CRÍTICA. La plancha de la abuela

por Andrés Lucero

Fui a almorzar donde mi abuela y la encontré planchando. Conversábamos y mientras yo disfrutaba de aquel delicioso plato de garbanzos, ella siguió dale que dale a la plancha y a la batalla con la tonelada y media de ropa amontonada, en paciente espera de la caricia alisadora de aquella superficie ardiente como el magma. La verdad es que recuerdo haber prestado mayor atención a la plancha, y al proceso de planchado, que a la conversación que tuvimos: me fascinó porque era uno de esos artefactos legendarios sin más ciencia que un mango plástico de color rojo, un tosco trozo de hierro adherido – quizá con qué maña pretérita- y un cable para enchufe de esos antiguos, recubiertos de tela, o cuerda, o qué se yo. No contaba con la célebre e inútil perilla reguladora de temperatura, mucho menos el hipertecnológico espacio para poner agua y producir vapor. En síntesis, era una plancha fabricada hacía unos cuarenta años atrás y que aún cumplía su misión con bastante dignidad.

Volví a mi casa. Me perdí en reflexiones sin sentido en torno a la inmortalidad del cangrejo y el culo de la monja. Nada especial.

Algo hizo click en mi cerebro cuando, al dar la noche, vi a mi mamá planchando.

Miré con detenimiento su plancha Black & Decker recién adquirida. Una belleza de electrodoméstico, fruto de la conjunción del trabajo teórico de diseñadores norteamericanos y trabajo práctico de máquinas y obreros taiwaneses. Una impecable coraza blanca y azul de plástico, con un lindo detalle geométrico para destacar la parte donde va alojada el agua para el vaporcito, y una perilla reguladora decorada con dibujitos para identificar el tipo de tela a planchar. Se podría decir que era el Bentley o el Mercedes Benz de las planchas. Pero mi asombro se transformó en otra cosa cuando reparé con cierta urgencia en un pequeño detalle: ¿dónde estaba, y qué había sido, de nuestra plancha anterior? No era que le tuviera estima ni que me hubiera acompañado en los mejores momentos de la vida, pero coño… ¡era nuestra plancha!

Lo que había ocurrido, sencillamente, es que había fallado. Algo saltó dentro, salió olor a popcorn y… kaputzki, finito, terminato. Lo curioso, si es que se puede poner en ese término, es que no tenía ni dos años de uso.

Me resigné ante la evidencia. No podía hacer nada por nuestra pobre plancha anterior. La nueva era espectacular, sin duda alguna. Creo que si Dios fuera diseñador de planchas, muy seguramente habría ideado algo semejante. Pero el chiste es que la Black & Decker también falló al poco andar.

Reflexioné. Descarté la opción de la maldición gitana, pues normalmente los gitanos suelen maldecir para cosas más trascendentales. También la de un campo electromagnético que afectara el flujo de electricidad en nuestra casa, pues también fallarían los televisores, las radios, las luces y la brújula que tengo en mi escritorio, sin mencionar la pelotera que tendríamos con objetos metálicos volando por todas partes. Por lo que concluí que el problema estaba, simplemente, en las planchas mismas.

La cosa es: el tiempo avanza y las maneras de hacer lo que hacemos van cambiando. En teoría, esto implicaría una mejora en el modo de entender y hacer, aunque en muchos casos basta echar una buena mirada alrededor para ver que no es el caso. Tal vez las planchas de hoy lanzan agüita, vapor, tienen colorines bonitos y estén ergonométricamente elaboradas para cumplir su función a cabalidad. Pero siguen siendo saboteadas desde el momento mismo de su creación simplemente para que queramos más. Así, este noble electrodoméstico aparece viciado ni más ni menos que por nuestro utilitario y “práctico” espíritu de época en el que da lo mismo si algo falla, total, siempre habrá un nuevo producto con el cual reemplazarlo.

Sí, los tiempos cambian. Y todo alrededor parece seguir el paso… lo que no significa de ninguna manera que sea para bien. Por lo menos, en lo que aquí nos concierne, yo me quedo con la vieja plancha de mi querida abuela.

jun 04, 2010 | Filed under Crítica Cultural, CRITICAS and tagged with , , , , , .

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