CRÍTICA. Apuntes sobre el pelo

por Constanza Robles

Tiene un pelo que es sensacional Cuando los pibes la ven pasar, así le cantan “Ay que hermosa cabellera que tienes tú, lavátela con shampoo La Colorada”. Pibes Chorros. A veces bastaría con besarles un poquito de pelo están mirando una vitrina y tienen el pelo encima del suéter ¿Qué les costaría dejarnos besarles un poquito de pelo? Además el pelo no se siente, no se darían ni cuenta.

Claudio Bertoni

El pelo pica, el pelo hace cosquillas. Se siente pero no siente. Todo el mundo tiene pelo. Mucho pelo, poco pelo, pelo largo, pelo corto, pelo rizado, pelo liso, pelo rubio, pelo castaño, pelo rojo. Pelo por todos lados. El pelo reina en lo más alto del hombre, y cubre la matriz de todo pensamiento. El pelo se luce, seduce. Como parte de la sensualidad principalmente femenina, el cabello es cuidado y tratado, teñido, alisado, extendido, cortado, rizado, y en fin,sufre distintas alteraciones de la apariencia para hacerse ver y hacer ver el atractivo propio. La cabellera es un rasgo distintivo, aquello que se recuerda inmediatamente. Una mujer de cabellos rojos, será antes que cualquier otra característica, colorina. Y así, probablemente por su cercanía con el rostro y la injerencia que tiene sobre cómo éste se ve, es que el pelo es uno de los elementos más cuidados, más protegidos y más alterados. Pero tal como hay quienes cuidan en exceso su cabello hay también quienes no lo hacen. El pelo sucio, abundante y sin lavar forma parte de una figura tipificada popularmente: el peliento, aquel hombre de estrato social bajo, el pelusón de cabellos hirsutos y descuidados, y que lleno de pelo no es capaz de ordenarse, de descubrir su rostro, de mostrarse en público como si tuviera siempre algo que ocultar. Esto lo vemos replicado, en una escala claramente distinta, en muchos estudiantes que al salir del colegio dejan de cortarse el pelo, rebelándose a las estrictas exigencias escolares de mantener el pelo corto y el rostro afeitado. Esa cercanía a un régimen militar, el cabello siempre al ras, contenido e higiénicamente aceptable, que no interviene el rostro encuentra su opuesto en un cabello sucio, casi vagabundo, como si hubiesen dos polos, el bueno, correcto e higiénico, o el sucio maleante de rostro velludo. Sin embargo, encontramos una figura que deriva del espacio intermedio entre ambos: el chocopanda o chocopandero, que consiste -tal vez como una lejana réplica del mullet norteamericano- en mantener corto el pelo en todos lados menos en la nuca. Este estilo fue adoptado ampliamente por los vendedores de helados en las micros, y recibe su nombre de uno de los helados más vendidos, el Chocopanda, la “variante pobre” (marca Panda) del helado Chocolito de Savory, que se vende en establecimientos comerciales. De esta manera, este peinado se convierte en ícono de un grupo, pero es ampliamente adoptado por adultos, jóvenes, e incluso niños, hasta encontrarnos con una variante -que se distingue por ser mucho menos abundante y rizada enlos jóvenes de estratos altos, donde se vuelve una sutil escapada de la norma, una manera de seguir aparentemente todas las reglas, esta pequeña extensión satisface una necesidad de rebeldía, una manera de tener el pelo largo, como no es debido, pero al mismo tiempo teniéndolo corto. Este estilo, en su origen parece ser bastante menos contestatario del que le podemos atribuir, puesto que, parece ser lógico que el heladero que camina todo el día a pleno sol busque cubrir su cuello de la manera más efectiva posible, sin tener el pelo en la cara ni cubriéndolo en exceso puesto que el calor se haría insoportable.

Inteligentemente cubre su cuello con su propio cabello, sin utilizar pañuelos ni accesorios, sino que dándole un uso práctico, muy lejano a cualquier intención estética que podamos concluir de aquello, para combatir las consecuencias de trabajar a todo sol. Este hecho lo convierte en una marca social, parte de un oficio que nace bajo la misma lógica del ingenio, la del maestro chasquilla, del hacer con lo que se tiene, de sobrevivir como se puede.

Tener o no tener pelo. Un hombre pelado -intencionalmente- suele ser atractivo, pero por su parte una mujer rapada, no lo es (con las debidas excepciones, Sinead O’ Connor y tal vez dos o tres más), pero en general, no lo es. De hecho hay ciertos momentos históricos, como en la época de la persecución de brujas, donde han utilizado el gesto de remover todo el pelo de la cabeza como una humillación, como si el atractivo femenino radicara absolutamente en el pelo y al ser éste removido, truncada la posibilidad de femineidad alguna. De la misma manera en la Segunda Guerra Mundial, rapaban a los prisioneros en campos de concentración. Como trasquilar una oveja, remover toda dignidad, como si ésta aquí radicara. A su vez, el pelo suelto en la mujer, tiempo atrás, solía ser símbolo de soltería, abría la posibilidad de la coquetería, el inocente juego con el pelo, la seducción. El pelo tomado como signo de que aquella posibilidad ya no existe. El pelo peinado, disciplinado, maduro, bajo una rutina y un rigor, que pese a que es el único momento en que el pelo duele, evidencia a su vez, su presencia, se queja y se resiste al sometimiento riguroso del peine.

Hace más menos dos años, Britney Spears, en un violento exabrupto, afeitó todo el pelo de su cabeza en una peluquería de California. Este gesto, impulsivo, espontáneo e hipermediatizado, cobra importancia en tanto demuestra la importancia del pelo como portador de una identidad. Pudiendo recurrir a tantas otras maneras de desahogo, decide quitarse todo el cabello, parte sustancial de su atractivo como personalidad del espectáculo, se convierte en un intento desesperado por ser algo más que una rubia, algo más que un ícono, un intento deliberado por arrancarse la fuente de su éxito, una suerte de autosabotaje, flagelando el cuerpo ahí donde no duele, lo que permite, por lo mismo, ser exhibido públicamente, una mutilación de la imagen y de un exterior devorado por la prensa que se despega momentáneamente del individuo. El pelo conecta lo interno y lo externo, atraviesa la piel y habita ambos espacios, la vida en el interior, la muerte al exterior. La cabellera tan llamativa, no es más que el paso entre la vida y la muerte.

El pelo crece aproximadamente 15 centímetros al año, puede ser arrancado de raíz pero es solo una muerte momentánea, puede ser cortado pero esto no tiene ningún perjurio hacia la persona, nadie se desangra ni muere por cortarse el pelo. El pelo como extensión de la vida, crece, y sin embargo no es completamente humano. No duele si lo muerdo y cuesta incluso sentir, como dice Bertoni, si alguien lo toca. El crecimiento del cabello, así como el de las uñas ha llegado incluso a mitificarse: es conocido ampliamente y por gentes de variadas edades, el hecho de que crecen aún cuando un ser humano ha muerto. Si bien esto no es realmente cierto, puesto que el cuerpo es el que al deshidratarse se retrae y encoge, no deja de ser interesante el que este hecho se haya difundido tan ampliamente. Como si el pelo gozara de propiedades independientes del resto del cuerpo. Como si nos encontráramos dentro de un cuento de Edgar Allan Poe. Como si el cuerpo posara sobre el cuero cabelludo, la posibilidad de perpetuarse, de prolongar un estado vital, una condición irreversible. El pelo es el héroe que vence a la muerte, la pelá no puede ejercer dominio alguno sobre la cabellera, que continúa, que se extiende, que permanece. El pelo excede la vida, la supera, nos da una certeza, que aunque falsa, nos permite creer en un pequeño milagro.

La cabellera permanece, por más alterada que se encuentre, crece y crece. Las mujeres solían hacerse la permanente, hacer permanecer un estado otro –en este caso el pelo rizado- por un tiempo mayor a lo normal, poder creer que esa condición es propia, sin intervenir el cuerpo, sin alterar su integridad física. El pelo es parte del cuerpo pero no es cuerpo, es permanencia, pero a la vez moda y obsolescencia. El pelo no sólo se riza, o se alisa, se tiñe y destiñe en busca de un estilo: pelolais, peloliso, pokelais, como si el pelo liso y claro portara un status dentro de la juventud que la ropa no puede dar. Ser rubia o ser morena, es casi un grado genético de inteligencia y un estado innato de atractivo. No se puede tener las dos. El color del pelo y su forma, cobran una relevancia que se extrapola a planos muy distantes que determinan gustos, relaciones y estados dentro de la sociedad. El pelo como rasgo de prestigio, tan grandilocuente como llegaron a ser las pelucas y las extensiones de pelo en el siglo XVIII, donde éste era tan importante, que se reemplazaba por pelucas blancas para denotar status. El blanco es puro, el blanco es limpio, el pelo blanco denota sabiduría.

Todo esto funciona, hasta que el pelo cae. Una vez abandonada la cabeza, se transforma en desecho, es repudiado y puede llegar a causar fobia. El pelo en la cabeza es digno de alabanzas, pero una vez fuera no es más que residuo de una vida, como la placenta, como cortarse las uñas, todo lo muerto que deja la vida. Lo podrido funciona de la misma manera, a medida que se descompone se llena de un hongo que imita el vello, suave, oscuro, casi acariciable, que anuncia el fin de su madurez, el inicio de la descomposición.

Contrario claro, al ser humano, que a medida que envejece pierde su cabello, portador principal de su atractivo. La vejez se lleva en parte, aquella primitiva posibilidad de seducción, esa potencia y vigor asociada a un ímpetu casi primitivo. Aunque el pelo no abandona todo el cuerpo, el último en aparecer es también el último en retirarse. El vello púbico, aparece en la adolescencia junto con los olores de la madurez. El pelo cubre, esconde, guarda y protege la intimidad, por eso tal vez, lo difícil sea peludo, o el pene, aquel que sobresale por sobre el vello, sea denominado el pelado como aquel que ha logrado vencer la intimidad para erguirse excéntricamente hacia el otro. El pelo, como sistema de apariencia es fructífero, en tanto desde distintas figuras se hace cargo de otros discursos, la pierna peluda, los pelos en la lengua, peinar la muñeca, eufemismos varios que suplen estados y características, rasgos distintivos encarnados en el pelo, semánticamente productivo para hablar de lo ajeno, porque está en el cuerpo, pero fuera de él. Cercano y lejano a la vez, íntimo y desconocido, útil pero decorativo, como el gesto de María Magdalena, quien luego de lavar los pies de Cristo, los seca con sus propios cabellos. Usar el pelo simbólicamente en un gesto de devoción, desprendimiento absoluto de la apariencia, despojo de sus propiedades ultrafemeninas. Pareciera radicar allí, cierta potencia al modo de Sansón o incluso de Rapunzel, donde cortar el pelo es también una castración, la falta de un miembro indispensable, y desde ahí es que surge su propiedad primordial, la regeneración. No importa cuántas veces se lo altere, es capaz de volver y devolver lo perdido. Todo gesto político o social, toda manifestación de estilo es posible porque pasa, porque permite, a diferencia del resto del cuerpo, ensayo y error. Este miembro que emana de uno pero siempre es otro, posibilita desde aquel afuera el que toda decisión se sienta definitiva, se intuya como radical pero siempre quede espacio para un nuevo intento. El castigo es la pérdida, la carencia inesperada, anticipada, indebida. La traición que sucede al momento en que se termina lo que debiese proliferar, aquello que prolonga la vida y su posibilidad de perpetuar un sentimiento de belleza, una completud y un vínculo con el exterior. El pelo se convierte en un elemento semántico para definir desde fuera, desde la levedad de la apariencia, una potencia de vida, una fuerza interna que no es posible medir.

El cabello es en sí manifestación estética de estados y formas de la cultura. En el pelo radica una fuerza que prolonga la vida, un vigor y un estado de la Historia, desde lo particular, lo superficial, lo externo y lo aparente, como posibilidad simbólica de prolongar la vida más allá de la muerte.

may 11, 2010 | Filed under Crítica Cultural, CRITICAS and tagged with , , , , , .

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