La Escafandra y la Mariposa (2007) es la tercera película de Julian Schabel, el director norteamericano que antes ya había retratado la historia del poeta Reinaldo Arenas en Antes que anochezca y la del pintor Jean-Michel Basquiat, en Basquiat. Esta vez, manteniéndose fiel a la construcción de relatos e historias de vida de personajes atractivos, Schabel dirige una adaptación del libro autobiográfico de Jean-Dominique Bauby, un antiguo redactor jefe de la Revista Elle en su versión francesa. A mediados de los 80, Bauby sufre un accidente cerebral, que lo deja con el llamado síndrome locked-in o síndrome del cautiverio –es decir postrado, sin movilidad muscular, sin habla, pero con conciencia absoluta. En definitiva, estar locked-in es vivir prisionero de tu cuerpo, de un cuerpo inmóvil, en que la única forma de comunicarse es a través de los ojos: un pestañeo quiere decir si, dos pestañeos quieren decir no... Es el mismo síndrome, recuerdo, que padece desde hace par de años el actor chileno Alberto Vega, y cuya historia acaba de llegar a las tablas en la obra “Ojos que suenan” en el Teatro Aparte.
La primera escena de la película La Escafandra y la Mariposa recrea la de un ojo que se abre, se cierra frente al reflejo de la luz, se vuelve a abrir, y observa difusamente nada más que delantales blancos y la sala de un hospital. Al darse cuenta de su despertar, los personajes le hablan, le preguntan si escucha: “sí, lo oigo” –contesta-, pero no lo oyen… Jean Dominique llevaba ya tres semanas en coma, cuando despierta, luego de padecer un accidente cerebro-vascular. La cámara subjetiva que recrea la mirada del protagonista y su propia voz –que ciertamente sólo el espectador escucha- marcan el inicio del relato, en un comienzo perturbador, de un tipo hasta ese momento jovial, vital, padre de dos hijos y promisorio redactor de la revista Elle, que ahora, sin embargo, está encerrado dentro de sí mismo, producto de la desconexión del cerebro y médula espinal. “¿Esto es la vida, esto es la vida?”, se pregunta el personaje, rebelándose ante su condición, sin escape –hasta ahí- posible.
Ante el descubrimiento del síndrome, un grupo de especialistas comienza a probar con él un sistema de comunicación innovador: se trata de un alfabeto, cuyas letras están ordenadas según la frecuencia de uso de las palabras que usamos cotidianamente. Así, comienza el deletreo de las letras “e, s, a, m….” hasta que un pestañeo indica que se trata de la primera letra de una palabra. De esa forma y sucesivamente, en un largo y desgastante trabajo, se van construyendo palabras y frases. “Quiero morir”, es la primera que elabora Bauby.
El relato visual continúa desde el lado de su subjetividad y de la mera y limitada visión de su ojo izquierdo, imágenes que se alternan con flashbacks de su vida previa al accidente y las de una escafandra, que se ahoga y pierde en el mar, metáfora de su estado. No obstante, en este ir y venir, es que Bauby encuentra una esperanza: “He decidido dejar de quejarme…si dejo de lado el ojo, dos cosas no están paralizadas: mi imaginación y mi memoria. Son las dos únicas salidas para escapar de mi escafandra. Puedo imaginarme cualquier cosa, persona y lugar…puedo imaginarme lo que quiera, vivir de mis fantasías de niño y de mis ambiciones de adultos”, como dice en la película. Y es aquí, ya en la mitad del film, que decide, por medio del sistema de comunicación a su disposición, comenzar a escribir –o más bien dictar- su autobiografía. Así, la cámara se vuelve objetiva, y por primera vez, lo vemos, recostado en su silla de ruedas mientras pasa largos días, en la playa, en su pieza, en la terraza del hospital, dictándole por medio de pestañeos -uno, dos, tres…miles-, su relato a su asistente, hasta concluirlo. Diez días después de terminar el libro, Jean Dominique muere.
Ciertamente, el cine ya nos ha provisto de películas más o menos logradas con argumentos similares. Personajes vitales, activos, deportistas, que luego de sufrir accidentes cuasi fatales, quedan postrados e inmóviles. Mar Adentro o Million Dollar Baby son los primeros nombres que se vienen a la mente; seguramente, se me escapan otros. Sin embargo, al menos en esas dos, el eje del relato ha estado centrado en las ansias de morir, y en consecuencia, ante la inmovilidad de los personajes, en el tema de la eutanasia. En La Escafandra y la Mariposa, sin embargo, el relato no se construye desde el deseo de morir, sino contrariamente, sobre la aceptación de una condición inevitable e inescapable. Así, son múltiples en el film sus frases de humor negro e irónico sobre su enfermedad, o sobre sus antiguos amigos que lo visitan, o los piropos hacia las enfermeras que lo cuidan, que nadie más que el espectador escucha. Además, y por sobre todo, se manifiesta un interés –difuso y vago en algunas escenas- por seguir viviendo y testimonear el presente y el padecimiento de su cautiverio con la elaboración de su autobiografía, trabajo costoso y agobiante, que es, no obstante, capaz de llevar a cabo.
La mirada sobre este tema en el cine –al menos en las películas citadas-, ya había, asimismo, logrado construir relatos emocionales, en base a las subjetividades de sus protagonistas y a las de sus fieles compañeros (Rosa y Manuela, en Mar Adentro, y el entrenador Frankie en la película de Clint Eastwood); pero, a diferencia de ellos, en La Escafandra y la Mariposa, la subjetividad se une con los dispositivos de la técnica. Y es esto, lo que a mi juicio marca sus grandes aportes y su valor: la entrada hacia la subjetividad del personaje construida, al menos en la primera parte de la película, desde su propia mirada, en base a una cámara subjetiva y a la voz interna del personaje, que logra traspasar eficazmente al espectador la profundidad e intimidad del encierro Jean Dominique. Schnabel elabora así un relato particularmente íntimo, que logra recrear –ahora sí- con suma exactitud la novela y el padecimiento del autor.
Las primeras páginas del libro se pueden leer aquí


















