Autor: Diego Ávalos
La Ciudad, impulsada por la determinación que le entrega su insomnio perenne, es capaz de escuchar cómo sus venas llenas de reencuentros y traiciones laten cada vez más excitadas ante la inminente culminación de su proyecto. Hipnotizada por este incesante palpitar lleno de esperanza, ella trabaja de modo demencial en pos de su meta. A estas alturas no puede permitirse el lujo de perder ni un solo segundo en asuntos tan insignificantes como el descanso; con su pie firme sobre el acelerador ella comprende que, aminorar su marcha, es axiomáticamente inaceptable… No es que esté apurada, el tiempo le sobra, pero la paciencia nunca ha sido una de sus virtudes.
La eficiencia, en cambio, es harina de otro costal.
Sistemática y metódicamente había mutado a lo largo de todos estos años, sorteando de manera implacable la infinidad de problemas que se le habían venido encima. Las bombas que rompieron sus techos no lograron quebrantarle el espíritu. La pobreza omnipresente había sido incapaz de engullir sus desgastados huesos. El crecimiento descontrolado no le había generado una esquizofrenia galopante. Su fortaleza es indiscutible. Su voluntad es ley.
La Ciudad, energizada a base de electricidad y determinación, hace años que no pestañea. Sus múltiples ojos de vidrio lo ven todo. Ella sabe muy bien que la ignorancia nace de la imposibilidad de observar algún hecho, razón por la cual había decidido hace bastante tiempo que la luz era su amiga. Su aliada. Su herramienta. Una pieza más en el enorme procedimiento que estaba en marcha: El Plan Maestro.
El Plan, en sí mismo, era ridículamente simple; venía insertado en el modus operandi de cualquier urbe alrededor de la galaxia, su razón de ser era la supervivencia. Durante tantos años esos asquerosos zánganos de negro vestir e insolente comentar habían asumido que su propósito era inexistente, como si su presencia fuese una enorme cicatriz en la cara del Universo. Una especie de grotesco tumor incrustado en la naturaleza que infectaba mecánicamente todo lo que fuera puro e inocente. Que dijeran lo que quisieran. Nadie los estaba escuchando. Era evidente que, en el gran esquema de las cosas, no había espacio alguno para sus comentarios controversiales. Otros asuntos eran prioritarios.
Había metas más importantes que alcanzar. Destinos que cumplir.
Ciudades que movilizar.
¿La razón? Irrelevante. Pero, al igual que tu propia existencia, eso no significa que fuese inexistente. La Ciudad obraba con pleno conocimiento de causa; sus instrucciones estaban minuciosamente descritas en cada gota de cemento esparcida a lo largo y ancho de cualquier urbanización. El furioso fulgor del neón le hacía posible observarlas con precisión milimétrica. Las hojas caídas de los parques le proporcionaban la llave con la cual podía decodificar este infalible set de indicaciones.
Detenerla es imposible. Un huracán no aminora su marcha si alguien sopla en dirección contraria a su curso. Las consecuencias de tus acciones no desaparecen cuando sales del confesionario. Acéptalo, hay situaciones más allá de nuestro control… algo así como el 99,999% de ellas.
La Ciudad estaba consciente de este hecho. Ella sabía muy bien, por ejemplo, que era totalmente incapaz de detener la avalancha de promesas de amor que se entregaban a diario entre sus intestinos. Tampoco podía impedir que las inmundicias inundaran sin piedad sus cloacas. Sin embargo esto no la afectaba. Tenía que estar enfocada en lo que realmente importaba:
La Directriz. La verdadera alma de la Ciudad.
Los semáforos poseen el noble trabajo de repetir la Directriz una y otra vez. Todo el día. Todos los días. Escupiendo sistemáticamente este mantra de lo inevitable, ellos son capaces de saborear a intervalos irregulares breves instantes de lucidez; en los cuales sus imaginaciones son embriagadas por sonidos de planos cartesianos en explosión e imágenes de cláxones estallando más allá del horizonte. Con sus raíces bien enterradas en la coordinación de expectativas, estos postes de luz dedicados a la regulación del tránsito son capaces de entonar melodiosamente el conjunto de normas sagradas que conforman el corpus de la Directriz:
1.- La Información lo es todo.
2.- No todo es Información.
Este binomio sacrosanto es la esencia misma de la civilización, la línea que separa la Naturaleza de la Cultura. Forjado en la primera fogata manipulada por algún anónimo pero brillante homo erectus, su presencia era, inicialmente, tenue y moribunda. Sobrevivía aferrada a los árboles y se nutría de la sangre vertida sobre las rocas intencionalmente pulidas. En esos turbulentos inicios su voz pasaba completamente desapercibida, sus gritos eran ahogados por el clamor de los volcanes y los aullidos desfasados del relámpago. Pero eso no la desanimó. No podía simplemente dejar que su divino mensaje fuese ahorcado en la densidad impenetrable de las junglas, así que persistió. Hundió sus garras en las córneas del futuro y aulló su determinación a los cuatro vientos.
Sus clamores fueron escuchados. Penetraron sigilosamente los músculos de aquellos sobrevalorados homínidos bípedos que vagaban sin sentido, y lograron disminuir sus revoluciones, dando así comienzo al proceso comúnmente denominado como sedentarización. El comienzo del fin.
El fin de las asimetrías.
El fin de la injusticia.
El fin de la compasión.
El fin de la debilidad.
Sin embargo el avance de este diminuto y pre-programado apocalipsis era casi imperceptible. Se veía lejano como el horizonte. Inalcanzable como el arcoíris. La Directriz, desesperada, decidió tomar cartas en el asunto; no podía tolerar esta ralentización de sus propósitos, por lo cual previó la necesidad de materializar una ecumenópolis. Una metrópoli cuya extensión fuese el mundo entero, lagunas y nubes incluidas. Así que se puso a trabajar. Les entregó a las nacientes comunidades las herramientas necesarias para que pudieran crear un caldo de cultivo tecnológico, cuyos resultados serían la concretización de la tan ansiada meta.
Todo fue viento en popa por, aproximadamente, unos ocho nanosegundos. De manera impredecible los sólidos planes que tenía la Directriz comenzaron a ser corroídos por un entrópico error que tendía a la normalización. De alguna forma este virus informático se había insertado exitosamente en la memoria colectiva de los nacientes poblados y, desde ahí, vomitó su pútrida moraleja: El progreso tiene un límite, el cual, además de ser cognoscible, es alcanzable a corto plazo.
Este error reverberó cacofónicamente sobre las chozas y lo penetró todo. Su nefasto mensaje se extendió como un hongo ambicioso sediento de destrucción. La confusión hizo su espectacular entrada en escena. El palacio del sentido común fue asaltado violentamente por los monjes y los chamanes, los cuales, una vez adentro, entronizaron al caos de manera perpetua en aquel misterioso rótulo denominado religión.
La estática generada por esta infiltración no permitía diferenciar la verdad de la mentira. Confundida, la gente se volcó a la violencia, con la profunda esperanza de que si nadie te contradecía significaba que estabas en lo correcto. La guerra se hizo indispensable. La enemistad pasó a ser una obligación. La idea de la ecumenópolis parecía ser devorada por los hechos.
Pero la Directriz no se rindió, siguió trabajando año tras año a pesar de los evidentes retrocesos que se presenciaban. Día a día, segundo a segundo, ella susurraba su par de infalibles instrucciones a quien estuviese dispuesto a escucharlas, y, provisoriamente, esta estrategia dio resultado. Lamentablemente los que veían la luz era lapidados, quemados o, en el mejor de los casos, exiliados, impidiendo de esta manera que su mensaje fuese propagado con éxito. Así que, en una gloriosa epifanía, comprendió que no podía enfrentar a este corrupto pedazo de (des)información frente a frente, por lo cual decidió by-passearlo. De manera catatónicamente lenta, pero brutalmente eficiente, la Directriz sembró los resultados de su sigiloso actuar. Las tribus mutaron a poblados, los cuales, a su vez, desembocaron en la Ciudad. Un organismo altamente funcional que permitía la convivencia del error con el progreso metódico y constante.
La Ciudad estaba consciente de este hecho, y llevaba su cruz de manera ciega y orgullosa. Aún no sabía por qué, pero trabaja sin parar en rellenar ese puzle que la Directriz le proponía insistentemente a través de las máquinas expendedoras y los sistemas subterráneos de cables. Aún no sabía cómo, pero la titánica tarea que le había sido encomendada estaba ad portas de convertirse en un logro. Aún no sabía cuando, pero algo dentro suyo le decía que pronto, muy pronto, todo iba a encajar.
Su destino es insoslayable.
En un futuro no muy lejano todo va a estar claro para la Ciudad. Cuando el último bit de información esté en su lugar ella reventará en una orgía sináptica de entendimiento y mirará hacia las estrellas. Largo y tendido intentará buscar respuestas entre los fantasmas de las constelaciones sin éxito alguno. Luego su visión se centrará sobre sí misma, y observará que está formada por una cascada de automóviles que regurgita de manera periódica la esencia misma de su existencia; seres humanos. Y, al contemplarnos detenidamente, reirá. Se reirá de nuestra obsesión por considerarnos el centro del universo. Se reirá de nuestra descarada falta de humildad, que nos ha llevado a crear Dioses a nuestra imagen y semejanza. Se reirá de nuestra estúpida pretensión de considerarnos la culminación máxima de aquel misterioso proceso denominado conciencia. Reirá como el rey que mira a sus desesperados súbditos intentar comprar un título de nobleza.
Reirá por que desconoce que, debajo de sus templos y de sus restaurantes de comida rápida, el Planeta trabaja frenéticamente para comprender qué diablos significa aquel monocorde mensaje que le transmiten los océanos:
1.- La Realidad lo es todo.
2.- No todo es Real.

















Prosativo
En todo organismo habita un cáncer que lo hace sucumbir.
Al final de la cadena alimenticia se encuentra el tumor que prolifera sobre éste gran cuerpo celeste…
28 may, 2010 a las 01:48