Quienes descubrieron la droga en el siglo XIX (incluso los menos lúcidos entre ellos) todavía podían abrigar la
ilusión de que efectuaban una nueva experiencia, mientras que para los hombres actuales
ya sólo se trata de desembarazarse de toda experiencia.
Agamben
El sueño o la droga
Yo puedo hablar de ellos
Estoy lúcido
Dijo
Y recuerdo bien
Dijo
Y cayó en un pozo más profundo
1.
Huxley escribió Las puertas de la percepción con resaca de peyote. Al volver del viaje miró las grabaciones de lo que sintió y escribió. El relato de su experiencia se basa en el viaje mismo y también en las horas de grabación que abrigan su recuerdo. En su texto se apodera de la imagen del trip y la narra, es él el traductor de su propia experiencia. Borroughs escribió Yonkie en la cresta de la ola, quien los traduzca ha de estar a la altura de cada cual.
2.

Cuando jóvenes teníamos que guardarnos un pedazo de lucidez para pilotear los vuelos psicodélicos y no perdernos en el éxtasis que nos producía su consumo. Carcajadas descontroladas con los primeros cogollos que fumamos y un hambre extrema, insaciable, secaba nuestra conciencia. Planeábamos sideralmente con alcohol, con marihuana, con LSD, con san pedro, con cucumelo, con anfetaminas, con morfina, con pasta base y cocaína, con efedrina, con lo que fuera. Siempre estábamos por llegar más arriba y sentirnos cada vez mejor.
Este pedacito de lucidez sirvió de bastión de lucha para proclamarnos a las puertas de la tan esperada llegada del mesías. Salir a su encuentro implicaba acceder previamente a una real experiencia psicodélica. Una pléyade de políticos drogadictos predijo la venida de la nueva era de conciencia de la humanidad por medio del trip: Allen Ginsberg, Allan Watts, Jack Kerouac, William Carlos Williams, Ken Kesey, Lewis Munford, Thomas Merton, Billy Grahan, R. Gordon Wasson, Thomas de Quincey, William Buckley, William James, Havelock Ellis, Teófilo Gautier, Jane Dunlap. Esta corte de santos, brujas, adivinos, hechiceros, videntes, profetas, místicos, chamanes, trovadores, cómicos ambulantes, bardos y trotamundos predicaron que era casi imposible hallar nuestra humanidad sin esa experiencia arcaica. Timothy Leary, en una entrevista para la revista The east villega other expuso que esto lo habían conseguido “lúcidamente” solamente genios a la altura de Sócrates, Shakespeare (aunque recientemente se haya encontrado restos de marihuana en sus pipas), Montaigne o Tolstoi.
Con el tiempo esas sensaciones cambiaron hasta estabilizarse y la tempestad que sentíamos en nuestra cabeza se fue calmando como se calma un pozo cuando ya sube la cuerda atada a al tarro lleno de agua. Ahora pequeñas vibraciones, como quien pulsa una nota muy cerca de un vaso medio vacío, llegan a proporcionarnos una sensación de liviandad e incluso de alivio respecto del cotidiano de nuestras vidas. Aquel placer configura la base de lo que los conservadores llaman una joda adulta, una fiesta no-pendeja.
El hilo que sostenía nuestro volantín comenzó a cortarse cada vez con más frecuencia llevándonos a borracheras violentas o a alucinaciones persecutorias, poniéndonos al borde del abismo, a punto de dar un paso adelante en cada volada. Coleridge, Dickens, Carlyle, Rossetti, Elizabeth Barrett Browning y el mismísimo Tennyson intentaron, en un desesperado dejo de lucidez, separarse de una vez por todas de esa experiencia mediante una experiencia traumática, como quien se corta las venas sin la intención de morir sino de volver a la realidad, impeliéndose a sí mismos un tajo abrupto que vuelve pasado y -a lo peor- cicatriz su desesperanzador presente. Nosotros también reaccionamos, nos dimos cuenta, cambiamos brutalmente del blanco al negro. Algunos se volvieron yoguis para reencontrarse con su propio yo, otros maduraron y encontraron trabajo y familia, muchos simplemente envejecieron, todos dejamos de consumir de forma radical.
Hoy, en plena madurez, el autocontrol cuando estamos drogados es considerado un modal casi de tan fina estampa como una costumbre inglesa: nada más agradable que un borracho todo un caballero que guarda compostura hasta en los momentos en que está a punto de vomitar.
Nuestro viaje actual, el de todos los que toleramos las drogas al punto casi que controlamos el placer de sus efectos, es la resaca: cuando no tenemos droga y la cabeza se nos abomba, cuando sabemos que aún teniendo el dinero no nos es posible obtener más porque se hace necesario volver a lo que sea, en ese instante nuestro verdadero interior aflora. En la irritabilidad que nos produce estar en el remonte de la ola que surfeáramos anoche se desgasta todo el odio al mundo que restringimos hasta cuando tomamos las decisiones más cotidianas. Allí aparece nuestro verdadero trip, aquel que nos descontrola al infinito y puede llevarnos a decir y a hacer cosas que ni muertos de borrachos nos creímos capaces de realizar.
















