail ese mismo día esperando que de algún modo lo pudiera leer (ya que el teléfono no era una posibilidad), y sólo nos quedo la esperanza que estuviera esperando la llegada de la barcaza durante toda la madrugada (ya que en su recorrido habitual se asoma en RMB tipo 3 ó 5 de la mañana). Nos  preguntamos también qué nos esperaba de aquí en adelante: ¿cómo sería cruzar ese famoso corcovado?, ¿qué haríamos 9 horas atrapadas en el mar?, ¿con quiénes nos encontraríamos en RMB?, ¿qué haríamos tantos días en un lugar tan tranquilo y sin nada por hacer?  (de acuerdo, nuevamente, a nuestros preceptos citadinos), ¿cómo y cuándo nos podríamos devolver a  Santiago? (si dependía del tiempo y de los horarios de los buses, no era tan simple predecirlo a esas alturas), ¿cuántos cuentos y leyendas más avalaríamos?…

(Esta historia continuará[5]En Raúl Marín Balmaceda)


[1] Algo así como el ya famoso diálogo de plan Z:

– Hagamos un asado.
– Hagámoslo altiro.

[2] Podría  ser una de nuestras  traiciones de internet Error 403.

[3] Produce un cierto  placer decir ese nombre tan imponente y largo cada vez que se puede.

[4] Hablamos de aquel norte, norte, con los maravillosos cerros pela’os, agua dura y probablemente no “tomable” por cualquiera, donde está esa gente de tratamiento firme y marcado. No de aquel norte, que con toda razón llama la gente del sur, ya que vivir en Temuco, Talca o Santiago significa ser “del norte” por esos lados.

[5] Siempre me cargó que apareciera este mensaje en mis monitos o series preferidas, pero “le trae” algo de emoción para el próximo capítulo.

8 Responses to CRÓNICA. Rumbo a Raúl Marín Balmaceda

  1. OCTAVIO dice:

    Felicitaciones srtas., por semejante osadía.
    PRMB parece ser que ha cambiado mucho, al menos ya hay camino y parece ser más amable con el forastero. Hasta no hace mucho, el precio del pelillo llevaba miles de personas a PRMB, los que, cual Sierra Pelada de Brasil, se apelotonaban en las costas del Pitipalena y del Pillán. La ley del más fuerte era el único estado de derecho y el revolver el brazo de la justicia.
    Cuanta historias oculta la isla Los Leones, incluso pocos se atreverían a pensar en lo impredecible de sus volcanes, que sus montañas son las que más rápido se alzan en el mundo. Y pensar que Bajo Palena ya existía cuando en Chile a duras penas se entendía que la Patagonia ya estaba perdida…
    El ciprés de las Guaitecas al fin dió el oro que la montaña no entrego…
    Saludos cordiales,
    OCTAVIO

  2. Lorena dice:

    Tremendo viaje, yo sabía que era la tremenda travesía, pero leer cada detalle es otra cosa.
    Chiquillas, como siempre, notable la narración, estaré expectante cuando se venga el “próxima capítulo”….

    Saludos,
    Lore

  3. Constanza dice:

    Justamente lo que queda de los viajes son todas esas anécdotas, problemillas o cosas freaks, que hacen esas andanzas tan memorables
    Saludos
    Coty!

  4. Patty Cox dice:

    Fernanda: como vez me di el tiempo para sentarme a leer( mi chiquitita duerme profundamente), y obviamente no me arrepiento, está muy entretenido!

    Chicas, me encantó esta historia… está fantásticamente contada por sus protagonistas…

    Me dan ganas de hacer un viaje así, me siento tan citadina como ustedes, y debe ser increible llegar a ese otro mundo tan maravilloso y diferente ( lo sé por las fotos que me mostró Fernanda)…
    Me quedé con gusto a poco, esperaba el momento en que se reencontraran con la Cami, en que salieran a conocer el lugar y a los personajes que dieron forma a sus días turisteando…

    …En fín, espero que efectivamente la historia continúe….

    saludos y cariños,
    Patty

  5. Paula dice:

    Muy divertida la historia!!! Me identifico plenamente con algunos percances que les pasaron, jajaja en fin, no hay buen viaje sin hartos percances y olvidos!!!!
    Estoy expectante al siguiente capítulo!!!!
    Felicitaciones por la narración, hacen que todo parezca muy entretenido y hasta me reí con ganas un par de veces!

    Paula

  6. Diego dice:

    brillante!!!!

  7. ivonne dice:

    jajjaja…qué agradable travesía, me encantó la narración

    segunda parte luego, por favor

  8. Camila de Raúl Marín dice:

    Hace como un mes, un día en Coyhaique, la Fernanda me enviaba el link del artículo y yo le prometía que comentaría, ya que al tener conexión a internet no tenía ninguna excusa, de lo contrario, significaría que soy una comentarista fracasada…y heme aquí ¡recién comentando!…así que lo primero es felicitarlas por la dedicación a escribir sobre este desconocido puerto, cosa que nunca me he propuesto a hacer seriamente…

    Está excelente la narración, describe muy bien todas las peripecias que hay que hacer para llegar a Raúl Marín. Increible que cueste menos llegar desde Santiago a cualquier capital de otro país que a una región de nuestro propio territorio. Yo antes de llegar acá, con mi mentalidad de “huasa santiaguina” no creia que eso era posible, como tampoco veía como una posibilidad muy segura que existían lugares en Chile aún donde la luz la dan racionadamente, porque funciona con motor a petroleo, donde sólo se puede llegar en Barcaza, donde no hay cajeros automáticos, copec…y tanto más…la ironía de nuestro súper desarrollo.

    Que bueno que siguieron escribiendo, hicieon un lindo viaje, aventurero al máximo, y hay que decirlo…dejaron su huella en Raúl Marín…las jurados de todas las competencias, las reinas del baile, etc.

    salu2 marinenses

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