CRÍTICA. Una reivindicación matriarcal en Bergman

por Guillermo Adolfo Álvarez

El primer plano (el rostro y su significado) es más que una simple técnica de la imagen. El primer plano tiene una carga afectiva, cuya expresividad se ve plenamente reflejada en lo que llamaremos una reivindicación matriarcal en el cine de Bergman. Aceptando la idea de la bipolaridad de la imagen, como unidad reflejante y reflejada, podemos ver en un rostro una unidad inmóvil y una unidad compuesta por micromovimientos que posibilitan la sensación vívida del rostro como portador de órganos de percepción. Este conjunto forma la afección de la imagen, dotada de valores inmanentes. Por tanto, el rostro no es sometido a un tratamiento sino que no hay primer plano de rostro, el rostro es en sí mismo primer plano, el primer plano es por sí mismo rostro, y ambos son el afecto, la imagen-afección (Deleuze, 1994).

La idea del matriarcado desde la afición de Bergman por la imagen femenina, se aprecia en el trabajo depurado de la imagen al retratar el sentir mismo de sus personajes, de indagar en el alma, como también la sensación provocada en el espectador. El rostro como primer plano en diversos personajes femeninos se evidencia en las múltiples remisiones que hace el cineasta a su vida, su admiración y temor frente a la figura femenina, que finalmente será una forma de reflejar su manera de entender la magnificencia y poder de la femineidad en una sociedad que ha sido represiva con el papel de la mujer como eje central del entendimiento humano, y cuyo ensalzamiento marcaría el fin de la violencia. Esto se verá reflejado en la imagen femenina que tratará de enfrentar al espectador con sus distintos niveles de identificación, que en un nivel más profundo lo enfrentará a la pauta cultural dominante, al cine como un tejido de imaginarios móviles y fijos (como los estereotipos). Cuestionamientos que se verán reflejados en los distintos momentos de ruptura que planteará Bergman. Particularmente remitiremos nuestro análisis en los filmes Persona y Gritos y Susurros (viskningar och rop).

Bergman escribe Persona mientras estaba internado en un hospital, de ahí que se remita al personaje de una enfermera de nombre Alma, tal como la cocinera que recuerda de su infancia. Plantea una introducción o preludio al filme, consistente en un juego rupturista de imágenes, el adentro y el afuera, en un sentido crítico plantea un encierro en el hecho fílmico, dejando fuera el inicuo mundo exterior. Luego veremos cómo este inicuo mundo exterior golpea a Elisabeth Vogler en la sala del hospital, personaje aparentemente enfermo que ha quedado sin deseo de emitir palabras, rehuyendo al mundo exterior, volviendo a la idea de encierro, de la ruptura. Ante esta incapacidad de entendimiento de las grandes catástrofes su mente se vuelve impasible, sin posibilidad de librarse de esas imágenes, de esa pornografía del horror. En su representación como artista, cada palabra era una mentira, un juego para ocultar vacío y hastío, la única manera de escapar era callar.

La enfermera Alma carga sobre sus hombros una historia de vida cargada de motivos afectivos inconclusos o indefinidos con el género masculino, pues frente a él no interesarán los sujetos, sólo las situaciones. Alma terminará buscándose a sí misma en Elisabeth, ésta la compadece en un primer momento, pero guardando en su mutismo la carga banal que tenía para ella su historia. Luego Elisabeth terminará por romper el mutismo frente a una actitud violenta, la amenaza de Alma de arrojarle agua hervida, pensando quizás en la integridad de su rostro y su actividad como actriz, o quizás remitiéndole la idea de violencia que originó su ostracismo, siendo el acto hostil cura y origen de la enfermedad en los cuestionamientos de Elisabeth frente al mundo. Luego sabemos que ambas se desenvolverán en una historia de autoconocimiento, mediante el intercambio de caracteres, se medirán una frente a la otra con tonos y gestos, se atormentarán, se insultarán, reirán y jugaran, en palabras de Bergman, será una escena-espejo (Bergman, 1992).

Precisábamos relatar muy sucintamente la vía tortuosa de ambos personajes, sabemos que habrá un nuevo momento de ruptura marcado por el interludio, ya abstraídas del mundo encontrándose la una en la otra. Ahora primará la idea del rostro, como una anuencia de toda la debacle emocional entre ambas. Nos dirigimos hacia la fusión de ambos rostros, escena fundamental para comprender nuestra idea.

Para Bergman la posibilidad de acercarse al rostro humano es la originalidad primera y cualidad distintiva del cine. Por lo general, al rostro se le reconocen tres funciones: es individuante (distingue o caracteriza a cada cual), socializante (manifiesta un rol social), relacional o comunicante (asegura no sólo la comunicación entre dos personas, sino también, para una misma persona, el acuerdo interior entre su carácter y su rol) (Deleuze, 1994). Esta triple funcionalidad será anulada en el cine a través del primer plano que, como ya señalamos, es el rostro. En Persona vemos que Elisabeth ha perdido su individuación, asemejándose a Alma; ha renunciado a su rol social, deja su profesión de actriz; no desea comunicarse, imponiéndose un mutismo. La imagen-afección ha disuelto la mencionada triple funcionalidad del rostro. El rostro desnudo es más fuerte que la desnudez de un cuerpo, en Persona ambos rostros convergen llegando a confundirse en función de la pérdida de la triple funcionalidad, experimentando el miedo del rostro único y desfigurado frente a su nada, frente al vacío.

Llegamos a una ruptura en todo sentido, del diálogo, de los personajes, ya no interesa quién es quién, pueden haber sido siempre la misma persona. Pero siempre se destacó su femineidad, mujeres en su rol rupturista. Mas allá que sólo una remisión a la vida del autor, se plantea el rol crítico frente a los regímenes imperantes, al inicuo y violento mundo exterior, surge la figura femenina como ente conciliador que buscará la identificación del espectador frente a estos hechos. Finalmente la conciliación llegará con la interiorización de la imagen femenina a través del rostro, pues no hay que olvidar el interés del autor por expresarlo a través de la imagen femenina. Si bien la escena de convergencia de los rostros termina expresando miedo frente al vacío, no puede entenderse sin su génesis, planteada en la debacle relacional de dos mujeres.

En Gritos y Susurros se vive un matriarcado de cierta forma jerarquizado desde la hermana enferma. Nuevamente el género masculino se conformará en situaciones, no se centrará en los sujetos, que sólo serán desencadenadores mínimos de conflicto para las hermanas. En cambio, interesará la figura femenina en su recavo ontológico.

Bergman anula los efectos convencionales para marcar el tránsito a las escenas oníricas o que interiorizan al personaje, lo hace a través de un fundido en rojo como analogía al alma. Desde el diario de Agnes vemos una constante reminiscencia a la juventud, que en definitiva será un deseo de volver al vientre materno en el marco de la preparación a la muerte, reflejado en el reenvío que se hace a La Pietà de Miguel Ángel en la escena de Agnes y la sirvienta Anna; como también la confrontación constante de luz y sombra de Rembrandt. Hay una idea de encierro, la casa como un gran vientre materno en el que se reencuentran las hermanas, del que sólo tendrán salida a través de los recuerdos. Hay una persistencia del rojo para representar este magno vientre, también como color del alma.

Vemos un constante uso del primer plano como idea de entrar al alma del personaje a través del mencionado fundido en rojo, una idea intimista, existencialista en torno a la angustia del devenir de la muerte. Dos hermanas unidas en una situación límite, la muerte de la hermana mayor. Constantes miradas al pasado, que convergen en un mismo espacio. Por tanto, podríamos hablar del uso del espacio como imagen-afección, pues el rojo persistente de la casa remite al vientre materno en el que conviven las hermanas en una regresión a la conformación de la vida para llegar a la muerte. Agnes de cierta forma se apropia de la imagen materna, es lo que les remite a sus hermanas. En la casa hay una jerarquía que es rota por la aprehensión de la sirvienta por Agnes, lo que las hermanas no cuestionarán, pues lucharán con sus propios demonios en sus viajes interiores, sólo volviendo con el llamado que hace Agnes a través de sus agónicos suspiros, persistiendo en la idea del espacio convergente.

Particularmente en Gritos y Susurros el espacio de convergencia constituye un espacio con carga afectiva que será percibida por el espectador como una reivindicación total matriarcal, la remisión constante al vientre materno, las hermanas girando en torno a él, clara demarcación de puntos regresivos en la mente de cada una de ellas, todo remite a la cualidad exponencial de la imagen femenina. De esto podemos desprender dos clases de signos de imagen-afección: cualidad-potencia, expresada en un rostro o equivalente; y una cualidad-potencia expuesta en un espacio cualquiera (Ibíd.). Este espacio cualquiera sería en elemento genético de la imagen-afección, cuya presentación será llamada por Pierce el cualisigno, mientras que la expresión del rostro será el icono. Vemos cómo Bergman se preocupa de la construcción del espacio, de la extracción de un espacio cualquiera a un espacio determinado, idea del cualisigno en función del icono. A través del uso del espacio, el persistente rojo, estará identificando a los personajes entre sí y al espectador, llevando el espacio a ser idéntico al espíritu.

En este camino hacia la conformación total del espacio, vemos un primer avance desde la determinación del estado de las cosas, la casa y la persistencia del rojo; la vestimenta y el uso del blanco como potencial espiritual de los personajes; para llegar al punto de convergencia que será el elemento intensivo del color. El rojo como espacio convergente, entendido no sólo como elemento prístino en la conformación del espacio y su uso constante en cada rincón, sino como potencial espiritual cargado de la idea de representación e identificación tanto del alma, como de la remisión al vientre materno.

Vemos que en Gritos y Susurros hay una conjunción virtual asegurada por la expresión de las hermanas que deambulan, desvarían en el espacio convergente. En Persona, los personajes convergen el uno en el otro, no predomina una idea del espacio como una cualidad exponencial del espíritu. El uso del espacio es más bien demarcatorio en la idea rupturista del filme, desde el total aislamiento del mundo exterior y el mutismo en el hospital, hasta la debacle emocional vivida en la casa.

En ambos filmes convergerá nuestra idea de la reivindicación matriarcal y la preeminencia de la imagen femenina como nexo de identificación, mientras que en Persona se agregará una búsqueda de reflexión frente a la pauta cultural dominante en torno al papel de la mujer, en Gritos y Susurros se adhiere una constante remisión al vientre materno, una búsqueda de origen, a la potestad en torno a la imagen maternal.

El uso del primer plano-rostro, imagen-afección, será una constante en ambos filmes. Logra cabalmente su idea de búsqueda de identificación e interiorización del personaje, si en Gritos y Susurros prima la idea del primer plano para indagar en la mente de personaje, como también de los racontos; en Persona el primer plano nos llevará a entender un personaje a través del otro, en un juego constante y estimulante, perdiendo la funcionalidad del rostro y enfrentándolo a su nada.

Bergman en toda su filmografía recurrirá a caracteres que remiten a su propia vida, usando sus nombres o a través de determinadas situaciones. Se verá a sí mismo en su ideario exponencial y espiritual a través de sus filmes. Tendrá siempre una marcada influencia por la imagen femenina, tanto de recabo en relaciones tormentosas, como la figura dominante pero a la vez débil de su madre, así como cuestionamientos en torno al sentido de la vida, no sólo desde la influencia de su padre como pastor luterano y el silencio de dios, sino además desde la figura de su hermana suicida y la renuncia al inicuo mundo exterior. Buscando en ello expresar el papel que amerita la mujer frente a la pauta cultural dominante, la reivindicación de la imagen femenina, que en definitiva se ha visto atacada y tergiversada desde la política, la religión y en diversos filmes.

Aquí algunas imágenes:

Persona

Gritos y Susurros

Referencias

• Bergman, Ingmar. Imágenes. Barcelona, Tusquets, 1992.

• Deleuze, Gilles. La imagen-movimiento. Barcelona, Paidós, 1994.

may 11, 2010 | Filed under Cine, CRITICAS and tagged with , , , , , , , , , .

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2 Comentarios Subscribete a los Comentarios


  1. hector alvarez

    Hijo:
    muy buena critica
    te felicito

    15 may, 2010 a las 13:55


  2. Caro Cartagena

    Oye sí! Buenísimo y muy claro.
    :)

    17 oct, 2010 a las 21:50

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